Wednesday, December 06, 2006

Paris III

Cada día me levanto para ir a clases y camino por la rue Mouffetard, subo entre los restaurantes de comida de todo el mundo que huelen a cosas tan variadas, las librerías, tiendas de ropa, de souvenirs, de discos. Entre los restaurantes sobresale Au p'tit grec, que tiene las mejores crepas del barrio. Llego a la place de la Contrescarpe (ahí atrás de una de las esquinas vivió Hemingway). Noviembre a sido para mis estándares frío, pero según los parisinos, aún hemos tenido clemencia en este invierno. Ayer, en la contrsecarpe quedaban 21 hojas repartidas en los cuatro árboles que rodean la fuente del centro. Sigo caminando por la Mouffe, y de pronto -como pasa en todas las ciudades del mundo- la calle cambia de nombre sin ningún motivo más que un cruce de calles. Ahora sigo por la rue Descartes, y en la primera cuadra volteo a la izquierda, justo donde está la iglesia St. Etienne du Mont. Casi nunca entro en mis caminatas diarias a clases, pero recuerdo que por dentro hay un puente en medio que es bastante bonito. En el mes de noviembre descubrí que casi siempre llueve de una forma muy parisina. El clima cambia sin avisar, y la lluvia no es tan pesada como para impedir la salida a las calles. Es una lluvia suave, pero constante. Me rehúso a catalogar esta lluvia con el soez calificativo de mojapendejos. Digamos mejor que es una lluvia mojainexpertos. El problema es que uno no esta acostumbrado a caminar todos los días y que de un día agradable, en cuestión de segundos pase a ser un día lluvioso. Además, nuestro instinto mexicano nos impulsa diciendo –vale madres, esta lluvia no moja; al cabo de un rato hay que rectificar -mierda sí mojaba. Después de la iglesia uno llega ante el imponente edificio del panteón. Un amigo griego me recuerda que es una copia de la edificación de Roma, pero en realidad me importa poco, y cada vez que la prisa por llegar no me tiene completamente abrumado, le dedico al menos un suspiro al contemplar aquella belleza. Paso por "les marches de la place des grandes hommes" a los que canta Patrick Bruel. Después llego al edificio donde tengo mis clases y me entretengo por algunas horas. Unos días mis cursos son en el edificio principal de la Sorbona, y entonces hay que seguir caminando por la rue Cujas, pasar el edificio de derecho, que por esa calle tiene cara de auditorio comunista abandonado, lleno de panfletos y posters ajados en las paredes. Luego hay que cruzar la rue St. Jaques, y después por un costado entro a la Sorbona, donde siempre hay un individuo curiosamente vestido como militar en la época de napoleón, con saco azul elegante, botones dorados, y un envidiable gorro que parece de maquinista de tren o líder de desfile; sólo le falta la vara que gira y que avienta al aire dando vueltas. Ese tipo me pide que le muestre mi credencial, y cuando la saco, sin siquiera verla me permite el acceso. Finalmente, el otro lugar en donde a veces tengo clases es en el albergue internacional, que está en el boulevard St. Michel, y al cual llego caminando por completo la rue Soufflot –que va del panteón a los jardines de Luxemburgo-, doy vuelta a la izquierda y un par de cuadras más delante llego al lugar. Los salones en los que tengo clases van desde aceptables, hasta "de la chingada". Los asientos que tienen unos de los salones parecen haber sido diseñados para extraer las respuestas a los alumnos como método de tortura. Quizá como todo es tan viejo en este país, alguna vez fueron celdas en las que se investigaba a los conspiradores contra el rey. Algún brillante profesor seguro pidió las mismas sillas pues si antes con ello hacían hablar a los prisioneros, ¿porqué ahora no lograremos arrancar las respuestas de los apáticos alumnos con un artefacto similar? El efecto de las sillas es un dolor en la columna vertebral a los 5 minutos. Cuando termina la clase, ese dolor ya se deslizó por toda la columna y se llega a instalar en el cuello y en el dedo gordo del pie derecho. Otra de las características incomodidades de Paris se puede vivir en la biblioteca. Siempre está absolutamente llena, y uno batalla para encontrar un lugar dónde sentarse. Ahora recuerdo con nostalgia el segundo piso siempre vacío de la biblioteca de la Udem en el cual uno siempre podía trabajar en paz. Acá, después de pasar un rato buscando una vacante, uno siempre está sentado entre dos personas que estudian muy cerca. Cómo si estuviese en una mesa de gente elegante, tengo que seguir los modales de Carreño, y no puedo subir los codos, pues movería el material de la persona de al lado. Además la proximidad es inconveniente pues resulta que el tipo de la izquierda siempre huele mal. Agréguenle a todo esto, el hecho de que en Paris todos los lugares en el interior son super calientes. Llega uno con mochila y otras cosas, arropado con abrigo y bufanda, y nunca halla donde ponerlo. El sudor a veces se hace presente cuando paradójicamente afuera hace frío. Entonces entiendo que los de al lado apesten; no por ello se vuelven soportables. Además como para que yo no olvide mis inicios, tienen un sistema idéntico al del Registro Público de Monterrey para pedir los libros y documentos en la biblioteca. Uno tiene que pedirlos, y hay gente muy definitivamente ineficiente que los busca y los entrega para su uso. En revancha a todas estas cosas yo he aplicado la técnica conocida como "crop dusting", que consiste en pasear un gasesillo por entre la masa de estudiantes sentados en las largas mesas que parecen el comedor de Harry Potter. Lástima que el viejo de la entrada no se parezca nada a Dumbledore.
A propósito del clima que se vive acá en París, los chiflones europeos me han enseñado que existe una maravillosa prenda de vestir totalmente ignorada en mi ciudad natal: la bufanda. Jamás me había preguntado por qué existe tan singular objeto, y el hecho de que me pareciera absurda, ahora sé que tiene que ver con la calidez de Monterrey. La bufanda es un artefacto sumamente útil para combatir el frío, realmente me impacta cómo con las mismas prendas, con sólo agregar una bufanda al cuello, uno se siente mucho mejor. Compré ya una buena bufanda con colores alegres, y al principio pensé que sólo era cuestión de darle vueltas alrededor del cuello. Si bien no tiene la complejidad de un nudo de corbata, Ana me enseñó que también la bufanda se “pone” de una manera particular. Si me dan a escoger entre usar corbata o bufanda, toda la vida prefiero ésta última. En Monterrey estaba sometido al yugo de la corbata porque mi gremio ha decidido que sea parte de nuestro uniforme. ¡Oh dolor! En París me contento con portar una bufanda cuando hace frío, aunque me aseguro de que no apriete mi cuello. La bufanda es, por lo demás una prenda con una utilidad. La única cosa en que una corbata supera a las bufandas, además del precio, es en que su final puntiagudo funciona mucho mejor como flecha para indicar a las mujeres dónde esta nuestra esencia.
Este mes de noviembre también me ha traído más de una buena experiencia. Vi con mucho agrado dos películas dirigidas por mexicanos: Babel y el laberinto del fauno. Ambas me parecieron muy buenas, aunque la primera tuvo una mayor aceptación entre el público francés. También tuve la oportunidad de ir a un par de exposiciones de fotografía, de conocer una pelea masiva en la pulga y algunos restaurantes interesantes. Conocí que cerca de mi departamento, en Censier Daubenton hay un muy bello restaurante italiano donde tienen la gentileza de servir porciones generosas a precios razonables. Ya estaba yo muy molesto con esta estúpida tendencia de la nouvelle cuisine en la que a uno le cobran caro y le sirven poco. La pinche decoración del platillo comoquiera se pierde después del primer bocado.
Finalmente he de mencionar que caminar por las calles de Paris es bastante productivo como entrenamiento de guerra. De entrada, las aceras son angostas y hay mucha gente hostil que las transita. Hay que ser fuerte y rápido para ganar el paso y lograr que sea el extraño quien desvíe su trayectoria. Segundo, hay unos tubos metálicos que ponen en la orilla que supongo son para evitar que los carros se suban a la banqueta y causen accidentes a los peatones. En realidad la utilidad de dichos tubos es impedir que dos personas caminen hombro a hombro por la banqueta, y que cuando lo intenten el varón casi siempre reciba un golpe en los huevos (si es lo suficientemente alto). Y siguiendo con lo del entrenamiento de guerra, por fin he de decir que la vía pública está siempre minada, y caminando en París, uno aprende a esquivar todo eso. En general se trata de caca de perro, aunque he visto a más de un hombre orinar en la calle, en la banqueta, y los más decentes volteados en una esquina no muy alumbrada. El domingo pasado, antes de entrar al cine y después de un café identificamos un ejemplar que atribuimos a un humano. Le tomé una foto. Así, termino esto con la misma palabra que usa García Márquez para el final de el Coronel.

