Cada día me levanto para ir a clases y camino por la rue Mouffetard, subo entre los restaurantes de comida de todo el mundo que huelen a cosas tan variadas, las librerías, tiendas de ropa, de souvenirs, de discos. Entre los restaurantes sobresale Au p'tit grec, que tiene las mejores crepas del barrio. Llego a la place de la Contrescarpe (ahí atrás de una de las esquinas vivió Hemingway). Noviembre a sido para mis estándares frío, pero según los parisinos, aún hemos tenido clemencia en este invierno. Ayer, en la contrsecarpe quedaban 21 hojas repartidas en los cuatro árboles que rodean la fuente del centro. Sigo caminando por la Mouffe, y de pronto -como pasa en todas las ciudades del mundo- la calle cambia de nombre sin ningún motivo más que un cruce de calles. Ahora sigo por la rue Descartes, y en la primera cuadra volteo a la izquierda, justo donde está la iglesia St. Etienne du Mont. Casi nunca entro en mis caminatas diarias a clases, pero recuerdo que por dentro hay un puente en medio que es bastante bonito. En el mes de noviembre descubrí que casi siempre llueve de una forma muy parisina. El clima cambia sin avisar, y la lluvia no es tan pesada como para impedir la salida a las calles. Es una lluvia suave, pero constante. Me rehúso a catalogar esta lluvia con el soez calificativo de mojapendejos. Digamos mejor que es una lluvia mojainexpertos. El problema es que uno no esta acostumbrado a caminar todos los días y que de un día agradable, en cuestión de segundos pase a ser un día lluvioso. Además, nuestro instinto mexicano nos impulsa diciendo –vale madres, esta lluvia no moja; al cabo de un rato hay que rectificar -mierda sí mojaba. Después de la iglesia uno llega ante el imponente edificio del panteón. Un amigo griego me recuerda que es una copia de la edificación de Roma, pero en realidad me importa poco, y cada vez que la prisa por llegar no me tiene completamente abrumado, le dedico al menos un suspiro al contemplar aquella belleza. Paso por "les marches de la place des grandes hommes" a los que canta Patrick Bruel. Después llego al edificio donde tengo mis clases y me entretengo por algunas horas. Unos días mis cursos son en el edificio principal de la Sorbona, y entonces hay que seguir caminando por la rue Cujas, pasar el edificio de derecho, que por esa calle tiene cara de auditorio comunista abandonado, lleno de panfletos y posters ajados en las paredes. Luego hay que cruzar la rue St. Jaques, y después por un costado entro a la Sorbona, donde siempre hay un individuo curiosamente vestido como militar en la época de napoleón, con saco azul elegante, botones dorados, y un envidiable gorro que parece de maquinista de tren o líder de desfile; sólo le falta la vara que gira y que avienta al aire dando vueltas. Ese tipo me pide que le muestre mi credencial, y cuando la saco, sin siquiera verla me permite el acceso. Finalmente, el otro lugar en donde a veces tengo clases es en el albergue internacional, que está en el boulevard St. Michel, y al cual llego caminando por completo la rue Soufflot –que va del panteón a los jardines de Luxemburgo-, doy vuelta a la izquierda y un par de cuadras más delante llego al lugar. Los salones en los que tengo clases van desde aceptables, hasta "de la chingada". Los asientos que tienen unos de los salones parecen haber sido diseñados para extraer las respuestas a los alumnos como método de tortura. Quizá como todo es tan viejo en este país, alguna vez fueron celdas en las que se investigaba a los conspiradores contra el rey. Algún brillante profesor seguro pidió las mismas sillas pues si antes con ello hacían hablar a los prisioneros, ¿porqué ahora no lograremos arrancar las respuestas de los apáticos alumnos con un artefacto similar? El efecto de las sillas es un dolor en la columna vertebral a los 5 minutos. Cuando termina la clase, ese dolor ya se deslizó por toda la columna y se llega a instalar en el cuello y en el dedo gordo del pie derecho. Otra de las características incomodidades de Paris se puede vivir en la biblioteca. Siempre está absolutamente llena, y uno batalla para encontrar un lugar dónde sentarse. Ahora recuerdo con nostalgia el segundo piso siempre vacío de la biblioteca de la Udem en el cual uno siempre podía trabajar en paz. Acá, después de pasar un rato buscando una vacante, uno siempre está sentado entre dos personas que estudian muy cerca. Cómo si estuviese en una mesa de gente elegante, tengo que seguir los modales de Carreño, y no puedo subir los codos, pues movería el material de la persona de al lado. Además la proximidad es inconveniente pues resulta que el tipo de la izquierda siempre huele mal. Agréguenle a todo esto, el hecho de que en Paris todos los lugares en el interior son super calientes. Llega uno con mochila y otras cosas, arropado con abrigo y bufanda, y nunca halla donde ponerlo. El sudor a veces se hace presente cuando paradójicamente afuera hace frío. Entonces entiendo que los de al lado apesten; no por ello se vuelven soportables. Además como para que yo no olvide mis inicios, tienen un sistema idéntico al del Registro Público de Monterrey para pedir los libros y documentos en la biblioteca. Uno tiene que pedirlos, y hay gente muy definitivamente ineficiente que los busca y los entrega para su uso. En revancha a todas estas cosas yo he aplicado la técnica conocida como "crop dusting", que consiste en pasear un gasesillo por entre la masa de estudiantes sentados en las largas mesas que parecen el comedor de Harry Potter. Lástima que el viejo de la entrada no se parezca nada a Dumbledore.
