Monday, June 19, 2006

De viaje II

Bali

En la isla de Bali, que forma parte de Indonesia estuve en dos destinos: una playa paradisiaca, y una jungla intempestiva. En ambos casos tuve la fortuna de estar en hoteles de cuatro estaciones, y yo creo que más estrellas que eso. La atención fue fantástica. Es impresionante cómo a absolutamente todo lo que preguntaba me contestaban "certainly sir"; divertido. Durante mi estancia en Indonesia comprendía varias cosas. Algo que de golpe se me ocurrió es un posible origen del nombre Indonesia: India + Asia. Yo sé, yo sé, en ese caso debería ser Indiasia, o Indonasia cuando menos, pero no puedo evitarlo; esa idea del India + Asia se me vino a la mente. Ello en parte porque observé como los Indonesios tienen los ojos de rayita de alcancía (como muchos de los asiáticos), pero también tienen el colorido de piel de los Indios: ni negro, ni blanco, un café casi exclusivo de los Indios.
La gente de Bali es sumamente amable, tan amable, que en ocasiones dicha amabilidad se convierte en una característica negativa. Uno no siempre quiere servicios, menos cuando va de viaje bodas. En Indonesia descubrimos muchas cosas. Primero aprendí que hay unos mini-catamaranes, y que son muy divertidos de montar; también me di cuenta de que la navegación con vela no es cosa fácil. Más cuerdas de las que yo quisiera tener intervenían en el manejo de la vela. Seguro si me subía a esa cosa sin un conductor especializado, terminaría por abandonar el bote y regresar nadando a la seguridad de la costa. También conocí muchos nuevos tipos de fruta. Pro primera vez conocí el maracuyá (antes sólo lo había probado en helados o postres). También me topé con algunas especies curiosas de cuyo nombre no quiero acordarme. Unas sabrosas, otras no tanto, pero ver las frutas existentes es toda una actividad interesante y que merece la pena. Probarlas no siempre es oportuno, pero hay que hacerlo. Además casi siempre saben bien. En particular recuerdo una fruta rara, roja, redonda, del tamaño de una ciruela, llena de picos/pelos (me pregunto cómo a los ancestros se les ocurrió que eso se come) que después de ser pelada sabía casí igual que una uva verde. Las uvas son más fáciles de comer, y por ello me quedo con las uvas, pero esta fruta fue entretenida. Acabo de ver en una guía que el nombre de esa fruta es Rambutan; ¡bonito nombre! suena a una especie de rey antiguo de oriente. En la guía apuntan que debe quitarse la piel antes de comerse. Dudo que a alguien se le ocurra morder los pelos/espinas de los que ya había hablado, pero ¡bah¡, en este mundo en el que hay libros "for dummies" para todo, no es una observación que sobre. Finalmente quiero dedicar unas líneas a la fruta que fué quizá la más sorprendente de todas: la fruta rey (king fruit me dijeron que se llama). Esta fruta, hay que decirlo de inicio, pués después de verla es lo primero que uno nota huele terrible. Despide una aroma a putrefacción como ningún otro alimento no-caduco que yo conozca (bueno quizá el mole se le acerque [disculpen, no me gusta el mole] pero bueno, el mole no es UN alimento, es como 16 ó 17). El caso es que dicha fruta huele a madres, y muy fuerte; es fácil percibir su hedor estando a unos 3 metros de ella. ¡Vaya forma de la naturaleza de defenderse! La fruta rey (ignoro el nombre verdadero en español) parece una especie de piña, es del mismo tamaño, pero es verde; los picos son más protuberantes y duros que los de la piña (imagínense un mazo de esos de picos de acero de la edad media, o una bola y cadena). Cuando un parte esa coraza de picos, adentro hay lo que parece un plátano, y lejos de saber a lo que huele, pero también lejos de ser la fruta más sabrosa que haya probado, creo recordar que sabía como a alguna combinación de guayaba, con la consistencia de plátano, y creo que un dejo de sabor a manzana. La realidad es que no recuerdo con tanta precisión su sabor (probé muchas cosas ese día), pero digamos que era una fruta buena. Recomiendo hagan un GIS (google image search para los no letrados en las cifras cibernéticas) de la king fruit para que vean la fruta a la que me refiero, y entiendan mi estupefacción al ver semejante cosa. Repito que los ancestros eran muy osados para decidir que eso se comería; o quizá tendrían que tener mucha hambre.