Tuesday, October 31, 2006

Paris II

Han pasado ya dos meses desde que llegué a París y ya hay varias cosas que me aterrorizan. Acá, estoy convencido, el tiempo corre a otra velocidad, que además no es uniforme. Por una parte, parece que apenas acabo de llegar y me doy cuenta que ya tengo más de 60 días, y por otra, la cicatriz que me hice en la frente justo a mi llegada sigue pareciendo como si me acabara de abrir. Sigo convencido de que París es la ciudad con el más alto índice percápita de dementes. Esto lo corroboré con el método científico de caminar en las calles con los ojos abiertos. Podría parecer que me la paso en los rincones más inusitados de la ciudad precisamente buscando personas extrañas para documentarlas en estas crónicas. Nada más falso. Acaso será que entre el submundo de los dementes se ha corrido la voz de que describo en estas páginas a los anormales que me topo en París, y ellos, deseando ser inmortalizados por mi pluma, se presentan frente a mí haciendo una barbaridad, fingiendo que se trata de algo cotidiano para ellos. Si es el caso de esto último, sigo convencido que los más originales actores que se me han presentado, merecen de cualquier forma una descripción.
El metro de París hay que admirarlo por varias razones. La primera es que es un transporte masivo sumamente efectivo. Hay paradas prácticamente en todos lados, y uno se puede desplazar con mucha facilidad por la ciudad. Otra de sus ventajas es que en sus túneles (que en estaciones parecen las alcantarillas de alcatraz por su dificultad para navegar y su longitud) se agrupa una buena cantidad de gente extraña. Me ha tocado ver a una persona que -ignorando toda directriz de la moda- traía un calzón como gorro. Ahora, hay que aclarar algo. No piensen que soy insensible, y que se trataba de alguien que moría de frío y no tenía otra cosa que ponerse en la cabeza. Era un día sumamente agradable y de calor. Igualmente en el metro, en una estación me tocó ver como al pararse el vagón y abrirse las puertas, salió un tipo corriendo a toda velocidad que estampó su corpulencia contra el vidrio de una máquina de dulces. Dijo "merde", y se regresó corriendo hacia el vagón antes de que las puertas se le cerraran. No entendí cual era su propósito, quizá romper la máquina y llevarse una golosina como premio. Yo le habría otorgado una monedita con tal de que me evitara el susto, pues por unos momentos pensé que la embestida venía dirigida hacia mí, que estaba a un lado de la máquina. Sin embargo la persona más curiosa del mes no la vi en el metro. Era un tipo de rostro divertido, con una barba descuidada y el cabello ceboso. Llevaba una botella en la mano, iba cantando, y jugaba a un juego que quizá sea uno de los más divertidos que he visto. Con unas botas desvencijadas, que cualquier militar podría haber envidiado cuando eran nuevas, corría sobre un angosto barandal metálico en un plano inclinado justo a las orillas del Sena. Su juego consistía en balancearse sobre el metal mientras que avanzaba hacia arriba cada vez más rápido. ¿Quién no hizo ese juego de niño? Este individuo, consciente de que había crecido, aumentaba la difucultad del juego dando tragos a su botella que seguro le hacían perder gradualmente el equilibrio. La alegría que reflejaba su cara cuando llegaba a la orilla del barandal me aseguraba que era un juego genial. Algún día lo tendré que intentar. Ignoro si el ir cantando era parte obligatoria del juego, pero en él, todo el conjunto se veía muy especial.
Otras cosas que he disfrutado de la ciudad son sus espectáculos artísticos. Aún no me aventuro a conocer la ópera. La pura palabra me escandaliza y me hace pensar en gente vesitida como si fuera el novio en una boda. Me horroriza pensar que tendría que pagar e ir vestido de etiqueta para ver una obra. Algún día tendré que acudir, y algo me dice que ya no tengo que ponerme el frac, pero aún no me animo. Lo que sí he visitado es un espectáculo de mucho mejor gusto al que uno puede ir vestido de forma más casual. Se llama "Crazy Horse". El espectáculo incluye a unas bailarimas sumamente capaces, que además no tienen recato en mostrar su talento ante el público. El teatro es un lugar bastante acogedor, donde cabrán quizá unas 70 o 100 personas y entonces el escenario está cerca de los asientos. En la pista, las mujeres se mueven de una manera tan grácil, que un mexicano cualquiera casi podría ignorar el hecho de que están desnudas. He de aclarar que en Francia se distingue muy claramente entre el erotismo y la pornografía, y este espectáculo, aunque con sus muestras de desnudez jamás se trató de pornografía. Por fortuna, Ana coincidió con mi análisis de que se trataba de una obra de arte. El amigo que me acompañó no gozó de la misma suerte, pues su esposa estuvo muy molesta durante todo el espectáculo por la "innecesaria pornografía de mal gusto deslegada por doquier". Estoy en desacuerdo con tan desatinada clasificación. Yo salí muy contento de considerarme "de cultura francesa", pues mi mentalidad mexicana no me traicionó durante el espectáculo artístico que disfruté. Bueno, quizá lo haya hecho por unos instantes, pero el apretón de mano que me daba mi esposa cada que una bailarina linda aparecía en escena, sacudía la tentación por completo. En el crazy horse las coreografías, y los bailes estaban muy bien puestos en escena, hacían juegos con las luces, y los elementos del escenario (también los de las bailarinas). Uno de los números que quizá más llamó mi atención fue uno en el que sólo una bailarina estaba en escena, y sólo sus caderas y sus piernas eran el show. De la cintura hacia arriba, estaba cubierta por un triplay negro, y en escena no había más que unas nalgas y unas piernas que se movían con sensualidad. Sus manos acariciaban su parte inferior del cuerpo con mucha gracia. El baile, con un jazzecito coqueto y movimientos semilentos fue toda una delicia. Al final del número la mano de la bailarina apretó con fuerza su cachete izquierdo. Se apagan las luces... -Guaaaauuu - escuché una exclamación (que seguro venía de un gringo) que aprobaba el final inesperado. En conclusión, el crazy horse es una joya artística de París que hay que conocer.
En cuanto a los espectáculos, pues finalmente visitamos el Nouveau Theatre Mouffetard, que ahora mismo veo desde mi ventana, y cuya entrada está a unos 16 pasos de mi departamento. Fue una experiencia agradable, en la que vimos "Le Moliere Imaginaire" donde sólo había dos actores en escena. Debo aclarar que eran buenos actores. No hubo cambio de escenario en toda la hora y media que duró la obra, y hacía calor. También hace poco fuimos al cine a ver una película animada que se llama Azur et Asmar, de Michel Ocelot. Quizá la mejor película animada que he visto en los últimos diez años. Tiene unos dibujos tan coloridos y vivos que sólo puedo describir como la cola de un pavo real. Aún así, la descripción queda corta.
He descubierto que en París la gente sí acude a los museos. Traté de entrar a una exposición fotográfica de Robert Doisneau, sólo para encontrar que la fila daba vueltas por varias cuadras. Abrieron un museo nuevo cerca de la torre Eiffel que tiene el mismo inconveniente.
Las noches ordinarias en París igual son divertidas. Hemos ido a algunos bares, discotecas o restaurantes. Una experiencia elegante que tuvimos fue en un lugar llamado "Dans le noir". El concepto es que uno entra a un cuarto donde no ve absolutamente nada. Pasaba mi mano a un centímetro de mis ojos y no la percibía. La mesera que nos encaminó hasta nuestra mesa era ciega, y los platillos que nos traía eran sorpresa. Al principio cuando me senté comencé a sentir claustrofobia, pero a los pocos minutos comencé a sentirme bien, protegido por la sombra de la oscuridad total. Íbamos dos hombres y cuatro mujeres, y hacía calor. Yo me quité mi camisa, y nadie se daba cuenta. La idea nos pareció buena a todos, y comimos sin camisa. La penumbra nos protegía, e incluso yo me paré para hacer un "moon" al restaurant. Comimos con las manos y aventamos algunas cosas a la cabeza de la persona de al lado. A pesar de que la comida no era tan buena, pasamos un buen rato, y sentimos lo difícil que debe ser la vida para los ciegos. Antes de salir, nos volvimos a convertir en personas tímidas y nos arropamos. Ya al día siguiente supimos que por seguridad graban con una cámara de visión nocturna. Me sonrrojé, y luego me divertí imaginando las cosas que no han de ver en esos videos. Espero que no estén disponibles en internet. Juramos regresar al restaurant armados de cacahuates y bonbones para arrojar al azar, sabiendo que nadie sabría quien fue. También hemos acudido a centros más normales en los que venden bebidas que si uno repite con cierta insistencia, al día siguiente se sentirá muy inteligente: con el cerebro grandísimo que no cabe en el cráneo.
Las experiencias en París han sido hasta ahora divertidas e interesantes. Sin embargo también hace unos días escuchamos en las noticias que algunas personas quemaron unos camiones en las afueras de la ciudad. Desgraciadamente, he visto que sí hay una especie de discriminación hacia las personas de medio oriente. París como toda ciudad grande, tiene sus grandes problemas.
Hoy llegó el frío. Parece que viene para quedarse. Las hojas de los árboles comienzan ya a caerse y algunas apenas cambian de color. Los paisajes urbanos, entre edificios bien hechos, se visten mejor con las hojas rojizas, las amarillas, las todavía verdes y también las invisibles.

