Tuesday, October 31, 2006

Paris II

Han pasado ya dos meses desde que llegué a París y ya hay varias cosas que me aterrorizan. Acá, estoy convencido, el tiempo corre a otra velocidad, que además no es uniforme. Por una parte, parece que apenas acabo de llegar y me doy cuenta que ya tengo más de 60 días, y por otra, la cicatriz que me hice en la frente justo a mi llegada sigue pareciendo como si me acabara de abrir. Sigo convencido de que París es la ciudad con el más alto índice percápita de dementes. Esto lo corroboré con el método científico de caminar en las calles con los ojos abiertos. Podría parecer que me la paso en los rincones más inusitados de la ciudad precisamente buscando personas extrañas para documentarlas en estas crónicas. Nada más falso. Acaso será que entre el submundo de los dementes se ha corrido la voz de que describo en estas páginas a los anormales que me topo en París, y ellos, deseando ser inmortalizados por mi pluma, se presentan frente a mí haciendo una barbaridad, fingiendo que se trata de algo cotidiano para ellos. Si es el caso de esto último, sigo convencido que los más originales actores que se me han presentado, merecen de cualquier forma una descripción.
El metro de París hay que admirarlo por varias razones. La primera es que es un transporte masivo sumamente efectivo. Hay paradas prácticamente en todos lados, y uno se puede desplazar con mucha facilidad por la ciudad. Otra de sus ventajas es que en sus túneles (que en estaciones parecen las alcantarillas de alcatraz por su dificultad para navegar y su longitud) se agrupa una buena cantidad de gente extraña. Me ha tocado ver a una persona que -ignorando toda directriz de la moda- traía un calzón como gorro. Ahora, hay que aclarar algo. No piensen que soy insensible, y que se trataba de alguien que moría de frío y no tenía otra cosa que ponerse en la cabeza. Era un día sumamente agradable y de calor. Igualmente en el metro, en una estación me tocó ver como al pararse el vagón y abrirse las puertas, salió un tipo corriendo a toda velocidad que estampó su corpulencia contra el vidrio de una máquina de dulces. Dijo "merde", y se regresó corriendo hacia el vagón antes de que las puertas se le cerraran. No entendí cual era su propósito, quizá romper la máquina y llevarse una golosina como premio. Yo le habría otorgado una monedita con tal de que me evitara el susto, pues por unos momentos pensé que la embestida venía dirigida hacia mí, que estaba a un lado de la máquina. Sin embargo la persona más curiosa del mes no la vi en el metro. Era un tipo de rostro divertido, con una barba descuidada y el cabello ceboso. Llevaba una botella en la mano, iba cantando, y jugaba a un juego que quizá sea uno de los más divertidos que he visto. Con unas botas desvencijadas, que cualquier militar podría haber envidiado cuando eran nuevas, corría sobre un angosto barandal metálico en un plano inclinado justo a las orillas del Sena. Su juego consistía en balancearse sobre el metal mientras que avanzaba hacia arriba cada vez más rápido. ¿Quién no hizo ese juego de niño? Este individuo, consciente de que había crecido, aumentaba la difucultad del juego dando tragos a su botella que seguro le hacían perder gradualmente el equilibrio. La alegría que reflejaba su cara cuando llegaba a la orilla del barandal me aseguraba que era un juego genial. Algún día lo tendré que intentar. Ignoro si el ir cantando era parte obligatoria del juego, pero en él, todo el conjunto se veía muy especial.
