De Viaje III
Escribo esto a unas semanas de la visita de los lugares supramencionados. Pasó el tiempo, y no me di el tiempo de relatar lo sucedido en la última parte de mi viaje de bodas al estilo diario. Tendré que echar mano de un viejo recurso de los cronistas: la mnemotecnia. Desgraciadamente, la tecnología y la globalización (moría por utilizar esa palabra, globalización, ahh, hermoso, suena a chingos de globos) nos han educado tan correctamente a confiar en la tecnología para no tener que echar mano del recurso del recuerdo. Ahora no tengo que memorizar ningún teléfono celular de mis amigos, pues en mi maravilloso aparato de comunicación móvil hay un conveniente directorio. Cada vez que no quiero tener que recordar conferencias enciendo mi “voice recorder”. En fin hay una amplia gama de ejemplos de cómo la tecnología desincentiva el uso de la memoria. Pero no hemos perdido del todo, haré mi mayor esfuerzo de recordar los lugares que recorrí con precisión. Sirva este discurso como excusa perfecta para que, en caso de que mis narraciones no resulten del todo iluminadas, uno pueda pensar que olvidé las partes más interesantes de los viajes que realicé. No se culpe nunca a mi falta de talento para capturar las vivencias más entrañables en cada uno de los lugares que visité. Tampoco se piense en que me faltó creatividad para encontrar los rincones valiosos de las ciudades descritas. Cúlpese al celular o a la grabadora que nos han entrenado harto mal.
Beijing
En una recorrido somero por Asia no puede faltar la capital de China. Sé que esta ciudad del norte de dicho país no se encontraba cerca de la ruta que tracé en el Sudeste Asiático, sin embargo ¿cómo ostentarse como un viajero por Asia sin ir a Beijing? Sin más fundamento que ello, elegí como destino la capital china. Beijing, antes Pekín, pero desde siempre Beijing (según los chinos claman pronunciar el nombre de Pekín desde antes de que se convirtiera en Beijing) es una ciudad un poco extraña. En realidad quien era un poco extraño era yo en Beijing. Toda mi vida me decían que tenía los ojos rasgados, que parecía chino, y bien ahí no parecía chino, pues al momento me identificaban como extranjero. Una de dos, o mis ojos no parecen tan chinos como todo el mundo me decía, o la cámara que colgaba de mi cuello me delataba terriblemente como turista.
El clima de Beijing es uno de misterio, eso lo identifiqué desde el arribo a la ciudad. Había una mezcla extraña de niebla con contaminación. El resultado era una atmósfera gris, que pudiéramos describir como gris. El halo fogoso que se veía por toda la ciudad, y que, paradójicamente, impedía ver la ciudad (al menos no mucho más lejos de 20 ó 200 metros) le da un aire misterioso. ¿Mencioné que se ve gris?
China es un país inmenso, y eso se dejó ver en su capital. Aunque su capital no tiene los habitantes de la nuestra, sí puede presumir que está a la altura en el nivel de sus atascos de tráfico. Se pierde mucho tiempo en el tráfico y también, hay que decirlo, utilizan un sistema gráfico bastante difícil de reproducir. Escribiría algunos caracteres que a mi juicio eran los más comunes en los anuncios de tiendas y restaurantes, pero dudo que el ordenador en el que quizá el lector vaya ver esto tenga instalado el mandarín, por lo que ahorraré el trabajo de conseguir que mi ordenador despliegue dichos garabatos.