Sunday, October 08, 2006

Paris I

Paris me abrió de un portazo que sonó a signo de exclamación que se me quedará por siempre grabado justo en el centro de la memoria. Ya Hemingway dijo algo así como que quien tuvo el privilegio de vivir en Paris de joven, siempre será acompañado por Paris, pues Paris es una fiesta en movimiento. También Humphrey Bogart dijo que siempre tendremos Paris. Yo aseguré ya de por vida mantener la cicatriz del recuerdo de este año que apenas un mes lleva y que se apresta para tener ocasiones memorables. Estoy convencido que hay que buscar hacer cosas que podamos recordar, pues el sólo recuerdo es un santuario que nos cuenta historias ante los problemas mundanos.
Los primeros días en Paris me han mostrado un clima agradable, mucho menos caliente que mi natal Monterrey. He tenido diversas experiencias interesantes visitando los lugares culturales de la ciudad, he bebido buen café. No entiendo por qué demonios en Europa hay mejor café –y mejor chocolate, agregaría mi esposa- si son productos de América. La vida parisina en los cafés, los bistrós, y las calles transitadas resulta agradable a la vista, y perfecta para los recuerdos. Las caminatas largas por calles estrechas con gente de todas culturas, las bellísimas construcciones que figuran por toda la ciudad y el terrible hedor de algunos franceses que se rehúsan a la ducha periódica, son experiencias de todos los días. Hay tantas cosas tan hermosas que recordar de Paris para el futuro, que en el presente no me extraña que en el cine y en la literatura Paris sea el lugar romántico de la felicidad y de la nostalgia.
Como todos los lugares entrañables, Paris presenta un montón de singularidades. Ellas son, en su mayoría absurdas o surreales, pero hermosas. Desde hace un mes, he encontrado una cantidad considerable de locos que deambulan por la ciudad. Personas que hablan solas, que reprehenden a su perro –que nadie más parece ver-, que orinan en medio de la calle a plena luz del día, que gritan “conneries” por doquier, que se bañan en la fría noche en las fuentes públicas… Uno de los personajes más singulares con que me he topado es una ancianita que vive en un cuarto piso en el Boulevard St. Germain. Ella constantemente está mirando hacia abajo por su ventana y se molesta porque alguien –siempre hay alguien- se estaciona frente a su edificio. Al parecer ella encuentra en eso una práctica de mal gusto, y a pesar de que se trata oficialmente de una acera estacionable, ella se molesta y reprehende a quienes lo hacen. En una ocasión, para mostrar su descontento, vació hacia la calle una cubeta de orina. Como la doncella mexicana que aún no ha perdonado, y reprueba a su galán cuando éste le lleva serenata. En México, sin embargo, comúnmente la mujer hace su gesto con una cubeta llena de la –mucho- más sutil agua de la llave, a veces cuando el odio es suficiente, esta estaría fría. Lo preocupante de la ancianita de St. Germain es que no intelijo, cómo habrá recolectado la orina. Supongo que poco a poco, fue llenando con sus micciones e imagino que a ella misma le habrá molestado el olor de la cubeta en su cuarto mientras conseguía la cantidad conducente para vaciar a los intrusos.
Otra particularidad de Paris son los clochards. Todas las ciudades tienen gente pobre, y gente que desgraciadamente vive en la calles; por muchas razones que poco tienen que ver con la voluntad de superarse de los marginados. En Francia sin embargo, la cultura del clochard es un poco más complicada, y hace que no podamos traducir con precisión y afirmar que se trata de un vagabundo. El clochard es alguien que vive de la bondad de los transeúntes, y de la bondad de la seguridad social francesa. Muchos gastan el dinero que consiguen en comidas baratas y en alcohol. He tenido 112 ejemplos –los he contado- hasta hoy para responder a mi esposa cuando me pregunta ¿qué es un clochard? Algunos tienen barba con cebo, otros están rapados de la cabeza, muchos presentan cicatrices que la ciudad también les ha dejado en el rostro, algunos hasta llevan celular de MP3 con audífonos y “manos libres” y otros han formado una alianza secreta con las aves de la ciudad y comparten su pan con ellas. Siempre que los veo me acuerdo lo afortunado que soy de tener un departamento pequeño cerca de la Place Monge en el cual dormir todas las noches.
Paris me ha hecho descubrir que México no es el absoluto campeón indiscutible en burocracia. Ese es un rubro que, sin tener que visitar el resto del mundo, estoy seguro en que el oro corresponde a los franceses. He visitado una docena de lugares para realizar trámites administrativos que se repiten y se repiten. Además, caso distinto al mexicano, a los franceses les encanta su servicio postal. En el banco que se encuentra a menos de doscientos metros de distancia de mi apartamento, y a quizá dos segundos en llamada telefónica o correo electrónico, constantemente me envían comunicaciones por correo postal. Baste decir que llevo ya más de tres semanas sin poder abrir una cuenta, pues me enviaron una carta con acuse de recibo, que firmé ya dos veces para confirmar que efectivamente vivo donde mis documentos lo dicen. El jueves pasado, cuando estaba ya listo para cancelar mi trámite de apertura de cuenta, me comunicaron que justo acaban de recibir el acuse. -Genial- contesté –entonces ya pueden darme mi tarjeta y abrir mi cuenta. –No- respondió sin vergüenza alguna la empleada del banco, además con cara de que era obvio y lógico lo que me iba a decir, casi molesta por mi ingenua pregunta. -Hace falta que pase una semana para que se le dé el trámite administrativo interno de banco a tu expediente… Igualmente he constatado que en la Facultad de Derecho no hay una biblioteca, sino muchas. Todas ellas convenientemente escondidas en los rincones de más difícil acceso del edificio para impulsar la actitud de investigación en el estudiante. Además, cada biblioteca tiene su propia copiadora, para la cual hay que obtener una tarjeta diferente para el pago de las copias. Como los ejemplos anteriores podría nombrar muchos más que hacen a Francia merecedores del laurel más alto en el deporte del tramiterío. ¡Qué pena México, no siempre se puede salir en primero!
Además en Paris están los parisinos. Los parisinos que no conocen el concepto de servicio, que se molestan ante el extranjero que no domina a la perfección su lenguaje… Claro, tienen su fama internacional bien ganada, pero he de decir que no es la mayoría. Por lo general la gente es agradable y servicial. Por otra parte, también la gente es por lo general muy independiente, y muy poco interesada en las cosas ajenas. Son tolerantes. Seguido pasan cosas locas, de repente un loco que arremete verbalmente a otra persona sin razón aparente, y nadie hace por detenerle. Los invidentes tienen una vida activa, y se les ve caminando solos por las calles, tomando el metro o el camión. Nunca alguien se les acerca para ayudarles a cruzar la calle, ellos lo hacen con pericia por sí solos.
En el tema de la comida, hay algo digno de mencionar. Esos kebab, que vienen de Turquía son una delicia. Sobre todo porque es lo más cercano a los tacos al pastor que se consigue por acá. Los vinos son sencillamente espectaculares. Aunque no tengo el presupuesto para lo verdaderamente espectacular, lo espectacular reside en que por el equivalente a cuarenta pesos, uno puede conseguir un vino muy sabroso. Además hay las distintas regiones que uno puede ir paladeando, sin tener que pagar más por ello. Claro que quien pague ese extra, de seguro encontrará todavía mejor vino. Yo me conformo, y me quedo muy contento con los vinos de 40 pesos. Finalmente, los quesos. En Francia hay quesos de todo tipo, y resulta muy sabroso probar los diferentes sabores. Una vez, casi llegando a Francia, en una de las primeras idas al supermercado me topé con un tipo de queso con un nombre titánico. Jamás me había preguntado si esa palabra significaba algo, y lo asumía como un nombre surreal de una novela cuyos personajes así eran y que vivían en Paris. Si pensarlo ni un instante compré el queso Rocamadour, que siendo objetivos, no es el mejor que he probado, es de sabor fuerte y consistencia similar al Camembert. Ese queso, lo tenía que comprar, y ahora sé que significa esa palabra.
Como conclusión, en Paris hay experiencias buenas y malas que se viven por doquier, pero lo que caracteriza a la ciudad son sus singularidades que al ser puestas en la balanza, hasta la fecha presentan un superávit considerable y hacen de la ciudad una delicia. Por supuesto, todas las experiencias surreales, están consideradas en esta balanza del lado positivo.

Saturday, September 16, 2006

Un grito de patria

Recordar a México como mi patria siempre me revuelve el estómago. Primero porque la comida en su afán de ser lo más tradicional, siempre va llena de salsa, con frijoles agrios, muchísimo aceite y va acompañada de alcohol. Y segundo porque mientras he ido creciendo, los actores políticos actuales se han ido encargando de alimentar la sospecha -por demás infundada, pero uno nunca deja de confiar en el instinto- de que México es lugar de patanes. En esta ocasión me tocó celebrar las fiestas patrias en París. Con más deseo de encontrar amigos mexicanos que residieran acá, que con ganas de alabar a Morelos acudí a una fiesta organizada (sic des-) por la embajada y una asociación llamada México-París. La fiesta tuvo lugar en un sitio de nombre italiano. Quizá la semejanza de los lábaros patrios incentivó su uso, o quizá el dueño de ese lugar es amigo del embajador, y fue contratado para recibir a los mexicanos en todo su folklore. El lugar estaba convenientemente situado afuera de París, donde de ida llegaba el tren urbano y era de fácil acceso, pero desde donde el regreso resultó un problema un tanto desagradable. Debo reconocer que hubo momentos en los que fue pintoresco ver cómo los civilizados ciudadanos mexicanos se disputaban -dignos de las mejores películas de duelistas- con gallardía y una violencia educada, el honor de tomar el siguiente taxi. La mayor parte del tiempo de espera para encontrar la forma de regresar no fue divertida. Al pedir taxis por teléfono, nos aseguraban que los coches no llegaban hasta allá; los que pasaban eran insuficientes para regresar a las hordadas de mexicanos que se abalanzaban sobre ellos; y algunos taxistas al ver que los futuros clientes habían bebido más de una copa, se retiraban sin subir pasaje. El tren urbano reabriría a las 5:30 de la mañana, lo que sería ideal para los individuos que habían acogido la banqueta como su cama -seguramente el sol les despertaría a esa hora con un punzante dolor de cabeza-; pero era bastante tarde para mí, que desde las 12:40 me quería retirar. Más de tres horas de búsqueda de taxis, intercaladas con una hamburguesa de McDonald's -la cual compramos haciendo fila a pie entre los autos (la sección convencional del restaurante estaba cerrada) fumando un poco de humo móflico-, y caminatas por diversas calles para buscar taxis fueron el ambiente que selló la noche y que nos hizo dormir con la idea de que la fiesta fue un fiasco. En nuestra espera por una forma de regresar a París conocimos gente que nos comentó que se perdieron el grito, pues a pesar de que tenían boleto pagado en preventa, los guardias les decían que estaba lleno el lugar, y que negociarían si era posible dejar entrar a unas cien personas más. Al menos nosotros llegamos temprano y disfrutamos de la magnífica fiesta.
En la fiesta había dos salones grandes, uno era un escenario tipo Palenque en el que el ex-cel-en-tí-si-mo embajador de México en Francia presidió la ceremonia del grito. El otro era un salón tipo bodega de granja en el que había comida mexicana mediocre, y vendían cerveza y tequila El Amo. El dueño de la destilería era al parecer otro amigo del embajador, y fue visto en la fiesta con un gaffete que decía "patrocinador". Entre música de Maná y cientos de chilangos adolescentes que bebieron muchísimo hice una larga fila para comer unos taquitos que resultaron caros, insuficientes, pero no tan malos. Tomé un par de Negras Modelos antes de regresar al "palenque" para escuchar el grito. Ahí cantaba un mariachi -que he de reconocer fue lo que tuvo la mejor calidad en toda la fiesta- coreado por muchísimos mexicanos contentos de haber reencontrado a su patria, y también de haber conseguido alcohol. Nuestros corteses modales fueron desplegados por doquier por individuos que saltaban vallas para posicionarse junto al mariachi, fumaban en lugares en los que se prohibía, y entonában -como los llama Alex Lora- cánticos europeos de "culero, culero" al maestro de ceremonias que pedía orden y respeto a las reglas. Después del grito una cantante que parece haberse llamado Calixta dio un espectáculo tan malo que no tengo recuerdo de algo peor. Su vestido parecían dos bolsas negras de basura rasgadas para que aparentaran tener estilo, su voz en ningún momento nos engañó como cantada en vivo -luego sería irrefutablemente confirmado el efecto "playback" por un rayón de disco- y su intento de baile sensual mostró a los pocos franceses que se hallaban presentes que en México también existe la conducta sexual.
La ceremonia del grito estuvo por demás llena de clichés, pero al menos fue emotiva. El embajador apareció en escena bien vestido de traje oscuro, con corbata verde nacional, y un cabello blanco muy bien acomodado hacia atrás con pegamento. Recibió con elegancia la bandera nacional y la ondeó con torpeza por un tiempo que pareció más largo de lo normal. Exhaltó a los héroes patrios con esa voz tan ensayada por la clase política en la que para sonar enérgico uno da un tono semi-aguardentoso, y la concurrencia estalló en júbilo cuando al terminar repitió por tercera vez "Viiiva Méeexico". La esposa, o acompañante del embajador se comportó a la altura del cliché, y sin afán de protagonismo, con ojeras saltadas demostró su impasividad, sin poder esconder su tedio.
Al final de la noche me retiré afirmando que la fiesta fue un desastre. Algunas ventajas fueron que ahí encontré a un par de amigos que tenía tiempo de no ver e intercambié números de teléfono para continuar el contacto en París. México tan lleno de idiotas fue bien representado en la fiesta. Pero también dos o tres buenas personas me recordaron lo que sí me gusta de mi país, y como cada 15 de septiembre me recordaron el poema de Pacheco de "Alta Traición". Yo también me considero traidor porque no amo a mi patria, sin emargo reconozco que en México hay más de una cosa que celebrar.