A propósito del clima que se vive acá en París, los chiflones europeos me han enseñado que existe una maravillosa prenda de vestir totalmente ignorada en mi ciudad natal: la bufanda. Jamás me había preguntado por qué existe tan singular objeto, y el hecho de que me pareciera absurda, ahora sé que tiene que ver con la calidez de Monterrey. La bufanda es un artefacto sumamente útil para combatir el frío, realmente me impacta cómo con las mismas prendas, con sólo agregar una bufanda al cuello, uno se siente mucho mejor. Compré ya una buena bufanda con colores alegres, y al principio pensé que sólo era cuestión de darle vueltas alrededor del cuello. Si bien no tiene la complejidad de un nudo de corbata, Ana me enseñó que también la bufanda se “pone” de una manera particular. Si me dan a escoger entre usar corbata o bufanda, toda la vida prefiero ésta última. En Monterrey estaba sometido al yugo de la corbata porque mi gremio ha decidido que sea parte de nuestro uniforme. ¡Oh dolor! En París me contento con portar una bufanda cuando hace frío, aunque me aseguro de que no apriete mi cuello. La bufanda es, por lo demás una prenda con una utilidad. La única cosa en que una corbata supera a las bufandas, además del precio, es en que su final puntiagudo funciona mucho mejor como flecha para indicar a las mujeres dónde esta nuestra esencia.
Este mes de noviembre también me ha traído más de una buena experiencia. Vi con mucho agrado dos películas dirigidas por mexicanos: Babel y el laberinto del fauno. Ambas me parecieron muy buenas, aunque la primera tuvo una mayor aceptación entre el público francés. También tuve la oportunidad de ir a un par de exposiciones de fotografía, de conocer una pelea masiva en la pulga y algunos restaurantes interesantes. Conocí que cerca de mi departamento, en Censier Daubenton hay un muy bello restaurante italiano donde tienen la gentileza de servir porciones generosas a precios razonables. Ya estaba yo muy molesto con esta estúpida tendencia de la nouvelle cuisine en la que a uno le cobran caro y le sirven poco. La pinche decoración del platillo comoquiera se pierde después del primer bocado.
Finalmente he de mencionar que caminar por las calles de Paris es bastante productivo como entrenamiento de guerra. De entrada, las aceras son angostas y hay mucha gente hostil que las transita. Hay que ser fuerte y rápido para ganar el paso y lograr que sea el extraño quien desvíe su trayectoria. Segundo, hay unos tubos metálicos que ponen en la orilla que supongo son para evitar que los carros se suban a la banqueta y causen accidentes a los peatones. En realidad la utilidad de dichos tubos es impedir que dos personas caminen hombro a hombro por la banqueta, y que cuando lo intenten el varón casi siempre reciba un golpe en los huevos (si es lo suficientemente alto). Y siguiendo con lo del entrenamiento de guerra, por fin he de decir que la vía pública está siempre minada, y caminando en París, uno aprende a esquivar todo eso. En general se trata de caca de perro, aunque he visto a más de un hombre orinar en la calle, en la banqueta, y los más decentes volteados en una esquina no muy alumbrada. El domingo pasado, antes de entrar al cine y después de un café identificamos un ejemplar que atribuimos a un humano. Le tomé una foto. Así, termino esto con la misma palabra que usa García Márquez para el final de el Coronel.