Recordar a México como mi patria siempre me revuelve el estómago. Primero porque la comida en su afán de ser lo más tradicional, siempre va llena de salsa, con frijoles agrios, muchísimo aceite y va acompañada de alcohol. Y segundo porque mientras he ido creciendo, los actores políticos actuales se han ido encargando de alimentar la sospecha -por demás infundada, pero uno nunca deja de confiar en el instinto- de que México es lugar de patanes. En esta ocasión me tocó celebrar las fiestas patrias en París. Con más deseo de encontrar amigos mexicanos que residieran acá, que con ganas de alabar a Morelos acudí a una fiesta organizada (sic des-) por la embajada y una asociación llamada México-París. La fiesta tuvo lugar en un sitio de nombre italiano. Quizá la semejanza de los lábaros patrios incentivó su uso, o quizá el dueño de ese lugar es amigo del embajador, y fue contratado para recibir a los mexicanos en todo su folklore. El lugar estaba convenientemente situado afuera de París, donde de ida llegaba el tren urbano y era de fácil acceso, pero desde donde el regreso resultó un problema un tanto desagradable. Debo reconocer que hubo momentos en los que fue pintoresco ver cómo los civilizados ciudadanos mexicanos se disputaban -dignos de las mejores películas de duelistas- con gallardía y una violencia educada, el honor de tomar el siguiente taxi. La mayor parte del tiempo de espera para encontrar la forma de regresar no fue divertida. Al pedir taxis por teléfono, nos aseguraban que los coches no llegaban hasta allá; los que pasaban eran insuficientes para regresar a las hordadas de mexicanos que se abalanzaban sobre ellos; y algunos taxistas al ver que los futuros clientes habían bebido más de una copa, se retiraban sin subir pasaje. El tren urbano reabriría a las 5:30 de la mañana, lo que sería ideal para los individuos que habían acogido la banqueta como su cama -seguramente el sol les despertaría a esa hora con un punzante dolor de cabeza-; pero era bastante tarde para mí, que desde las 12:40 me quería retirar. Más de tres horas de búsqueda de taxis, intercaladas con una hamburguesa de McDonald's -la cual compramos haciendo fila a pie entre los autos (la sección convencional del restaurante estaba cerrada) fumando un poco de humo móflico-, y caminatas por diversas calles para buscar taxis fueron el ambiente que selló la noche y que nos hizo dormir con la idea de que la fiesta fue un fiasco. En nuestra espera por una forma de regresar a París conocimos gente que nos comentó que se perdieron el grito, pues a pesar de que tenían boleto pagado en preventa, los guardias les decían que estaba lleno el lugar, y que negociarían si era posible dejar entrar a unas cien personas más. Al menos nosotros llegamos temprano y disfrutamos de la magnífica fiesta.
En la fiesta había dos salones grandes, uno era un escenario tipo Palenque en el que el ex-cel-en-tí-si-mo embajador de México en Francia presidió la ceremonia del grito. El otro era un salón tipo bodega de granja en el que había comida mexicana mediocre, y vendían cerveza y tequila El Amo. El dueño de la destilería era al parecer otro amigo del embajador, y fue visto en la fiesta con un gaffete que decía "patrocinador". Entre música de Maná y cientos de chilangos adolescentes que bebieron muchísimo hice una larga fila para comer unos taquitos que resultaron caros, insuficientes, pero no tan malos. Tomé un par de Negras Modelos antes de regresar al "palenque" para escuchar el grito. Ahí cantaba un mariachi -que he de reconocer fue lo que tuvo la mejor calidad en toda la fiesta- coreado por muchísimos mexicanos contentos de haber reencontrado a su patria, y también de haber conseguido alcohol. Nuestros corteses modales fueron desplegados por doquier por individuos que saltaban vallas para posicionarse junto al mariachi, fumaban en lugares en los que se prohibía, y entonában -como los llama Alex Lora- cánticos europeos de "culero, culero" al maestro de ceremonias que pedía orden y respeto a las reglas. Después del grito una cantante que parece haberse llamado Calixta dio un espectáculo tan malo que no tengo recuerdo de algo peor. Su vestido parecían dos bolsas negras de basura rasgadas para que aparentaran tener estilo, su voz en ningún momento nos engañó como cantada en vivo -luego sería irrefutablemente confirmado el efecto "playback" por un rayón de disco- y su intento de baile sensual mostró a los pocos franceses que se hallaban presentes que en México también existe la conducta sexual.
La ceremonia del grito estuvo por demás llena de clichés, pero al menos fue emotiva. El embajador apareció en escena bien vestido de traje oscuro, con corbata verde nacional, y un cabello blanco muy bien acomodado hacia atrás con pegamento. Recibió con elegancia la bandera nacional y la ondeó con torpeza por un tiempo que pareció más largo de lo normal. Exhaltó a los héroes patrios con esa voz tan ensayada por la clase política en la que para sonar enérgico uno da un tono semi-aguardentoso, y la concurrencia estalló en júbilo cuando al terminar repitió por tercera vez "Viiiva Méeexico". La esposa, o acompañante del embajador se comportó a la altura del cliché, y sin afán de protagonismo, con ojeras saltadas demostró su impasividad, sin poder esconder su tedio.
Al final de la noche me retiré afirmando que la fiesta fue un desastre. Algunas ventajas fueron que ahí encontré a un par de amigos que tenía tiempo de no ver e intercambié números de teléfono para continuar el contacto en París. México tan lleno de idiotas fue bien representado en la fiesta. Pero también dos o tres buenas personas me recordaron lo que sí me gusta de mi país, y como cada 15 de septiembre me recordaron el poema de Pacheco de "Alta Traición". Yo también me considero traidor porque no amo a mi patria, sin emargo reconozco que en México hay más de una cosa que celebrar.
Saturday, September 16, 2006
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