Friday, July 28, 2006

De viaje III

De Viaje III

Escribo esto a unas semanas de la visita de los lugares supramencionados. Pasó el tiempo, y no me di el tiempo de relatar lo sucedido en la última parte de mi viaje de bodas al estilo diario. Tendré que echar mano de un viejo recurso de los cronistas: la mnemotecnia. Desgraciadamente, la tecnología y la globalización (moría por utilizar esa palabra, globalización, ahh, hermoso, suena a chingos de globos) nos han educado tan correctamente a confiar en la tecnología para no tener que echar mano del recurso del recuerdo. Ahora no tengo que memorizar ningún teléfono celular de mis amigos, pues en mi maravilloso aparato de comunicación móvil hay un conveniente directorio. Cada vez que no quiero tener que recordar conferencias enciendo mi “voice recorder”. En fin hay una amplia gama de ejemplos de cómo la tecnología desincentiva el uso de la memoria. Pero no hemos perdido del todo, haré mi mayor esfuerzo de recordar los lugares que recorrí con precisión. Sirva este discurso como excusa perfecta para que, en caso de que mis narraciones no resulten del todo iluminadas, uno pueda pensar que olvidé las partes más interesantes de los viajes que realicé. No se culpe nunca a mi falta de talento para capturar las vivencias más entrañables en cada uno de los lugares que visité. Tampoco se piense en que me faltó creatividad para encontrar los rincones valiosos de las ciudades descritas. Cúlpese al celular o a la grabadora que nos han entrenado harto mal.

Beijing

En una recorrido somero por Asia no puede faltar la capital de China. Sé que esta ciudad del norte de dicho país no se encontraba cerca de la ruta que tracé en el Sudeste Asiático, sin embargo ¿cómo ostentarse como un viajero por Asia sin ir a Beijing? Sin más fundamento que ello, elegí como destino la capital china. Beijing, antes Pekín, pero desde siempre Beijing (según los chinos claman pronunciar el nombre de Pekín desde antes de que se convirtiera en Beijing) es una ciudad un poco extraña. En realidad quien era un poco extraño era yo en Beijing. Toda mi vida me decían que tenía los ojos rasgados, que parecía chino, y bien ahí no parecía chino, pues al momento me identificaban como extranjero. Una de dos, o mis ojos no parecen tan chinos como todo el mundo me decía, o la cámara que colgaba de mi cuello me delataba terriblemente como turista.
El clima de Beijing es uno de misterio, eso lo identifiqué desde el arribo a la ciudad. Había una mezcla extraña de niebla con contaminación. El resultado era una atmósfera gris, que pudiéramos describir como gris. El halo fogoso que se veía por toda la ciudad, y que, paradójicamente, impedía ver la ciudad (al menos no mucho más lejos de 20 ó 200 metros) le da un aire misterioso. ¿Mencioné que se ve gris?
China es un país inmenso, y eso se dejó ver en su capital. Aunque su capital no tiene los habitantes de la nuestra, sí puede presumir que está a la altura en el nivel de sus atascos de tráfico. Se pierde mucho tiempo en el tráfico y también, hay que decirlo, utilizan un sistema gráfico bastante difícil de reproducir. Escribiría algunos caracteres que a mi juicio eran los más comunes en los anuncios de tiendas y restaurantes, pero dudo que el ordenador en el que quizá el lector vaya ver esto tenga instalado el mandarín, por lo que ahorraré el trabajo de conseguir que mi ordenador despliegue dichos garabatos.

La bardita

La Gran Muralla China: la única estructura hecha por el humano que se ve desde la luna. Ignoro por qué sigan repitiendo esa frase tan absurda para presumir tan colosal construcción. ¿Han visto lo absurdo que es decir eso? En primer lugar, no entiendo porqué habrá de verse a simple vista desde la luna, si la muralla es relativamente muy delgada. Aún y si fuera una línea larguísima –como lo es- yo no concibo que se pueda ver, pues no es tan ancha. Es como si ahora yo pusiera un punto en esta pantalla de un grosor tan delgado que el ojo humano no pudiera percibirlo, y luego la hago más larga. Si me perdí de vista un pequeño punto, ¿porqué lo vería si lo hago una línea? Yo pienso que de cualquier forma, dicha línea mucho más pequeña que un píxel seguiría escapando a mi vista porque no amasa el grosor necesario para que yo la perciba. Otra forma de verlo es hacer un sonido que yo no escuche (pero un perro sí). Si no lo escucho y ese sonido dura un segundo, tampoco lo escucharía si suena durante una hora ¿o sí? En fin además creo que es inútil que promocionen que la Gran Muralla se ve desde la luna, pues en mi lista de viajes, la luna no está como un destino próximo. Concluí que los chinos son algo estúpidos y globalifóbicos (otra vez los globos) y que aún no han recibido las ideas culturales de occidente sobre el buen “marketing”… Un momento, mi cerebro suele sospechar teorías de conspiración, y además uno siempre escucha que los chinos vienen con todo a arrasar con nuestros mercados; no pueden ser tan estúpidos. Seguí digiriendo el tema mientras recorría cuesta arriba los peldaños de una porción sumamente turística de la muralla. Ladrillo tras ladrillo y exhalada tras exhalada pensaba en por qué los chinos promocionarán así de una forma tan ruin algo que puede mercaderase mucho mejor. Después obtuve la respuesta que seguramente es un secreto chino que ni la CIA ha descubierto. Ellos han descubierto una forma económica de viajar a la luna. Cuando su frase haya permeado lo suficiente al mundo lanzarán al mercado su método accesible de ir a la luna, y así mucho más gente querrá viajar para ver la muralla china entera de lado a lado –cosa difícil de lograr desde la tierra. Vaya genios tan adelantados que son los chinos, por eso penetran al mundo con sus precios baratos. El caso es que mientras seguía subiendo la muralla, el sol quemaba duro. Creo que por estar un poco retirado de la ciudad, el aire era más limpio, pues la nieblación que opacaba a Beijing no estaba presente. Esto producía al menos dos efectos contrastantes: por un lado la vista de aquellas montañas y de la muralla era maravillosa; por otra parte, los resquicios de mi cráneo que entre mis hebras cabelludas se mostraban sin pavor ante el sol, sufrieron una ardiente quemada. Nada de eso, ni los vendedores que asedian a uno al subir hizo que pasara un mal rato en aquel lugar. La muralla china es precisamente el lugar que uno piensa que se encontrará, sin sorpresas, es una barda muy larga. Lo sorprendente es que al llegar, y al ser justamente lo esperado, de cualquier forma sorprende. Por último, antes de dejar el tema de la muralla vale mencionar un error que cometí. No digo que hubiera sido fácil evitarlo, pero fue un error de cualquier manera. En la muralla, como ya dije, hay vendedores que le asedian a uno mientras trata de subir cansado ante la inclemente radiación de nuestra estrella que nos da vida. La estrategia, sobre todo con la experiencia ganada durante los viajes consiste en ignorar a todo vendedor, pues al más mínimo resplandor en los ojos del turista cuando observa su producto, los vendedores se convierten en un chicle que no deja de joder hasta que uno compre. En uno de los tramos de la muralla, un vendedor me ofreció un producto irresistible: un pipi boy. Pipi boy, Pipi boy decía la vendedora mostrando una pequeña estatuilla de un niño con los pantalones abajo. Tan atractivo como parecía, con rigor matemático apliqué la teoría del ignorante (es decir ser una persona que ignora al vendedor). Sin amainar, la vendedora caminó unos pasos junto a mí, y ante mi mirada sólo de reojo (pues nunca perdí la compostura) me mostró el accionar del pipi boy. Ella puso un poco de agua dentro del niño, y por alguna artimaña china, el monito estaba diseñado para que alguna ley de la física aplicara todo su rigor, y con impactante distancia la estatuilla disparara un chisguete de agua por el miembro del niño. Era sorprendente, y sin embargo yo seguí las reglas. Aún y cuando con la simple mirada de reojo sabía que se trataba de un producto imprescindible mantuve compostura e ignoré a la vendedora. Me consolaba pensando que de regreso en Beijing de seguro encontraría estatuillas similares en los mercados y “seguramente a precios más bajos, pues me encuentro en un lugar altamente turístico”. Desgraciadamente nunca volví a ver un pipi boy, y hoy al menos hubiera deseado dedicar una mirada de frente a tan maravillo producto.
Ya de regreso en Beijing comprobé que todas las edificaciones de los atractivos turísticos chinos tienen el mismo semblante. Techo de teja, con imitaciones de bambúes en las líneas que bajan en las intersecciones, y con una cómica rampita en cada esquina de los techos. Los lugares eran bonitos, pero repetitivos. Otra cosa que corroboré es lo funesto que resulta viajar a una ciudad antes de que esta prepare un gran evento. En mi caso fueron las olimpiadas del 2008 las que hicieron el daño. En la ciudad prohibida, en el palacio de verano, en el templo del cielo, y en muchos lugares, me topé con odiosos andamios que cubrían las edificaciones más preciosas. Las limpiaban para prepararse ante las recuas de turistas que llegarían a la ciudad en el 2008. Disfruté de la ciudad y disfruté de los lugares, pero ¿por qué tienen que limpiar todos los lugares al mismo tiempo?
Otra cosa importante en Beijing son los mercados que hay en la ciudad. Ahí uno encuentra todo tipo de cosas, desde las absolutamente innecesarias (pero no necesariamente aburridas) como la ropa, las perlas o el jade, hasta lo más esencial como helicópteros de control remoto o relojes falsos. Es una delicia caminar por los mercados y observar todos los productos que ahí se venden. Era además toda una experiencia observar cómo los vendedores proponían un precio, y terminaban aceptando una octava parte de la propuesta inicial. Lo de la octava parte lo digo literalmente; lo aclaro porque solemos exagerar en los números y en las fracciones, pero esta vez es verídico, incluso una ocasión, mi esposa logró pagar una décima parte del precio señalado por el vendedor al llevarse dos de los artículos que le vendían. En China la negociación es un arte distinto a lo que conocemos en occidente. En el mundo occidental yo he aprendido que negociar implica habilidades de conciliación, que es un proceso en el que ambas partes ceden un poco para llegar a un acuerdo. En China, el buen negociador es aquel que sabe elegir un precio bajísimo para las cosas; luego sólo basta ser necio y no ceder ni un centavo, aunque el vendedor finja estar enojándose, o aunque se enoje de verdad porque no logra arrancarte ni un yuan más. Al final regresamos con las cosas innecesarias y también con las esenciales. Baste decir que pagué menos de 200 pesos mexicanos por un helicóptero que he comprobado que efectivamente vuela.