Otras cosas que he disfrutado de la ciudad son sus espectáculos artísticos. Aún no me aventuro a conocer la ópera. La pura palabra me escandaliza y me hace pensar en gente vesitida como si fuera el novio en una boda. Me horroriza pensar que tendría que pagar e ir vestido de etiqueta para ver una obra. Algún día tendré que acudir, y algo me dice que ya no tengo que ponerme el frac, pero aún no me animo. Lo que sí he visitado es un espectáculo de mucho mejor gusto al que uno puede ir vestido de forma más casual. Se llama "Crazy Horse". El espectáculo incluye a unas bailarimas sumamente capaces, que además no tienen recato en mostrar su talento ante el público. El teatro es un lugar bastante acogedor, donde cabrán quizá unas 70 o 100 personas y entonces el escenario está cerca de los asientos. En la pista, las mujeres se mueven de una manera tan grácil, que un mexicano cualquiera casi podría ignorar el hecho de que están desnudas. He de aclarar que en Francia se distingue muy claramente entre el erotismo y la pornografía, y este espectáculo, aunque con sus muestras de desnudez jamás se trató de pornografía. Por fortuna, Ana coincidió con mi análisis de que se trataba de una obra de arte. El amigo que me acompañó no gozó de la misma suerte, pues su esposa estuvo muy molesta durante todo el espectáculo por la "innecesaria pornografía de mal gusto deslegada por doquier". Estoy en desacuerdo con tan desatinada clasificación. Yo salí muy contento de considerarme "de cultura francesa", pues mi mentalidad mexicana no me traicionó durante el espectáculo artístico que disfruté. Bueno, quizá lo haya hecho por unos instantes, pero el apretón de mano que me daba mi esposa cada que una bailarina linda aparecía en escena, sacudía la tentación por completo. En el crazy horse las coreografías, y los bailes estaban muy bien puestos en escena, hacían juegos con las luces, y los elementos del escenario (también los de las bailarinas). Uno de los números que quizá más llamó mi atención fue uno en el que sólo una bailarina estaba en escena, y sólo sus caderas y sus piernas eran el show. De la cintura hacia arriba, estaba cubierta por un triplay negro, y en escena no había más que unas nalgas y unas piernas que se movían con sensualidad. Sus manos acariciaban su parte inferior del cuerpo con mucha gracia. El baile, con un jazzecito coqueto y movimientos semilentos fue toda una delicia. Al final del número la mano de la bailarina apretó con fuerza su cachete izquierdo. Se apagan las luces... -Guaaaauuu - escuché una exclamación (que seguro venía de un gringo) que aprobaba el final inesperado. En conclusión, el crazy horse es una joya artística de París que hay que conocer.
En cuanto a los espectáculos, pues finalmente visitamos el Nouveau Theatre Mouffetard, que ahora mismo veo desde mi ventana, y cuya entrada está a unos 16 pasos de mi departamento. Fue una experiencia agradable, en la que vimos "Le Moliere Imaginaire" donde sólo había dos actores en escena. Debo aclarar que eran buenos actores. No hubo cambio de escenario en toda la hora y media que duró la obra, y hacía calor. También hace poco fuimos al cine a ver una película animada que se llama Azur et Asmar, de Michel Ocelot. Quizá la mejor película animada que he visto en los últimos diez años. Tiene unos dibujos tan coloridos y vivos que sólo puedo describir como la cola de un pavo real. Aún así, la descripción queda corta.
He descubierto que en París la gente sí acude a los museos. Traté de entrar a una exposición fotográfica de Robert Doisneau, sólo para encontrar que la fila daba vueltas por varias cuadras. Abrieron un museo nuevo cerca de la torre Eiffel que tiene el mismo inconveniente.
Las noches ordinarias en París igual son divertidas. Hemos ido a algunos bares, discotecas o restaurantes. Una experiencia elegante que tuvimos fue en un lugar llamado "Dans le noir". El concepto es que uno entra a un cuarto donde no ve absolutamente nada. Pasaba mi mano a un centímetro de mis ojos y no la percibía. La mesera que nos encaminó hasta nuestra mesa era ciega, y los platillos que nos traía eran sorpresa. Al principio cuando me senté comencé a sentir claustrofobia, pero a los pocos minutos comencé a sentirme bien, protegido por la sombra de la oscuridad total. Íbamos dos hombres y cuatro mujeres, y hacía calor. Yo me quité mi camisa, y nadie se daba cuenta. La idea nos pareció buena a todos, y comimos sin camisa. La penumbra nos protegía, e incluso yo me paré para hacer un "moon" al restaurant. Comimos con las manos y aventamos algunas cosas a la cabeza de la persona de al lado. A pesar de que la comida no era tan buena, pasamos un buen rato, y sentimos lo difícil que debe ser la vida para los ciegos. Antes de salir, nos volvimos a convertir en personas tímidas y nos arropamos. Ya al día siguiente supimos que por seguridad graban con una cámara de visión nocturna. Me sonrrojé, y luego me divertí imaginando las cosas que no han de ver en esos videos. Espero que no estén disponibles en internet. Juramos regresar al restaurant armados de cacahuates y bonbones para arrojar al azar, sabiendo que nadie sabría quien fue. También hemos acudido a centros más normales en los que venden bebidas que si uno repite con cierta insistencia, al día siguiente se sentirá muy inteligente: con el cerebro grandísimo que no cabe en el cráneo.