Bueno, dejando a las frutas de lado, en Bali encontré mucho más que frutas. Además de una playa excepcional, con una vegetación selvática cuyo contraste producía escalofríos en la parte lateral izquierda del dorso de quien lo contemple; tuve también oportunidad de conocer diversas actividades a las que se dedican los Balineses: el tallado de madera -algunas piezas dignas de mención que no me voy a dignar describir (dénse por mencionadas)-; la pintura con técnicas elaboradas; la siembra del arroz. Me detengo en esto de la siembra del arroz porque vi algunos campos en donde se planta este cereal que todos consumimos regularmente. Los campos son bellísimos. No estoy seguro si los campos de arroz son bellísimos en general, o el panorama de Bali era lo que catapultaba la escena a ser fantástica. En el camino a Kintamani, donde se encuentra el Lago y Monte Batur vimos unos valles espectaculares con plantaciones de arroz. Me sorprende que Hollywood no haya sacado una película puesta en una escena como esa que vi. Podría ser una de esas con una historia de amor cursi y tormentosa, en la que a alguien siempre le da cáncer u otra enfermedad cruel, y de esas que a pesar de ser una historia cursi, sacan una lágrima subrepticia hasta al más pedante de los intelectuales que claman no tener sentimientos tan ruines como para ser conmividos por las banalidades proyectadas por los huecos cinematógrafos hollywoodenses. La escena era sensacional. Después seguimos subiendo hasta llegar a la cima de una montaña que se encontraba en el pico subsecuente al Monte Batur, un volcán cuya última explosión con lava fue según nos dijeron en 1963. La escena estaba pintada con un cielo azul, algunas nubes tapando por unos minutos el cráter del monte, y a la derecha un lago de agua azul claro que se asemeja a los celestes que utiliza van gogh en su cielo del Campo de trigo con cipreses. El monte, con vegetación verde en muchas partes, y amplias áreas del panorama negras. Con las cenizas y la quemazón causada por la erupción del '63. Todo era genial. Una escena tan apacible hasta que de pronto fui atacado por vendedores ambulantes que a huevo querían que les comprara algo, no importa que fuera. Terminaron por venderme un tablero de ajedrez de madera y grande, a un precio que yo creía imposible -pagué dos dólares por este tablero- pensé (muy idiotamente) por unos instantes y me felicitaba por mi gran compra. Pasados unos momentos fui atacado por una manada de más vendedores que vieron que ya había comprado, y que tomaron mi primera compra como un claro indicador de que gastaría mi dinero con derroche y por doquier. Asediado, corrí a refugiarme dentro del carro para regresar. Ya dentro del carro, observando despacio mi tablero de ajedrez, y ahora notando que no estaba muy bien labrado, realicé el engaño en que había caído. El vendedor comenzó ofreciéndome el objeto en dólares de los Estados Unidos. Tú-dola, tú-dola (dos dólares, dos dólares) -me decía y llamó mi atención. En un giro tarantineano, el vendedor procedió a ofrecerme después el producto en rupias (qué bonito nombre para la moneda local). Ahora me lo ofrecía en 200,000 rupias. El caso fue, que con tanto cero, y como en México eso de los ceros lo perdimos desde el '93, yo ya estaba muy poco atento a ello. El precio de dos dólares me parecía justo (injusto en realidad, muy barato, pero digamos que lo pagaría). Sin pensarlo mucho pagué los 200,000 rupias, todavía pensando en el orden de los dos dólares, para descubrir más tarde mientras me llevaban a mirar el hielo de un refresco que las 200,000 rupias se ajustaban más bien a los 20 dólares, y volvía a ver que mi tablero de ajedrez no era tan bonito como lo vi al pensar que pagué dos dólares, y lo volvía a ver y me daba cuenta que el hecho de que fuera grande hacía que fuera incómodo para continuar mi viaje, y todo eso me entristecía. Secretamente me dije pendejo, y quize regresar a patear el trasero (y los huevos) del vendedor mañoso que jugó con los ceros en mi contra. No pude más que pensar que me jugaron con maña, y que como mexicano debería estar acostumbrado a eso. Me sentí turista idiota, lo fui. Me entristecí por unos instantes, pero, otro mirador en el camino desde donde se veía muy bien el volcán, y donde había unas pierdas calcinadas por la lava me reanimaron al instante. Sólo era dinero- pensé mientras volvía a ver aquella escena encantadora, digna de ser inmortalizada en un poema que no me salió pues acababa de ser timado con un tablero de ajedrez, y con un truco muy simple, pero muy ruin. A los turistas nos agarran en curva, observando y disfrutando de otras cosas los malditos vendedores... y yo, que siempre he sido débil en la compra de objetos inútiles fui la víctima perfecta. Me caga pensar que me vencieron como lo habrían hecho con un gringo viejo, pendejo, y despreocupado por su dinero. En fin, nadie me quita el recuerdo de aquella vista, y los veinte dólares bien valen ese recuerdo.
Ya en el regreso al hotel visitamos la cueva del elefante, que tenía una entrada de piedra trabajada en el siglo XII o algo así, y que era una cara de un individuo bastante extraño y hasta espeluznante. También pasamos por más campos de arroz -no tan espectaculares como aquellos en el valle- y esporádicamente se veían algunos campesinos trabajando los campos. Vestían ropas sencillas, y traían invariablemente su sombrero cónico que resultaba tan pintoresco. Ya casi para terminar vi a un campesino que alegremente y sin pudor desalojaba su orina en los plantíos a la orilla de la carretera. No pude evitar pensar en que algún otro campesino también orinó en las etapas prematuras del arroz que comí ese mediodía, y pensé que, otra vez me chingó un balinés. !Malditos sean! pero tienen una isla preciosa.