La guerra aviar revisitada

Finalmente, no puedo concluir el relato de Beijing sin hablar de lo gastronómico. La guerra aviar. Cuando yo era niño acudía en mi país a lo que llamaban kermesse (se pronuncia en realidad quermés, pero la otra escritura es más glamorosa). Allí había una sección que llamaban el Arca de Noé, en la que uno pagaba, y tenía la posibilidad de obtener una mascota. A algún ingenioso cuyo nombre no puedo precisar se le ocurrió que a los niños no nos gustaba sacar una tarjetita que deseara suerte para la próxima o que agradeciera la participación. Entonces tuvo la genial idea de convencer a los pequeños de que los pollos, o los patos podrían constituir una buena mascota. Dichas aves, siendo tan baratas, no representaban gran costo para otorgar a los perdedores, y ellos saldrían con una ancha sonrisa por haber “ganado” una hermosa mascota. Más de una vez “gané” pollos y/o patos. Los recuerdos de mi infancia me hacen recordar la titánica batalla aviar por el premio a la mejor mascota. El pato era el definitivo vencedor, pues a más de que emitían un sonido ampliamente superior al piar de los pollos, eran un poco más grandes, tenían los pies unidos por piel, y un pico mucho más a la moda. Los patos podían nadar en las cubetas, los pollos, por desgracia comprobé que eran incapaces. También por desgracia, un amigo comprobó que aunque los patos sobrevivían el nado en cubetas o estanques, eran incapaces de resistir el remolino del sanitario. Para no vivir del recuerdo lo único que quería establecer es la existencia de una guerra aviar: el pato contra el pollo. Ambos peleaban por agradar más al ser humano, y el vencedor por muchas razones que no repetiré era el pato.
Ahora en China, la guerra aviar volvía en todo su esplendor, ahora, las aves lucharían por agradar mi paladar. En China el pato es ampliamente deglutido, aunque no en menos lugares se consigue el pollo. En diversos platillos delicioso probé el pollo que deleitaba mi paladar no sólo su sabor, sino también por las curiosas combinaciones de ingredientes que lo acompañaban. Aún no probaba el pato, aunque sabía que el Pato Pekín era un plato a probar. Una noche en un restaurante de comida local (oscea china) ordené el Pato Pekín. Pato Pekín es un platillo de pato rostizado que le sirven entero, y que cortan en tajadas que luego envuelven en una especie de crepas con una salsa dulzona. Después de obtener la mayor cantidad de tajadas posibles del animal, se lo llevan a la cocina para extraer el resto de la carne de difícil acceso y preparar un segundo platillo. Al momento de traer al pato con todo y su cabeza auguré malas cosas para el titán de la infancia. Sin embargo después del primer bocado supe que el jefe es jefe. El antiguo vencedor de la guerra aviar refrendaba su título con su exquisito sabor.

Hong Kong

Ciudad moderna llena de edificios. El Nueva York del Oriente. Se supone que desde 1998 el imperio británico regresó Hong Kong a los chinos, sin embargo, saliendo de Beijing, me hicieron montarme en un vuelo internacional para llegar a esta ciudad, y pasé aduanas. Yo sentí que cambié de país, y además de hablaba de la frontera de Hong Kong con China. Al llegar a esta ciudad, lo primero que maravilla es el precioso color azul turquesa del océano que uno ve desde la ventana (¿porqué demonios a nadie se le ocurre hacer un avión con ventanas grandes y panorámicas?) del aeroplano. Las islas con figuras que delinean perfectos polígonos irregulares que rodean una mole de edificios lucen bellísimas; y uno puede ver las playitas paradisíacas de los adinerados. Lo siguiente que resalta son las montañas que están contiguas al mar, y cuyo verde contrasta con el azul del cielo, y el turquesa del océano.
La ciudad de Hong Kong es grande e imponente, además de los rascacielos, destacan los puentes cableados y colgantes que unen las diferentes islas que integran la urbe. Al llegar, descubrí que en realidad mi hospedaje no sería en Hong Kong, sino en la isla que está frente a ella y que goza de un nombré mucho más eufónico: Kowloon. Durante mi corta estancia en Hong Kong repetí el nombre de la isla más de doscientas veces, me encantaba decir caulún, me pareció que suena muy bien.

La Bahía

En Hong Kong hay una cosa que vale la pena sobre todo lo demás. Ver un atardecer desde Kowloon, y observar cómo se encienden las luces de los edificios construidos por el hombre, al momento que empieza a apagarse la luz que fue construida por alguien que ni de pedo es hombre. Una vez que la noche ha llegado, un pequeño paseo por la orilla de la isla es imprescindible. Se puede ver un montón de gente, tiendas con mucha luz, estrellas en el suelo con estatuas de estrellas de Hollywood y estrellas en el cielo, músicos, transeúntes y gente con los ojos alargados. En los siguientes días en la ciudad visité Disneylandia, unos centros comerciales, y finalmente, antes de partir acudí a Victoria’s Peak, la cima de una pequeña montaña accesible por un tranvía desde la cual se admira con la ventaja de la altura el complejo urbanístico. Ahí arriba se come bien, y se paga caro. Antes de regresar al aeropuerto fui a un bar en la cima del hotel Península, en el que el urinario estaba puesto en el suelo frente a una ventana que ocupaba todo el espacio del techo al piso. Es increíble lo divertido que resulta orinar “hacia la ciudad”.

Las Vegas

Llegué a Las Vegas después de un largísimo vuelo con conexión en San Francisco. Dice la gente que San Francisco es una ciudad muy bella. El aeropuerto es bastante regular. Podría ser el de Oregon, o el de cualquier otro lado. Comí en un restaurante que no fue nada bueno.
Desde el avión se ven las luces de tantos colores que tan poco combinan. Llegué con una urgencia importante por defecar. Desempaqué rápidamente en el aeropuerto, deshaciéndome de los superfluos (y olorosos) artículos de sobrepeso que llevaba conmigo. La banda de las maletas tardó en activarse, y pareció como si los dueños de la línea estuvieren aguardando para sacar mi equipaje mientras yo sacara mi equipaje. Salí del sanitario recogí las maletas y tomé un taxi. En Las Vegas los taxistas son unos tipos curiosos: todos exigen propina. Yo aprendí eso cuando quien me dejó en el hotel no me regresó cambio y agradeció mi pago. Luego lo seguí aprendiendo, aunque nunca me gustó. Las Vegas es una ciudad extraña y llena de visitantes. Es sorprendente cómo en días entre semana, en un verano muy caluroso, pueden hacer que haya tantos visitantes en un lugar que alguna vez no fue más que arena y cactuses. Es la ciudad que grita “the american way works”. La gente, principalmente gringa va a derrochar, y podría parecer que demuestra que su sistema funciona. Las edificaciones son todas excesivas y despampanantes; el dinero que se despilfarra, tranquilamente podría destinarse a causas humanitarias, o me podría comprar un bonito helicóptero, o alquilarme unos sirvientes de primerísimo nivel. Hay tantas cosas que podría seguir criticando del derroche de la ciudad del pecado, y sin embargo, es una ciudad divertida. Los hoteles van desde un barco pirata, hasta la torre eiffel, los edificios de nueva york, un volcán que eructa, unas fuentes que bailan, las góndolas de Venecia hasta los que no imitan nada y que tienen leones o flamingos en su interior. Las actividades de apuesta van desde presionar repetidas veces un botón para ver si uno obtiene una recompensa, hasta tirar unos dados, o circular unos números en un papel. Los espectáculos incluyen el sexo, la danza, y los tan convencionalmente extraños cirque du soleil. Algunos de esos espectáculos parecen haber estado planeados exclusivamente para provocar la siguiente conversación entre espectadores:
- ¿Viste eso?
- Sí hombre, se fue de baño.
- Quién sabe de cual fume el que lo inventó.
- Ya sé, está loquísimo.
- Sí, pero está bien chido.

En Las Vegas uno gasta dinero en todo, y se divierte en todo.