La bardita
La Gran Muralla China: la única estructura hecha por el humano que se ve desde la luna. Ignoro por qué sigan repitiendo esa frase tan absurda para presumir tan colosal construcción. ¿Han visto lo absurdo que es decir eso? En primer lugar, no entiendo porqué habrá de verse a simple vista desde la luna, si la muralla es relativamente muy delgada. Aún y si fuera una línea larguísima –como lo es- yo no concibo que se pueda ver, pues no es tan ancha. Es como si ahora yo pusiera un punto en esta pantalla de un grosor tan delgado que el ojo humano no pudiera percibirlo, y luego la hago más larga. Si me perdí de vista un pequeño punto, ¿porqué lo vería si lo hago una línea? Yo pienso que de cualquier forma, dicha línea mucho más pequeña que un píxel seguiría escapando a mi vista porque no amasa el grosor necesario para que yo la perciba. Otra forma de verlo es hacer un sonido que yo no escuche (pero un perro sí). Si no lo escucho y ese sonido dura un segundo, tampoco lo escucharía si suena durante una hora ¿o sí? En fin además creo que es inútil que promocionen que la Gran Muralla se ve desde la luna, pues en mi lista de viajes, la luna no está como un destino próximo. Concluí que los chinos son algo estúpidos y globalifóbicos (otra vez los globos) y que aún no han recibido las ideas culturales de occidente sobre el buen “marketing”… Un momento, mi cerebro suele sospechar teorías de conspiración, y además uno siempre escucha que los chinos vienen con todo a arrasar con nuestros mercados; no pueden ser tan estúpidos. Seguí digiriendo el tema mientras recorría cuesta arriba los peldaños de una porción sumamente turística de la muralla. Ladrillo tras ladrillo y exhalada tras exhalada pensaba en por qué los chinos promocionarán así de una forma tan ruin algo que puede mercaderase mucho mejor. Después obtuve la respuesta que seguramente es un secreto chino que ni la CIA ha descubierto. Ellos han descubierto una forma económica de viajar a la luna. Cuando su frase haya permeado lo suficiente al mundo lanzarán al mercado su método accesible de ir a la luna, y así mucho más gente querrá viajar para ver la muralla china entera de lado a lado –cosa difícil de lograr desde la tierra. Vaya genios tan adelantados que son los chinos, por eso penetran al mundo con sus precios baratos. El caso es que mientras seguía subiendo la muralla, el sol quemaba duro. Creo que por estar un poco retirado de la ciudad, el aire era más limpio, pues la nieblación que opacaba a Beijing no estaba presente. Esto producía al menos dos efectos contrastantes: por un lado la vista de aquellas montañas y de la muralla era maravillosa; por otra parte, los resquicios de mi cráneo que entre mis hebras cabelludas se mostraban sin pavor ante el sol, sufrieron una ardiente quemada. Nada de eso, ni los vendedores que asedian a uno al subir hizo que pasara un mal rato en aquel lugar. La muralla china es precisamente el lugar que uno piensa que se encontrará, sin sorpresas, es una barda muy larga. Lo sorprendente es que al llegar, y al ser justamente lo esperado, de cualquier forma sorprende. Por último, antes de dejar el tema de la muralla vale mencionar un error que cometí. No digo que hubiera sido fácil evitarlo, pero fue un error de cualquier manera. En la muralla, como ya dije, hay vendedores que le asedian a uno mientras trata de subir cansado ante la inclemente radiación de nuestra estrella que nos da vida. La estrategia, sobre todo con la experiencia ganada durante los viajes consiste en ignorar a todo vendedor, pues al más mínimo resplandor en los ojos del turista cuando observa su producto, los vendedores se convierten en un chicle que no deja de joder hasta que uno compre. En uno de los tramos de la muralla, un vendedor me ofreció un producto irresistible: un pipi boy. Pipi boy, Pipi boy decía la vendedora mostrando una pequeña estatuilla de un niño con los pantalones abajo. Tan atractivo como parecía, con rigor matemático apliqué la teoría del ignorante (es decir ser una persona que ignora al vendedor). Sin amainar, la vendedora caminó unos pasos junto a mí, y ante mi mirada sólo de reojo (pues nunca perdí la compostura) me mostró el accionar del pipi boy. Ella puso un poco de agua dentro del niño, y por alguna artimaña china, el monito estaba diseñado para que alguna ley de la física aplicara todo su rigor, y con impactante distancia la estatuilla disparara un chisguete de agua por el miembro del niño. Era sorprendente, y sin embargo yo seguí las reglas. Aún y cuando con la simple mirada de reojo sabía que se trataba de un producto imprescindible mantuve compostura e ignoré a la vendedora. Me consolaba pensando que de regreso en Beijing de seguro encontraría estatuillas similares en los mercados y “seguramente a precios más bajos, pues me encuentro en un lugar altamente turístico”. Desgraciadamente nunca volví a ver un pipi boy, y hoy al menos hubiera deseado dedicar una mirada de frente a tan maravillo producto.
Ya de regreso en Beijing comprobé que todas las edificaciones de los atractivos turísticos chinos tienen el mismo semblante. Techo de teja, con imitaciones de bambúes en las líneas que bajan en las intersecciones, y con una cómica rampita en cada esquina de los techos. Los lugares eran bonitos, pero repetitivos. Otra cosa que corroboré es lo funesto que resulta viajar a una ciudad antes de que esta prepare un gran evento. En mi caso fueron las olimpiadas del 2008 las que hicieron el daño. En la ciudad prohibida, en el palacio de verano, en el templo del cielo, y en muchos lugares, me topé con odiosos andamios que cubrían las edificaciones más preciosas. Las limpiaban para prepararse ante las recuas de turistas que llegarían a la ciudad en el 2008. Disfruté de la ciudad y disfruté de los lugares, pero ¿por qué tienen que limpiar todos los lugares al mismo tiempo?