Bangkok

Bangkok, la ciudad del desmadre, la ciudad preciosa, la ciudad del oro. El nombre oficial de Bangkok tiene más de 150 letras, y no me atrevo a publicarlo por aquí. Es una ciudad donde el budismo predomina, y donde hay 10 millones de personas. Pensé que sería perspicaz de mi parte comenzar con algunos datos que demostraran mi cultura general, pero ahora que los escribo descubro que no estoy poniendo más que lo que le dicen a todo turista que llega a esta ciudad. Sigo, en Tailandia hay un rey que hace unas semanas cumplió su 60 aniversario de haber ascendido al trono. Impacta ver cómo quiere el pueblo a su rey. Parecería que era una actitud olvidada desde la Revolución Francesa.
En Bankok hay muchos templos budistas en los que abundan el oro y las piedras preciosas como el rubí y el zafiro. Todos los que vi eran bellos y majestuosos. Fui al palacio real, y creo haber visto la mayor cantidad de oro en edificios que conozco. Los edificios, con el garigoleo que es casi la firma de oriente lucían en todo su esplendor, pues nos tocó un día soleado con un cielo azul tan claro y unas nubes tan blancas que salieron tan bien en mis fotografías que con tanto empeño tomé. Aprovechando que tengo una cámara flamante, con funciones manuales que permiten manipular las tomas me di el lujo de tomar muchísimas fotografías para el recuerdo. Haciendo gala de las hablididades adquiridas el día anterior leyendo una revista de fotografía, comencé a tomar fotos moviendo a la función de apertura, y prescindiendo de la tradicional función automática de la cámara que sólo es para los principiantes o el fotógrafo casual, el de ocasión. Yo no. Yo movía las funciones para manejar diferentes profundidades de campo y puntos de enfoque. Todo ello, olvidando que en la función manual también debes mover el ISO de las cámaras. Yo por bruto lo tenía en un ISO muy alto, y ahora por experto, mis fotos no van a salir con la calidad de National Geographic que yo esperaba. Habrían salido mejor con la función automática. Lección aprendida.
En los templos, lo más definitivamente importante que vi fue a mí. Es correcto, una estatua de un Buda gigante. No sé cómo explicar las proporciones en metros, ni en volúmen, pero digamos que tamaño dinosaurio. Un buda de oro, de oro puro, tamaño dinosaurio. Fue una escena maravillosa si recuerdan que desde hace ya tiempo me llaman buda. Nunca teniendo claro el origen de mi apodo, todo cayó en su lugar cuando vi aquella estatua.
En Bangkok me hospedé en un hotel espectacular; el Península tiene una comida sin igual. Absolutamente todo lo que he probado ha sido un completo manjar. No comprendo cómo pueden hacer que hasta una maldita hamburguesa que pido a la mitad de la noche tenga un sabor especial, pero así es. El Península está enclavado junto al río de Bangkok cuyo nombre sé, pero omito por ser tan complicado de pronunciar(el idioma tailandés es muy extraño). El hotel es perfecto, y el río de Bangkok tiene un color que jamás había visto en un río- pensándolo bien, sí había visto un río con ese color, el Santa Catarina cuando el Gilberto. Más o menos el color de un ABC una vez que este ha sido revuelto. Como yo llegué de noche al hotel, no me di cuenta de ese terrible aspecto del río sino hasta al día siguiente, y en la noche, se veía majestuoso: el río al pie del hotel, los edificios iluminados al fondo... una escena muy bella. El mal aspecto del río no es tan grave, en cambio, el mismo río en sus orillas desprende un leve aroma a guayaba y otras frutas (todas ellas podridas); eso es lo más grave.
Cerca de Bangkok fui al mercado flotante. Un lugar famoso y pintoresco. Nada más. No encontré nada que no se consiguiera en la ciudad, pero si tomé un par de fotografías que me gustaron (esta vez si aseguré lo del ISO, y además me protegí con un par en modo automático).
Bangkok es una ciudad entretenida y con desmadre. Un claro ejemplo de que el orden no es siempre benéfico es la clara falta de semáforos que hay en la ciudad. Resultó toda una aventura observar como son creativos los conductores y se pasan cuando pueden entre las calles, dan vueltas en U en donde se les antoja... el caos es divertido -pensé abordo de un tuk tuk (unas motocicletitas/taxi de tres llantas que hay en la ciudad y que recuerdan un poco a las "pulmonías" que uno toma en Mazatlán. Abordo de un tuk tuk fui a ver peleas de muay thai y presencié una verdadera demostración de aguante, ningún peleador fue noqueado a pesar de los golpanazos que se daban. Luego, bajo una intensa lluvia me trasladé al mercado de noche (una pulga gigante y nocturna para satisfacer el deseo compulsivo de comprar) que, debido a las inundaciones estaba intransitable. Mojado, cansado, y ante las continuas exitativas de mi pareja de que consiquiera un taxi (y no un tuk tuk, pues ya antes nos había mojado un carro con el despliegue de agua que arrojan al pasar por un charco) a "como dé lugar" me acerqué a un taxi que acababa de rechazar a otros individuos y me subí. Al abordarlo, de inicio me dio a entender que no cobraría su razonable tarifa acostumbrada que se mide con un aparatito científico con la pregunta "¿jao moch yu pei?". Después de negociar la tarifa, acordamos un precio en casi 6 veces lo que decía su hoja de kilometraje que yo debería pagar. Como el taxi no era caro en Bangkok, y ante el diluvio que caía (y que el taxista no dejaba de remarcar en la negociada del precio -is reining, is reining) terminé por aceptar, y regresé al santuario del hotel. En el camino de regreso, y molesto por el sobreprecio, modifiqué mi original pensamiento sobre lo bello del desorden, y deseaba que todo fuera ordenado.