Monday, June 19, 2006

De viaje II

Bali

En la isla de Bali, que forma parte de Indonesia estuve en dos destinos: una playa paradisiaca, y una jungla intempestiva. En ambos casos tuve la fortuna de estar en hoteles de cuatro estaciones, y yo creo que más estrellas que eso. La atención fue fantástica. Es impresionante cómo a absolutamente todo lo que preguntaba me contestaban "certainly sir"; divertido. Durante mi estancia en Indonesia comprendía varias cosas. Algo que de golpe se me ocurrió es un posible origen del nombre Indonesia: India + Asia. Yo sé, yo sé, en ese caso debería ser Indiasia, o Indonasia cuando menos, pero no puedo evitarlo; esa idea del India + Asia se me vino a la mente. Ello en parte porque observé como los Indonesios tienen los ojos de rayita de alcancía (como muchos de los asiáticos), pero también tienen el colorido de piel de los Indios: ni negro, ni blanco, un café casi exclusivo de los Indios.
La gente de Bali es sumamente amable, tan amable, que en ocasiones dicha amabilidad se convierte en una característica negativa. Uno no siempre quiere servicios, menos cuando va de viaje bodas. En Indonesia descubrimos muchas cosas. Primero aprendí que hay unos mini-catamaranes, y que son muy divertidos de montar; también me di cuenta de que la navegación con vela no es cosa fácil. Más cuerdas de las que yo quisiera tener intervenían en el manejo de la vela. Seguro si me subía a esa cosa sin un conductor especializado, terminaría por abandonar el bote y regresar nadando a la seguridad de la costa. También conocí muchos nuevos tipos de fruta. Pro primera vez conocí el maracuyá (antes sólo lo había probado en helados o postres). También me topé con algunas especies curiosas de cuyo nombre no quiero acordarme. Unas sabrosas, otras no tanto, pero ver las frutas existentes es toda una actividad interesante y que merece la pena. Probarlas no siempre es oportuno, pero hay que hacerlo. Además casi siempre saben bien. En particular recuerdo una fruta rara, roja, redonda, del tamaño de una ciruela, llena de picos/pelos (me pregunto cómo a los ancestros se les ocurrió que eso se come) que después de ser pelada sabía casí igual que una uva verde. Las uvas son más fáciles de comer, y por ello me quedo con las uvas, pero esta fruta fue entretenida. Acabo de ver en una guía que el nombre de esa fruta es Rambutan; ¡bonito nombre! suena a una especie de rey antiguo de oriente. En la guía apuntan que debe quitarse la piel antes de comerse. Dudo que a alguien se le ocurra morder los pelos/espinas de los que ya había hablado, pero ¡bah¡, en este mundo en el que hay libros "for dummies" para todo, no es una observación que sobre. Finalmente quiero dedicar unas líneas a la fruta que fué quizá la más sorprendente de todas: la fruta rey (king fruit me dijeron que se llama). Esta fruta, hay que decirlo de inicio, pués después de verla es lo primero que uno nota huele terrible. Despide una aroma a putrefacción como ningún otro alimento no-caduco que yo conozca (bueno quizá el mole se le acerque [disculpen, no me gusta el mole] pero bueno, el mole no es UN alimento, es como 16 ó 17). El caso es que dicha fruta huele a madres, y muy fuerte; es fácil percibir su hedor estando a unos 3 metros de ella. ¡Vaya forma de la naturaleza de defenderse! La fruta rey (ignoro el nombre verdadero en español) parece una especie de piña, es del mismo tamaño, pero es verde; los picos son más protuberantes y duros que los de la piña (imagínense un mazo de esos de picos de acero de la edad media, o una bola y cadena). Cuando un parte esa coraza de picos, adentro hay lo que parece un plátano, y lejos de saber a lo que huele, pero también lejos de ser la fruta más sabrosa que haya probado, creo recordar que sabía como a alguna combinación de guayaba, con la consistencia de plátano, y creo que un dejo de sabor a manzana. La realidad es que no recuerdo con tanta precisión su sabor (probé muchas cosas ese día), pero digamos que era una fruta buena. Recomiendo hagan un GIS (google image search para los no letrados en las cifras cibernéticas) de la king fruit para que vean la fruta a la que me refiero, y entiendan mi estupefacción al ver semejante cosa. Repito que los ancestros eran muy osados para decidir que eso se comería; o quizá tendrían que tener mucha hambre.
Bueno, dejando a las frutas de lado, en Bali encontré mucho más que frutas. Además de una playa excepcional, con una vegetación selvática cuyo contraste producía escalofríos en la parte lateral izquierda del dorso de quien lo contemple; tuve también oportunidad de conocer diversas actividades a las que se dedican los Balineses: el tallado de madera -algunas piezas dignas de mención que no me voy a dignar describir (dénse por mencionadas)-; la pintura con técnicas elaboradas; la siembra del arroz. Me detengo en esto de la siembra del arroz porque vi algunos campos en donde se planta este cereal que todos consumimos regularmente. Los campos son bellísimos. No estoy seguro si los campos de arroz son bellísimos en general, o el panorama de Bali era lo que catapultaba la escena a ser fantástica. En el camino a Kintamani, donde se encuentra el Lago y Monte Batur vimos unos valles espectaculares con plantaciones de arroz. Me sorprende que Hollywood no haya sacado una película puesta en una escena como esa que vi. Podría ser una de esas con una historia de amor cursi y tormentosa, en la que a alguien siempre le da cáncer u otra enfermedad cruel, y de esas que a pesar de ser una historia cursi, sacan una lágrima subrepticia hasta al más pedante de los intelectuales que claman no tener sentimientos tan ruines como para ser conmividos por las banalidades proyectadas por los huecos cinematógrafos hollywoodenses. La escena era sensacional. Después seguimos subiendo hasta llegar a la cima de una montaña que se encontraba en el pico subsecuente al Monte Batur, un volcán cuya última explosión con lava fue según nos dijeron en 1963. La escena estaba pintada con un cielo azul, algunas nubes tapando por unos minutos el cráter del monte, y a la derecha un lago de agua azul claro que se asemeja a los celestes que utiliza van gogh en su cielo del Campo de trigo con cipreses. El monte, con vegetación verde en muchas partes, y amplias áreas del panorama negras. Con las cenizas y la quemazón causada por la erupción del '63. Todo era genial. Una escena tan apacible hasta que de pronto fui atacado por vendedores ambulantes que a huevo querían que les comprara algo, no importa que fuera. Terminaron por venderme un tablero de ajedrez de madera y grande, a un precio que yo creía imposible -pagué dos dólares por este tablero- pensé (muy idiotamente) por unos instantes y me felicitaba por mi gran compra. Pasados unos momentos fui atacado por una manada de más vendedores que vieron que ya había comprado, y que tomaron mi primera compra como un claro indicador de que gastaría mi dinero con derroche y por doquier. Asediado, corrí a refugiarme dentro del carro para regresar. Ya dentro del carro, observando despacio mi tablero de ajedrez, y ahora notando que no estaba muy bien labrado, realicé el engaño en que había caído. El vendedor comenzó ofreciéndome el objeto en dólares de los Estados Unidos. Tú-dola, tú-dola (dos dólares, dos dólares) -me decía y llamó mi atención. En un giro tarantineano, el vendedor procedió a ofrecerme después el producto en rupias (qué bonito nombre para la moneda local). Ahora me lo ofrecía en 200,000 rupias. El caso fue, que con tanto cero, y como en México eso de los ceros lo perdimos desde el '93, yo ya estaba muy poco atento a ello. El precio de dos dólares me parecía justo (injusto en realidad, muy barato, pero digamos que lo pagaría). Sin pensarlo mucho pagué los 200,000 rupias, todavía pensando en el orden de los dos dólares, para descubrir más tarde mientras me llevaban a mirar el hielo de un refresco que las 200,000 rupias se ajustaban más bien a los 20 dólares, y volvía a ver que mi tablero de ajedrez no era tan bonito como lo vi al pensar que pagué dos dólares, y lo volvía a ver y me daba cuenta que el hecho de que fuera grande hacía que fuera incómodo para continuar mi viaje, y todo eso me entristecía. Secretamente me dije pendejo, y quize regresar a patear el trasero (y los huevos) del vendedor mañoso que jugó con los ceros en mi contra. No pude más que pensar que me jugaron con maña, y que como mexicano debería estar acostumbrado a eso. Me sentí turista idiota, lo fui. Me entristecí por unos instantes, pero, otro mirador en el camino desde donde se veía muy bien el volcán, y donde había unas pierdas calcinadas por la lava me reanimaron al instante. Sólo era dinero- pensé mientras volvía a ver aquella escena encantadora, digna de ser inmortalizada en un poema que no me salió pues acababa de ser timado con un tablero de ajedrez, y con un truco muy simple, pero muy ruin. A los turistas nos agarran en curva, observando y disfrutando de otras cosas los malditos vendedores... y yo, que siempre he sido débil en la compra de objetos inútiles fui la víctima perfecta. Me caga pensar que me vencieron como lo habrían hecho con un gringo viejo, pendejo, y despreocupado por su dinero. En fin, nadie me quita el recuerdo de aquella vista, y los veinte dólares bien valen ese recuerdo.
Ya en el regreso al hotel visitamos la cueva del elefante, que tenía una entrada de piedra trabajada en el siglo XII o algo así, y que era una cara de un individuo bastante extraño y hasta espeluznante. También pasamos por más campos de arroz -no tan espectaculares como aquellos en el valle- y esporádicamente se veían algunos campesinos trabajando los campos. Vestían ropas sencillas, y traían invariablemente su sombrero cónico que resultaba tan pintoresco. Ya casi para terminar vi a un campesino que alegremente y sin pudor desalojaba su orina en los plantíos a la orilla de la carretera. No pude evitar pensar en que algún otro campesino también orinó en las etapas prematuras del arroz que comí ese mediodía, y pensé que, otra vez me chingó un balinés. !Malditos sean! pero tienen una isla preciosa.


Bangkok

Bangkok, la ciudad del desmadre, la ciudad preciosa, la ciudad del oro. El nombre oficial de Bangkok tiene más de 150 letras, y no me atrevo a publicarlo por aquí. Es una ciudad donde el budismo predomina, y donde hay 10 millones de personas. Pensé que sería perspicaz de mi parte comenzar con algunos datos que demostraran mi cultura general, pero ahora que los escribo descubro que no estoy poniendo más que lo que le dicen a todo turista que llega a esta ciudad. Sigo, en Tailandia hay un rey que hace unas semanas cumplió su 60 aniversario de haber ascendido al trono. Impacta ver cómo quiere el pueblo a su rey. Parecería que era una actitud olvidada desde la Revolución Francesa.
En Bankok hay muchos templos budistas en los que abundan el oro y las piedras preciosas como el rubí y el zafiro. Todos los que vi eran bellos y majestuosos. Fui al palacio real, y creo haber visto la mayor cantidad de oro en edificios que conozco. Los edificios, con el garigoleo que es casi la firma de oriente lucían en todo su esplendor, pues nos tocó un día soleado con un cielo azul tan claro y unas nubes tan blancas que salieron tan bien en mis fotografías que con tanto empeño tomé. Aprovechando que tengo una cámara flamante, con funciones manuales que permiten manipular las tomas me di el lujo de tomar muchísimas fotografías para el recuerdo. Haciendo gala de las hablididades adquiridas el día anterior leyendo una revista de fotografía, comencé a tomar fotos moviendo a la función de apertura, y prescindiendo de la tradicional función automática de la cámara que sólo es para los principiantes o el fotógrafo casual, el de ocasión. Yo no. Yo movía las funciones para manejar diferentes profundidades de campo y puntos de enfoque. Todo ello, olvidando que en la función manual también debes mover el ISO de las cámaras. Yo por bruto lo tenía en un ISO muy alto, y ahora por experto, mis fotos no van a salir con la calidad de National Geographic que yo esperaba. Habrían salido mejor con la función automática. Lección aprendida.
En los templos, lo más definitivamente importante que vi fue a mí. Es correcto, una estatua de un Buda gigante. No sé cómo explicar las proporciones en metros, ni en volúmen, pero digamos que tamaño dinosaurio. Un buda de oro, de oro puro, tamaño dinosaurio. Fue una escena maravillosa si recuerdan que desde hace ya tiempo me llaman buda. Nunca teniendo claro el origen de mi apodo, todo cayó en su lugar cuando vi aquella estatua.
En Bangkok me hospedé en un hotel espectacular; el Península tiene una comida sin igual. Absolutamente todo lo que he probado ha sido un completo manjar. No comprendo cómo pueden hacer que hasta una maldita hamburguesa que pido a la mitad de la noche tenga un sabor especial, pero así es. El Península está enclavado junto al río de Bangkok cuyo nombre sé, pero omito por ser tan complicado de pronunciar(el idioma tailandés es muy extraño). El hotel es perfecto, y el río de Bangkok tiene un color que jamás había visto en un río- pensándolo bien, sí había visto un río con ese color, el Santa Catarina cuando el Gilberto. Más o menos el color de un ABC una vez que este ha sido revuelto. Como yo llegué de noche al hotel, no me di cuenta de ese terrible aspecto del río sino hasta al día siguiente, y en la noche, se veía majestuoso: el río al pie del hotel, los edificios iluminados al fondo... una escena muy bella. El mal aspecto del río no es tan grave, en cambio, el mismo río en sus orillas desprende un leve aroma a guayaba y otras frutas (todas ellas podridas); eso es lo más grave.
Cerca de Bangkok fui al mercado flotante. Un lugar famoso y pintoresco. Nada más. No encontré nada que no se consiguiera en la ciudad, pero si tomé un par de fotografías que me gustaron (esta vez si aseguré lo del ISO, y además me protegí con un par en modo automático).
Bangkok es una ciudad entretenida y con desmadre. Un claro ejemplo de que el orden no es siempre benéfico es la clara falta de semáforos que hay en la ciudad. Resultó toda una aventura observar como son creativos los conductores y se pasan cuando pueden entre las calles, dan vueltas en U en donde se les antoja... el caos es divertido -pensé abordo de un tuk tuk (unas motocicletitas/taxi de tres llantas que hay en la ciudad y que recuerdan un poco a las "pulmonías" que uno toma en Mazatlán. Abordo de un tuk tuk fui a ver peleas de muay thai y presencié una verdadera demostración de aguante, ningún peleador fue noqueado a pesar de los golpanazos que se daban. Luego, bajo una intensa lluvia me trasladé al mercado de noche (una pulga gigante y nocturna para satisfacer el deseo compulsivo de comprar) que, debido a las inundaciones estaba intransitable. Mojado, cansado, y ante las continuas exitativas de mi pareja de que consiquiera un taxi (y no un tuk tuk, pues ya antes nos había mojado un carro con el despliegue de agua que arrojan al pasar por un charco) a "como dé lugar" me acerqué a un taxi que acababa de rechazar a otros individuos y me subí. Al abordarlo, de inicio me dio a entender que no cobraría su razonable tarifa acostumbrada que se mide con un aparatito científico con la pregunta "¿jao moch yu pei?". Después de negociar la tarifa, acordamos un precio en casi 6 veces lo que decía su hoja de kilometraje que yo debería pagar. Como el taxi no era caro en Bangkok, y ante el diluvio que caía (y que el taxista no dejaba de remarcar en la negociada del precio -is reining, is reining) terminé por aceptar, y regresé al santuario del hotel. En el camino de regreso, y molesto por el sobreprecio, modifiqué mi original pensamiento sobre lo bello del desorden, y deseaba que todo fuera ordenado.