Otra cosa importante en Beijing son los mercados que hay en la ciudad. Ahí uno encuentra todo tipo de cosas, desde las absolutamente innecesarias (pero no necesariamente aburridas) como la ropa, las perlas o el jade, hasta lo más esencial como helicópteros de control remoto o relojes falsos. Es una delicia caminar por los mercados y observar todos los productos que ahí se venden. Era además toda una experiencia observar cómo los vendedores proponían un precio, y terminaban aceptando una octava parte de la propuesta inicial. Lo de la octava parte lo digo literalmente; lo aclaro porque solemos exagerar en los números y en las fracciones, pero esta vez es verídico, incluso una ocasión, mi esposa logró pagar una décima parte del precio señalado por el vendedor al llevarse dos de los artículos que le vendían. En China la negociación es un arte distinto a lo que conocemos en occidente. En el mundo occidental yo he aprendido que negociar implica habilidades de conciliación, que es un proceso en el que ambas partes ceden un poco para llegar a un acuerdo. En China, el buen negociador es aquel que sabe elegir un precio bajísimo para las cosas; luego sólo basta ser necio y no ceder ni un centavo, aunque el vendedor finja estar enojándose, o aunque se enoje de verdad porque no logra arrancarte ni un yuan más. Al final regresamos con las cosas innecesarias y también con las esenciales. Baste decir que pagué menos de 200 pesos mexicanos por un helicóptero que he comprobado que efectivamente vuela.
La guerra aviar revisitada
Finalmente, no puedo concluir el relato de Beijing sin hablar de lo gastronómico. La guerra aviar. Cuando yo era niño acudía en mi país a lo que llamaban kermesse (se pronuncia en realidad quermés, pero la otra escritura es más glamorosa). Allí había una sección que llamaban el Arca de Noé, en la que uno pagaba, y tenía la posibilidad de obtener una mascota. A algún ingenioso cuyo nombre no puedo precisar se le ocurrió que a los niños no nos gustaba sacar una tarjetita que deseara suerte para la próxima o que agradeciera la participación. Entonces tuvo la genial idea de convencer a los pequeños de que los pollos, o los patos podrían constituir una buena mascota. Dichas aves, siendo tan baratas, no representaban gran costo para otorgar a los perdedores, y ellos saldrían con una ancha sonrisa por haber “ganado” una hermosa mascota. Más de una vez “gané” pollos y/o patos. Los recuerdos de mi infancia me hacen recordar la titánica batalla aviar por el premio a la mejor mascota. El pato era el definitivo vencedor, pues a más de que emitían un sonido ampliamente superior al piar de los pollos, eran un poco más grandes, tenían los pies unidos por piel, y un pico mucho más a la moda. Los patos podían nadar en las cubetas, los pollos, por desgracia comprobé que eran incapaces. También por desgracia, un amigo comprobó que aunque los patos sobrevivían el nado en cubetas o estanques, eran incapaces de resistir el remolino del sanitario. Para no vivir del recuerdo lo único que quería establecer es la existencia de una guerra aviar: el pato contra el pollo. Ambos peleaban por agradar más al ser humano, y el vencedor por muchas razones que no repetiré era el pato.
Ahora en China, la guerra aviar volvía en todo su esplendor, ahora, las aves lucharían por agradar mi paladar. En China el pato es ampliamente deglutido, aunque no en menos lugares se consigue el pollo. En diversos platillos delicioso probé el pollo que deleitaba mi paladar no sólo su sabor, sino también por las curiosas combinaciones de ingredientes que lo acompañaban. Aún no probaba el pato, aunque sabía que el Pato Pekín era un plato a probar. Una noche en un restaurante de comida local (oscea china) ordené el Pato Pekín. Pato Pekín es un platillo de pato rostizado que le sirven entero, y que cortan en tajadas que luego envuelven en una especie de crepas con una salsa dulzona. Después de obtener la mayor cantidad de tajadas posibles del animal, se lo llevan a la cocina para extraer el resto de la carne de difícil acceso y preparar un segundo platillo. Al momento de traer al pato con todo y su cabeza auguré malas cosas para el titán de la infancia. Sin embargo después del primer bocado supe que el jefe es jefe. El antiguo vencedor de la guerra aviar refrendaba su título con su exquisito sabor.
Hong Kong
Ciudad moderna llena de edificios. El Nueva York del Oriente. Se supone que desde 1998 el imperio británico regresó Hong Kong a los chinos, sin embargo, saliendo de Beijing, me hicieron montarme en un vuelo internacional para llegar a esta ciudad, y pasé aduanas. Yo sentí que cambié de país, y además de hablaba de la frontera de Hong Kong con China. Al llegar a esta ciudad, lo primero que maravilla es el precioso color azul turquesa del océano que uno ve desde la ventana (¿porqué demonios a nadie se le ocurre hacer un avión con ventanas grandes y panorámicas?) del aeroplano. Las islas con figuras que delinean perfectos polígonos irregulares que rodean una mole de edificios lucen bellísimas; y uno puede ver las playitas paradisíacas de los adinerados. Lo siguiente que resalta son las montañas que están contiguas al mar, y cuyo verde contrasta con el azul del cielo, y el turquesa del océano.