Friday, June 16, 2006

De viaje I

Aquí recopilaré algunas de las experiencias de mi viaje de bodas:

Cabo San Lucas
Los Cabos es un lugar repinche, un desierto, un lugar al que nadie jamás iría, si no es porque tiene un mar color azul fuerte. Alguien dijo que eso debería ser más bonito que el verde/café del resto de los océanos sucios del mundo. El caso es que uno al verlo, sí siente que es más bonito. El problema es que el lugar es caro como ningún otro. Te cobran todo lo que pueden. Te atienden muy bien, pero te cobran el muy, y el bien. El arco ese famoso es interesante, una formación rocosa anormal. Claro, es bello ir a verlo al atardecer en un barco. Lo malo es que a uno no le avisan que ese barco iría lleno de gabachos, cuyo objetivo primordial es embrutecerse con tequila rascuacho y corouna güit laim. La tripulación del barco -todos mexicanos- habla en inglés, y trata de alentar al público con frases estúpidas. Tratan de hacer que repitamos pendejadas... obviamente yo me entristezco de haberme subido a "La Sirena" y no haber tomado uno de los pequeños botecillos que me ofrecían los verdaderos mexicanos. El tur en barco termina por ser un rodeo fatal. Nos llevan por dos horas para sólo pararnos unos 10 minutos frente a las rocas impresionantes. Al final, lo importante es que nos llevan a ver el mentado arco; que vimos algunos leones marinos (que más bien parecen focas) que hacían unos ruidos curiosos, -estuve a punto de entender lo que nos querían decir, pero justo cuando iba a descifrarlo, los miembros de la tripulación comenzaron a "imitar" los sonidos de los leones con gritos que más bien parecían gemidos de godzila- y que logré ignorar el mal ambiente, y pues ese acro, esa vista, ese atardecer en la punta de la península, pues resultó maravillosa. Además iba bien acompañado.
En Los Cabos, como en todas las playas mexicanas, se comen unos mariscos deliciosos, aunque allí son más caros...