Friday, June 16, 2006

De viaje I

Aquí recopilaré algunas de las experiencias de mi viaje de bodas:

Cabo San Lucas
Los Cabos es un lugar repinche, un desierto, un lugar al que nadie jamás iría, si no es porque tiene un mar color azul fuerte. Alguien dijo que eso debería ser más bonito que el verde/café del resto de los océanos sucios del mundo. El caso es que uno al verlo, sí siente que es más bonito. El problema es que el lugar es caro como ningún otro. Te cobran todo lo que pueden. Te atienden muy bien, pero te cobran el muy, y el bien. El arco ese famoso es interesante, una formación rocosa anormal. Claro, es bello ir a verlo al atardecer en un barco. Lo malo es que a uno no le avisan que ese barco iría lleno de gabachos, cuyo objetivo primordial es embrutecerse con tequila rascuacho y corouna güit laim. La tripulación del barco -todos mexicanos- habla en inglés, y trata de alentar al público con frases estúpidas. Tratan de hacer que repitamos pendejadas... obviamente yo me entristezco de haberme subido a "La Sirena" y no haber tomado uno de los pequeños botecillos que me ofrecían los verdaderos mexicanos. El tur en barco termina por ser un rodeo fatal. Nos llevan por dos horas para sólo pararnos unos 10 minutos frente a las rocas impresionantes. Al final, lo importante es que nos llevan a ver el mentado arco; que vimos algunos leones marinos (que más bien parecen focas) que hacían unos ruidos curiosos, -estuve a punto de entender lo que nos querían decir, pero justo cuando iba a descifrarlo, los miembros de la tripulación comenzaron a "imitar" los sonidos de los leones con gritos que más bien parecían gemidos de godzila- y que logré ignorar el mal ambiente, y pues ese acro, esa vista, ese atardecer en la punta de la península, pues resultó maravillosa. Además iba bien acompañado.
En Los Cabos, como en todas las playas mexicanas, se comen unos mariscos deliciosos, aunque allí son más caros...

Singapur
En realidad no esperaba mucho de este país, ciudad, o ... lo que sea. Yo sabía que era uno de los "tigres asiáticos", que había logrado salir de ser un país en vías de desarrollo -¿por qué demonios les dicen en vías de desarrollo? A la mierda con los eufemismos, que digan país jodido- y que había edificios modernos. El destino a Singapur, fue más bien por azar, por capricho aeronáutico. Resultaba que como en ese país hay un aeropuerto grande, y yo iba a utilizar la aerolínea de Singapur, era realmente barato quedarme unos días en Singapur. Pensé que sería un desperdicio pasar tantas veces por su aeropuerto para conectar los vuelos sin conocer qué demonios había ahí dentro. Finalmente, decidí parar un par de días a ver de qué se trataba. Es un país/ciudad superbo. En todos los lugares a los que me trasladé había una vegetación impactante. Impresionante por lo exhuberante, y por lo bien cuidada. Una ciudad de 4 millones de habitantes que no parecen ser de la misma estirpe que el resto de nosotros: no tiran basura. Además, a juzgar por los jardines, y la flora que es tan abudante, seguramente la mitad de los habitantes son jardineros, nada se explica de otra forma. Desde el aeropuerto, que tiene arreglos florales más bien parecidos que los que uno encuentra en las cenas de gala de los presidentes de occidente, hasta las calles, que todas están bordeadas de palmas y árboles separados unos de otros todos exactamente a la misma distancia. Y luego, las orquídeas. Este país es el paraíso de las orquídeas. Las hay en la calle, en los hoteles, en los restaurantes, en casi todos los edificios. Dejando de lado que pienso que las orquídeas son la flor más enigmática y bella, uno no puede dejar de verlas en Singapur, aún a pesar de no ser fanático de las flores. Y si creemos que las flores son poemas, entonces Singapur es una ciudad poétiquísima. Luego están los jardínes botánicos, que tienen el Parque Nacional de las Orquídeas, lo que ahí vi no tiene explicación ni forma de describirse, tantas orquídeas, tantos tipos tan distintos, colores, texturas, formas... que uno tendría que asistir para comprender. Era tal la abundancia que en cierto punto llegué a pensar que esa abundancia hacía que las orquídeas perdieran su valor de ser únicas. Rapidísimo me convencí de que no es así. El parque es maravilloso.
Eso sólo por hablar de su vegetación. También están los edificios, y los templos budistas, que sin ser imponentes, son pintorescos y agradables. Además está un gran centro comercial -el más grande que he visto- en el cual se pasea una cantidad incontable de visitantes. Parece que la actividad nacional del singaporeño es pasearse en el mol. Adicionalmente, están los pequeños barrios, el barrio chino, y la pequeña India. En el barrio chino uno encuentra lo que en todos los barrios chinos; casas con garigoleos y chácharas a la venta. No me detuve mucho en ello. En la pequeña India sí hice una parada. Pensé que era obligada, pues pasaría mucho tiempo para que yo pueda volver a Asia, y quizá nunca vaya a concer la India. Entonces paseé por el barrio para encontrar a mucha gente de la raza India. Fuimos al mercado para oler cosas insospechadas, caminar entre corredores de mariscos, ser atacados con una cabeza gigante de pescado, para luego descubrir que no era a mí a quien se la arrojaban, sino a un contenedor que estaba casualmente a mi lado, y estaba lleno de cabezas. Luego decidí comer la comida. Una experiencia inolvidable... los sabores de las especies, tan distintos, tan únicos, tan fuertes. Algunos platillos fueron reprobados al instante. Otros daban un sabor curioso, casi agradable. La maldita comida causó estragos en mi estómago, y lo peor, la estuve recordando durante todo el día en mis emanaciones naturales de gas por ambos extremos. Una buena experiencia. Jamás vuelvo a comer comida india. Luego el detalle de que los indios comen con la mano, que a mí me parecía divertido y diferente, pero a mi mujer le dio un poco de asco, pues "no agarraba pedacitos; se comía puñados de arroz, y se manchaba toda de salsa".
Al final del día, Singapur fue un país en demasía interesante, una cultura a la que el mundo debería de aprender su armonía y su paz. En la calle no se veían problemas, ni había policías, las diferentes etnias que conformaron al país viven sin molestarse ni pelearse. Singapur, es un país excepcional y digno de ser visitado a propósito. Agradezco el troglodismo de las aerolíneas que me hiciero pasar por ahí para llegar a otros destinos.

Wednesday, May 24, 2006

Cine, cine, cine.

Hace tiempo que no escribía para mi osado lector. Gracias Lúfrago por leerme de vez en cuando. Ahora sí que no tengo un tema definido, y no quiero caer en el ruin juego de escribir sobre que no sé que escribir. Ya sé, el cine. Buena idea.

El cine es un lugar extraordinario. Siempre nos transporta a otras dimensiones. Cuando la película es buena, un siente que viaja al mundo de los personajes y que presencia sus historias. Cuando la película es mala, espero que hayas llevado a una pareja atractiva a la que, cómodamente puedes besar, sabiendo que te cubre el manto de la oscuridad del cine, y que los demás idiotas (que son dueños de un muy mal gusto) siguen viendo el filme porque piensan que es bueno. Si la película es mala, y tu acompañante es parecido a king kong, o es un amigo al que definitivamente no le quieres sobar el culo, entonces espero que hayas comprado palomitas u otras golosinas que sean susceptibles de ser arrojadas al azar. En caso de que tampoco tengas objetos arrojables a tu disposición, siempre puedes flatular. Flatular en el cine es algo sumamente divertido y satisfactor. Un buen pedo sonoro puede desatar una serie de carcajadas, pero todos sabemos que en el cine, es magistral. Sobre todo si uno se lo tira en algún momento de silencio en la pantalla, o en una escena de suspenso, con lo que tu pedo pueda asustar al público aledaño. Los eructos pueden ser también un deleite menor. En fin el cine ofrece un sinúmero de actividades que podemos realizar. Vayamos todos al cine.

Una vez más cito a Luis Eduardo para despedirme.

"Cine cine cine cine/ más cine por favor/ que todo en la vida es cine/que todo en la vida es cine/ y los sueños cine son."