Las experiencias en París han sido hasta ahora divertidas e interesantes. Sin embargo también hace unos días escuchamos en las noticias que algunas personas quemaron unos camiones en las afueras de la ciudad. Desgraciadamente, he visto que sí hay una especie de discriminación hacia las personas de medio oriente. París como toda ciudad grande, tiene sus grandes problemas.
Hoy llegó el frío. Parece que viene para quedarse. Las hojas de los árboles comienzan ya a caerse y algunas apenas cambian de color. Los paisajes urbanos, entre edificios bien hechos, se visten mejor con las hojas rojizas, las amarillas, las todavía verdes y también las invisibles.

Sunday, October 08, 2006

Paris I

Paris me abrió de un portazo que sonó a signo de exclamación que se me quedará por siempre grabado justo en el centro de la memoria. Ya Hemingway dijo algo así como que quien tuvo el privilegio de vivir en Paris de joven, siempre será acompañado por Paris, pues Paris es una fiesta en movimiento. También Humphrey Bogart dijo que siempre tendremos Paris. Yo aseguré ya de por vida mantener la cicatriz del recuerdo de este año que apenas un mes lleva y que se apresta para tener ocasiones memorables. Estoy convencido que hay que buscar hacer cosas que podamos recordar, pues el sólo recuerdo es un santuario que nos cuenta historias ante los problemas mundanos.
Los primeros días en Paris me han mostrado un clima agradable, mucho menos caliente que mi natal Monterrey. He tenido diversas experiencias interesantes visitando los lugares culturales de la ciudad, he bebido buen café. No entiendo por qué demonios en Europa hay mejor café –y mejor chocolate, agregaría mi esposa- si son productos de América. La vida parisina en los cafés, los bistrós, y las calles transitadas resulta agradable a la vista, y perfecta para los recuerdos. Las caminatas largas por calles estrechas con gente de todas culturas, las bellísimas construcciones que figuran por toda la ciudad y el terrible hedor de algunos franceses que se rehúsan a la ducha periódica, son experiencias de todos los días. Hay tantas cosas tan hermosas que recordar de Paris para el futuro, que en el presente no me extraña que en el cine y en la literatura Paris sea el lugar romántico de la felicidad y de la nostalgia.
Como todos los lugares entrañables, Paris presenta un montón de singularidades. Ellas son, en su mayoría absurdas o surreales, pero hermosas. Desde hace un mes, he encontrado una cantidad considerable de locos que deambulan por la ciudad. Personas que hablan solas, que reprehenden a su perro –que nadie más parece ver-, que orinan en medio de la calle a plena luz del día, que gritan “conneries” por doquier, que se bañan en la fría noche en las fuentes públicas… Uno de los personajes más singulares con que me he topado es una ancianita que vive en un cuarto piso en el Boulevard St. Germain. Ella constantemente está mirando hacia abajo por su ventana y se molesta porque alguien –siempre hay alguien- se estaciona frente a su edificio. Al parecer ella encuentra en eso una práctica de mal gusto, y a pesar de que se trata oficialmente de una acera estacionable, ella se molesta y reprehende a quienes lo hacen. En una ocasión, para mostrar su descontento, vació hacia la calle una cubeta de orina. Como la doncella mexicana que aún no ha perdonado, y reprueba a su galán cuando éste le lleva serenata. En México, sin embargo, comúnmente la mujer hace su gesto con una cubeta llena de la –mucho- más sutil agua de la llave, a veces cuando el odio es suficiente, esta estaría fría. Lo preocupante de la ancianita de St. Germain es que no intelijo, cómo habrá recolectado la orina. Supongo que poco a poco, fue llenando con sus micciones e imagino que a ella misma le habrá molestado el olor de la cubeta en su cuarto mientras conseguía la cantidad conducente para vaciar a los intrusos.
Otra particularidad de Paris son los clochards. Todas las ciudades tienen gente pobre, y gente que desgraciadamente vive en la calles; por muchas razones que poco tienen que ver con la voluntad de superarse de los marginados. En Francia sin embargo, la cultura del clochard es un poco más complicada, y hace que no podamos traducir con precisión y afirmar que se trata de un vagabundo. El clochard es alguien que vive de la bondad de los transeúntes, y de la bondad de la seguridad social francesa. Muchos gastan el dinero que consiguen en comidas baratas y en alcohol. He tenido 112 ejemplos –los he contado- hasta hoy para responder a mi esposa cuando me pregunta ¿qué es un clochard? Algunos tienen barba con cebo, otros están rapados de la cabeza, muchos presentan cicatrices que la ciudad también les ha dejado en el rostro, algunos hasta llevan celular de MP3 con audífonos y “manos libres” y otros han formado una alianza secreta con las aves de la ciudad y comparten su pan con ellas. Siempre que los veo me acuerdo lo afortunado que soy de tener un departamento pequeño cerca de la Place Monge en el cual dormir todas las noches.