Singapur
En realidad no esperaba mucho de este país, ciudad, o ... lo que sea. Yo sabía que era uno de los "tigres asiáticos", que había logrado salir de ser un país en vías de desarrollo -¿por qué demonios les dicen en vías de desarrollo? A la mierda con los eufemismos, que digan país jodido- y que había edificios modernos. El destino a Singapur, fue más bien por azar, por capricho aeronáutico. Resultaba que como en ese país hay un aeropuerto grande, y yo iba a utilizar la aerolínea de Singapur, era realmente barato quedarme unos días en Singapur. Pensé que sería un desperdicio pasar tantas veces por su aeropuerto para conectar los vuelos sin conocer qué demonios había ahí dentro. Finalmente, decidí parar un par de días a ver de qué se trataba. Es un país/ciudad superbo. En todos los lugares a los que me trasladé había una vegetación impactante. Impresionante por lo exhuberante, y por lo bien cuidada. Una ciudad de 4 millones de habitantes que no parecen ser de la misma estirpe que el resto de nosotros: no tiran basura. Además, a juzgar por los jardines, y la flora que es tan abudante, seguramente la mitad de los habitantes son jardineros, nada se explica de otra forma. Desde el aeropuerto, que tiene arreglos florales más bien parecidos que los que uno encuentra en las cenas de gala de los presidentes de occidente, hasta las calles, que todas están bordeadas de palmas y árboles separados unos de otros todos exactamente a la misma distancia. Y luego, las orquídeas. Este país es el paraíso de las orquídeas. Las hay en la calle, en los hoteles, en los restaurantes, en casi todos los edificios. Dejando de lado que pienso que las orquídeas son la flor más enigmática y bella, uno no puede dejar de verlas en Singapur, aún a pesar de no ser fanático de las flores. Y si creemos que las flores son poemas, entonces Singapur es una ciudad poétiquísima. Luego están los jardínes botánicos, que tienen el Parque Nacional de las Orquídeas, lo que ahí vi no tiene explicación ni forma de describirse, tantas orquídeas, tantos tipos tan distintos, colores, texturas, formas... que uno tendría que asistir para comprender. Era tal la abundancia que en cierto punto llegué a pensar que esa abundancia hacía que las orquídeas perdieran su valor de ser únicas. Rapidísimo me convencí de que no es así. El parque es maravilloso.
Eso sólo por hablar de su vegetación. También están los edificios, y los templos budistas, que sin ser imponentes, son pintorescos y agradables. Además está un gran centro comercial -el más grande que he visto- en el cual se pasea una cantidad incontable de visitantes. Parece que la actividad nacional del singaporeño es pasearse en el mol. Adicionalmente, están los pequeños barrios, el barrio chino, y la pequeña India. En el barrio chino uno encuentra lo que en todos los barrios chinos; casas con garigoleos y chácharas a la venta. No me detuve mucho en ello. En la pequeña India sí hice una parada. Pensé que era obligada, pues pasaría mucho tiempo para que yo pueda volver a Asia, y quizá nunca vaya a concer la India. Entonces paseé por el barrio para encontrar a mucha gente de la raza India. Fuimos al mercado para oler cosas insospechadas, caminar entre corredores de mariscos, ser atacados con una cabeza gigante de pescado, para luego descubrir que no era a mí a quien se la arrojaban, sino a un contenedor que estaba casualmente a mi lado, y estaba lleno de cabezas. Luego decidí comer la comida. Una experiencia inolvidable... los sabores de las especies, tan distintos, tan únicos, tan fuertes. Algunos platillos fueron reprobados al instante. Otros daban un sabor curioso, casi agradable. La maldita comida causó estragos en mi estómago, y lo peor, la estuve recordando durante todo el día en mis emanaciones naturales de gas por ambos extremos. Una buena experiencia. Jamás vuelvo a comer comida india. Luego el detalle de que los indios comen con la mano, que a mí me parecía divertido y diferente, pero a mi mujer le dio un poco de asco, pues "no agarraba pedacitos; se comía puñados de arroz, y se manchaba toda de salsa".
Al final del día, Singapur fue un país en demasía interesante, una cultura a la que el mundo debería de aprender su armonía y su paz. En la calle no se veían problemas, ni había policías, las diferentes etnias que conformaron al país viven sin molestarse ni pelearse. Singapur, es un país excepcional y digno de ser visitado a propósito. Agradezco el troglodismo de las aerolíneas que me hiciero pasar por ahí para llegar a otros destinos.