Monday, April 24, 2006

Material onírico

Todos hemos escuchado las teorías sobre el sueño. Freud tiene su interpretación de los sueños, y algunos otros escritores mucho menos interesantes y más desagradables también han, según ellos descifrado lo que los sueños nos quieren decir. Todo eso dudo que sea científico. Como además nunca he sido un fiel defensor de la ciencia, no puedo ya por ello decir que es basura. Sin embargo, lo que sí creo es que esas teorías de la "interpretación de los sueños", nos han hecho perder de vista otros aspectos maravillosos de lo soñado.
¿Cuántos libros de aventura no tendrán orígen en material onírico? ¿Cuántos monstruos, cuántas creaturas, cuántas ideas? Si yo fuera escritor, de seguro habría documentado varios de los sueños que he tenido. De ellos me siento sumamente orgullos, y eso tomando en cuenta que ya los he olvidado. Soñando, soy bastante más creativo de lo que lo soy consciente. Hay diversas formas de no estar en vigilia. Todas las formas en las que he perdido el papel de centinela, son de lucidez, distintas formas de brillantez. Algunas cobran caro al día siguiente, otras tienen efectos a largo plazo, o no son socialmente aceptadas. De todos los estados delirantes que conozco, ninguno tiene tantas ventajas como el sueño; no sólo no cobra esa salida del mundo "congruente", sino que además, funciona como revitalizador: físicamente, es necesario soñar, y ello nos da energías. Es curioso como el resto de las cosas que nos gustan hacen daño... o cuestan trabajo. Seguro que puedo encontrar otras formas de salir de la realidad, la lectura, el cine, pero todo ello supone actividades que a veces uno no está con el ánimo de realizar. Y el sueño, uno siempre puede dormir(veo aquí un dejo de ironía, o un disparo de nieve en contra de los insomniacos, verdaderamente los compadezco). Claro, ahora hay cine tan ligero que no requiere esfuerzo, pero ese cine, entonces no logra ese escape de la vigilia del que yo hablo.
Ahora regresemos al sueño, y aquel aspecto valioso que yo decía que olvidamos al concentrarnos en el "qué significa este sueño". Creo que suficiente reducimos al sueño cuando trasladamos lo soñado al "mundo real". En esa transición hacemos que nuestra "historia" -porque deja de ser sueño- pase por el tamiz de la lógica, la congruencia y la verosimilitud. Recordemos cómo en los sueños las cosas no funcionan de la misma manera. Insisto en la capacidad creativa que tenemos al ser soñadores. Si nos concentráramos entonces en rescatar historias de los sueños, y en traducir la ilógica de los mismos a nuestro mundo, creo que seríamos una mejor humanidad. Además, este wasteland en el que vivimos nos hace pensar que no es difícil imaginar un lugar mejor. En fin, no tratemos de comprender qué significan los sueños, conformémonos con recordarlos, escribirlos, llevarlos al cine, a un texto, incluso a una anécdota de cantina. Estoy seguro que si rescatamos aquella creatividad que hay en el mundo onírico con más frecuencia, nos podremos hacer mejores personas. Al menos, nos haremos más divertidos.

Wednesday, April 19, 2006

Rápida entrada sin un final lógico...

He regresado. Técnicamente no debiera utilizar la oficina para publicar en este sitio. La oficina es para trabajar. Pero, ¿qué pasa cuando a uno se le ha frito el cerebro por el día? ¿Qué si he hecho suficientes cosas de trabajo, y nada bueno puede salir en este día? ¿No es legítimo que uno escriba cosas insignificantes en un lugar como este en lugar de desperdiciar más neuronas que seguro no serán productivas? El caso es que más técnicamente, yo no debería estar a esta hora en la oficina, porque a las 7:30pm ya han pasado más de las 8 horas laborales que la ley marca para una jornada. Nunca me han pagado horas extra, y por lo tanto no debería estar trabajando a esta hora. Aunque, en realidad, estoy contratado por honorarios, por lo que en teoría, no me aplican los beneficios laborales, pues no soy un empleado del despacho en que trabajo. En la puñeta mental que resultan los contratos de honorarios, se pretende que uno no trabaja para el que lo contrata. Uno es independiente, y decide prestar servicios de asesoría a la empresa. Un paso atrás en los derechos laborales. Una forma más en la que las empresas se aprovechan de la gente que necesita trabajar, y renuncia a ser tratado como persona con derechos de trabajador. Eso nos distingue como norteños. ¡Bah, que mierda! A mí me gustaría ser reconocido por un sentido del humor preciso, por ser fiestero, por ser divertido, alegre... en fin, habría muchas características por las que me sentiría orugulloso. Pero ¿ser trabajador? Y eso ¿qué mérito tiene? No indica que se tiene un alto coeficiente intelectual, ni que se es divertido, ni que se aprovecha la vida. En el mejor de los casos indica que uno es tenaz, persistente, pero ¿no son esas también características de los necios?

Monday, April 17, 2006

Frases buenas que se me van ocurriendo

Sobre los diputados:
la única preparación que necesitan es la de conocer a las personas adecuadas.

El nacionalismo es un discurso que se hizo con razones muy convincentes para justificar la desición muy arbitraria de la delimitación de fronteras.

Ante todo aquello y después de un análisis minuscioso, con rigor científico, se preguntó "¿Qué pedo?"

Postdata

Bien bien, tengo que decir un par de cosas más, sobre todo si este es el inicio de una obra monumental que un día bien me podría merecer un premio, como el que un chango me arroje su cagada.
Primero, tengo que decirlo, Lúfrago. Ese es un pseudónimo poco original, copié la idea a un buen amigo, y sólo es poner las primeras letras de mi nombre, mi segundo nombre y mi apellido. El acento en la u, ese sí es un capricho, bien podría haber sido lufrago, pero suena mucho mejor lúfrago. Además es reminiscente de la palabra náufrago. Y pues en realidad eso soy. Un náufrago que trata de no hundirse en toda la mierda que hay.
Segundo, porqué esto del blog. Bueno, en buena parte es porque he visto que algunos amigos lo tienen, y he visto que por ahí ponen cosas chidas. Yo siempre he tenido pánico de que alguien más lea lo que escribo. Nunca me he sentido agusto. Hay una posibilidad muy elevada de que nunca revele este sitio a mis amistades. Entonces esto puede servir para mí, puedo escribir frases que luego pueda trasladar a otros lados que sí pueda mostrar al mundo. Además como eso de escribir a mano no es lo mío. Pues puedo poner una especie de diario, para recordar cosas. Aunque en realidad, lo que tenga que ser escrito para ser recordado no es lo suficientemente bueno porque no se recuerda sin ser escrito. Mentira. Es como "si miento y digo que miento, ¿miento o digo la verdad?".

"Todo es mentira, todo es mentira menos tú... y si lo fueras te lo suplico miénteme"
L.E. Aute

Bueno suficiente basureo por hoy. Creo que en general esto va a ser como un lugar donde poner cosas que luego pueden ser chidas. Eso de mi pánico lectoril quizá está justificado con el hecho de que no escribo muy bien. Así pues este lugar puede ser el lugar donde escribo y escribo, y quizá poco a poco vaya mejorando. Los buenos escritores por ahí han escrito que hay que escribir para luego escribir bien.
Bueno, en el fondo hay todo un dilema en el to blog or not to blog. Podría escribir unas líneas como las de Shakespeare, casi igual de lindas y con rima y todo. Hay muchas razones para no escribir en este tipo de espacios: demuestra que eres patético, nunca sale nada bueno de ahí, es inútil, no es productivo, evidencia tu desesperación, te une a un clan de personas que de seguro tienen sexo con muy poca frecuencia, etc. Al final uno no hace mucho caso de las razones, y pues en contra de todas mis predicciones de que no debería imitar a mis amigos que tienen un sitio de estos, mis prejuicios de que los blogs son para los geeks, mis principios de que sólo hay que aceptar ser publicados por editores de respeto (creo que sólo quedan dos y uno ya es muy viejito); en contra de todo eso, aquí me tienen.

Bautizo

Bueno, comienzo por el principio. Este sitio ha sido creado para escribir, subir algunas cosas, y sentirme publicado. Espero que no haya censura en esto de los blogs (¿como traduce uno "blog" al español? Suena muy pinche gabacho eso de andar dicendo blog, bloggero y el arte del bloggeo), porque de ser así, seguramente sería vetado. Todos los buenos escritores cuentan cómo su libro fue rechazado por al menos 43 editoriales antes de que alguien lo considerara para su publicación.
Hoy, los sigloveintiuneros gozamos de la facilidad del Internet. Ese sitio que casi no existe. Uno puede publicar, y lo único que revisa el contenido de las cosas que escribe es una maquinita que cambia las palabras soeces por signos como estos "#$!@%. Lo bueno es que esas pinches máquinas sólo hablan inglés, y entonces uno puede decir puto, y no p"$#. Vaya victoria sobre los gringos que cada vez que quieren decir "fuck", se publicará F"@$. Bueno, regresando al tema, sobre el sitio este que casi no existe. ¿Dónde demonios está el internet? ¿Cómo le hago para destruirlo, o al menos destruir dos o tres páginas que son ultrapinches? Maldito internet, maldita entidad metafísica. El punto no era hablar sobre el internet, sino sobre esta "ventaja" que es poder publicar sin censura. Por un lado, tengo razón, aquellos brillantes escritores que sobrepasan sus generaciones no tienen que ser filtrados, y molestados por los editores que tienen mente de corcho, o de una réplica exacta del cobre corroído. Pero por otro lado, mis bellas páginas van a estar sumegidas entre toneladas de basura. Cuando veo toda la mierda que hay en internet, a veces pienso que los censores sí tenían una función importante en el mundo. Mejor que sea difícil. Aunque bueno, habiendo visto toda la basura publicada por editoriales que de niño creía que eran serias (como Diana o Plantea) me considero más que apto para escribir en un sitio público. Así es que este sitio lo usaré para escribir pendejadas que me pasen, para publicar cuentos para que lo lean 2 ó 3 personas a las que forzaré a leerlo y luego les pondré un examen de comprobación. Eventualmente subiré unas fotos chidas que pueda haber tomado, etc. En fin va a ser como algo que le diga al mundo que en Monterrey, entre los millones de imbéciles que hay. Existe un procer que podría ser mundialmente aclamado, pero cuya modestia y hueva le han hecho recluirse a este pequeño rincón en ese sitio que casi no existe. Si algo les gusta de este lugar, sugiero lo impriman en tinta indeleble, aunque sea en su cerebro, porque de lo contrario, podría perderse para siempre. Con el ego inflamadísimo termino estas tristes líneas, y con una frase que -gracias a un pésimo actor (ahora peor gobernador)- era muy usada cuando yo era pequeño: "I'll be back".