Paris me ha hecho descubrir que México no es el absoluto campeón indiscutible en burocracia. Ese es un rubro que, sin tener que visitar el resto del mundo, estoy seguro en que el oro corresponde a los franceses. He visitado una docena de lugares para realizar trámites administrativos que se repiten y se repiten. Además, caso distinto al mexicano, a los franceses les encanta su servicio postal. En el banco que se encuentra a menos de doscientos metros de distancia de mi apartamento, y a quizá dos segundos en llamada telefónica o correo electrónico, constantemente me envían comunicaciones por correo postal. Baste decir que llevo ya más de tres semanas sin poder abrir una cuenta, pues me enviaron una carta con acuse de recibo, que firmé ya dos veces para confirmar que efectivamente vivo donde mis documentos lo dicen. El jueves pasado, cuando estaba ya listo para cancelar mi trámite de apertura de cuenta, me comunicaron que justo acaban de recibir el acuse. -Genial- contesté –entonces ya pueden darme mi tarjeta y abrir mi cuenta. –No- respondió sin vergüenza alguna la empleada del banco, además con cara de que era obvio y lógico lo que me iba a decir, casi molesta por mi ingenua pregunta. -Hace falta que pase una semana para que se le dé el trámite administrativo interno de banco a tu expediente… Igualmente he constatado que en la Facultad de Derecho no hay una biblioteca, sino muchas. Todas ellas convenientemente escondidas en los rincones de más difícil acceso del edificio para impulsar la actitud de investigación en el estudiante. Además, cada biblioteca tiene su propia copiadora, para la cual hay que obtener una tarjeta diferente para el pago de las copias. Como los ejemplos anteriores podría nombrar muchos más que hacen a Francia merecedores del laurel más alto en el deporte del tramiterío. ¡Qué pena México, no siempre se puede salir en primero!
Además en Paris están los parisinos. Los parisinos que no conocen el concepto de servicio, que se molestan ante el extranjero que no domina a la perfección su lenguaje… Claro, tienen su fama internacional bien ganada, pero he de decir que no es la mayoría. Por lo general la gente es agradable y servicial. Por otra parte, también la gente es por lo general muy independiente, y muy poco interesada en las cosas ajenas. Son tolerantes. Seguido pasan cosas locas, de repente un loco que arremete verbalmente a otra persona sin razón aparente, y nadie hace por detenerle. Los invidentes tienen una vida activa, y se les ve caminando solos por las calles, tomando el metro o el camión. Nunca alguien se les acerca para ayudarles a cruzar la calle, ellos lo hacen con pericia por sí solos.
En el tema de la comida, hay algo digno de mencionar. Esos kebab, que vienen de Turquía son una delicia. Sobre todo porque es lo más cercano a los tacos al pastor que se consigue por acá. Los vinos son sencillamente espectaculares. Aunque no tengo el presupuesto para lo verdaderamente espectacular, lo espectacular reside en que por el equivalente a cuarenta pesos, uno puede conseguir un vino muy sabroso. Además hay las distintas regiones que uno puede ir paladeando, sin tener que pagar más por ello. Claro que quien pague ese extra, de seguro encontrará todavía mejor vino. Yo me conformo, y me quedo muy contento con los vinos de 40 pesos. Finalmente, los quesos. En Francia hay quesos de todo tipo, y resulta muy sabroso probar los diferentes sabores. Una vez, casi llegando a Francia, en una de las primeras idas al supermercado me topé con un tipo de queso con un nombre titánico. Jamás me había preguntado si esa palabra significaba algo, y lo asumía como un nombre surreal de una novela cuyos personajes así eran y que vivían en Paris. Si pensarlo ni un instante compré el queso Rocamadour, que siendo objetivos, no es el mejor que he probado, es de sabor fuerte y consistencia similar al Camembert. Ese queso, lo tenía que comprar, y ahora sé que significa esa palabra.
Como conclusión, en Paris hay experiencias buenas y malas que se viven por doquier, pero lo que caracteriza a la ciudad son sus singularidades que al ser puestas en la balanza, hasta la fecha presentan un superávit considerable y hacen de la ciudad una delicia. Por supuesto, todas las experiencias surreales, están consideradas en esta balanza del lado positivo.