La ciudad de Hong Kong es grande e imponente, además de los rascacielos, destacan los puentes cableados y colgantes que unen las diferentes islas que integran la urbe. Al llegar, descubrí que en realidad mi hospedaje no sería en Hong Kong, sino en la isla que está frente a ella y que goza de un nombré mucho más eufónico: Kowloon. Durante mi corta estancia en Hong Kong repetí el nombre de la isla más de doscientas veces, me encantaba decir caulún, me pareció que suena muy bien.
La Bahía
En Hong Kong hay una cosa que vale la pena sobre todo lo demás. Ver un atardecer desde Kowloon, y observar cómo se encienden las luces de los edificios construidos por el hombre, al momento que empieza a apagarse la luz que fue construida por alguien que ni de pedo es hombre. Una vez que la noche ha llegado, un pequeño paseo por la orilla de la isla es imprescindible. Se puede ver un montón de gente, tiendas con mucha luz, estrellas en el suelo con estatuas de estrellas de Hollywood y estrellas en el cielo, músicos, transeúntes y gente con los ojos alargados. En los siguientes días en la ciudad visité Disneylandia, unos centros comerciales, y finalmente, antes de partir acudí a Victoria’s Peak, la cima de una pequeña montaña accesible por un tranvía desde la cual se admira con la ventaja de la altura el complejo urbanístico. Ahí arriba se come bien, y se paga caro. Antes de regresar al aeropuerto fui a un bar en la cima del hotel Península, en el que el urinario estaba puesto en el suelo frente a una ventana que ocupaba todo el espacio del techo al piso. Es increíble lo divertido que resulta orinar “hacia la ciudad”.
Las Vegas
Llegué a Las Vegas después de un largísimo vuelo con conexión en San Francisco. Dice la gente que San Francisco es una ciudad muy bella. El aeropuerto es bastante regular. Podría ser el de Oregon, o el de cualquier otro lado. Comí en un restaurante que no fue nada bueno.
Desde el avión se ven las luces de tantos colores que tan poco combinan. Llegué con una urgencia importante por defecar. Desempaqué rápidamente en el aeropuerto, deshaciéndome de los superfluos (y olorosos) artículos de sobrepeso que llevaba conmigo. La banda de las maletas tardó en activarse, y pareció como si los dueños de la línea estuvieren aguardando para sacar mi equipaje mientras yo sacara mi equipaje. Salí del sanitario recogí las maletas y tomé un taxi. En Las Vegas los taxistas son unos tipos curiosos: todos exigen propina. Yo aprendí eso cuando quien me dejó en el hotel no me regresó cambio y agradeció mi pago. Luego lo seguí aprendiendo, aunque nunca me gustó. Las Vegas es una ciudad extraña y llena de visitantes. Es sorprendente cómo en días entre semana, en un verano muy caluroso, pueden hacer que haya tantos visitantes en un lugar que alguna vez no fue más que arena y cactuses. Es la ciudad que grita “the american way works”. La gente, principalmente gringa va a derrochar, y podría parecer que demuestra que su sistema funciona. Las edificaciones son todas excesivas y despampanantes; el dinero que se despilfarra, tranquilamente podría destinarse a causas humanitarias, o me podría comprar un bonito helicóptero, o alquilarme unos sirvientes de primerísimo nivel. Hay tantas cosas que podría seguir criticando del derroche de la ciudad del pecado, y sin embargo, es una ciudad divertida. Los hoteles van desde un barco pirata, hasta la torre eiffel, los edificios de nueva york, un volcán que eructa, unas fuentes que bailan, las góndolas de Venecia hasta los que no imitan nada y que tienen leones o flamingos en su interior. Las actividades de apuesta van desde presionar repetidas veces un botón para ver si uno obtiene una recompensa, hasta tirar unos dados, o circular unos números en un papel. Los espectáculos incluyen el sexo, la danza, y los tan convencionalmente extraños cirque du soleil. Algunos de esos espectáculos parecen haber estado planeados exclusivamente para provocar la siguiente conversación entre espectadores:
- ¿Viste eso?
- Sí hombre, se fue de baño.
- Quién sabe de cual fume el que lo inventó.
- Ya sé, está loquísimo.
- Sí, pero está bien chido.
En Las Vegas uno gasta dinero en todo, y se divierte en todo.