He realizdo distintos viajes cortos, pero he decidido que los comentarios serán más cortos sobre ellos. A Dublín asistimos con varios amigos. Ahí encontré un galón de Guinness, cerveza maravillosa, algunos paisajes interesantes junto al mar, y lluvia. Luego en compañía de mis suegros fui a Champaña, donde nos dieron una visita en las cavas de Moet, después visitamos la catedral de Reims, y seguimos hasta Estrasburgo. En la ciudad se siente una calidez impresionante y es muy bella. Los edificios entre alemanes y franceses dan un panorama pueblerino bastante interesante. La catedral es una de las más espectaculares que he visto, de un color ocre y una construcción gótica y vertical. Probé el chucrut y nunca lo vuelvo a hacer. Me parece que sabe apenas mejor que el olor de mi calcetín después del partido. En la carretera de regreso vimos la nieve y nos paramos para tocarla.
En París he seguido asistiendo a sus particularidades. Algo que se repite en París casi con monotonía es la existencia de cafés. A la gente le gusta entrar a esos lugares tanto que ya no se usa la palabra para describir el grano, o el valioso líquido que te dan a beber, sino que un café es un espacio para sentarte a tomar o comer algo. Los cafés más típicos de la ciudad no son precisamente los más bonitos. En ellos hay una caja al frente, unos doce clientes asiduos que tienen la confianza de pelearse todos los días con el dueño que no deja de fumar. Esporádicamente hay un viejo desaliñado que fuma pipa, se sienta solo frente a la ventana y recita versos bellísimos a la vida. En realidad no he puesto atención particular a la poesía que recita, pero la pura imagen del viejo es bárbara. Los que atienden son siempre los mismos, y el lugar es un “bordel”. Hay uno de esos cafés a unos pasos de mi apartamento que se llama “au rendezvous de marché” en alusión al mercado que se instala en la Plaza Monge los miércoles, viernes y domingos. A mí me gusta ir ahí por las mañanas y sentarme a leer. Ana prefiere los cafés un poco más ordenados y menos “a la parisina”. Yo no había reparado en la limpieza o más bien la falta de, de este café. Cuando llevé a Ana me indicó que no era agradable pues estaba lleno de humo, la gente era muy ruidosa y “la moda era tirar la ceniza y la basura al piso”. En realidad el piso está siempre bastante sucio, y sin embargo, me gusta ir ahí a leer, y lo disfruto más que los lugares más llenos de turistas con el piso oliendo siempre a maestro limpio. El café -(ahora me refiero a la acepción líquida del término-, como ya he dicho en otras ocasiones, es bastante bueno, mucho más concentrado al que tomamos en México, aunque desgraciadamente, la cantidad otorgada es como para una persona del tamaño de Napoleón, pues me lo acabo apenas en dos sorbos. Como además la moneda es cara, me veo obligado a pedirlo “alongé” que no es más que un café expresso rebajado con agua, aunque de cualquier forma es más sabroso que el del Vips en México. Cuando hace un día bello (“il fait beau” dicen acá). Las aceras son invadidas de franceses que se sientan a ver la gente pasar. Una costumbre que los gringos no entienden mucho, pero que a mí me encanta. En México tenemos una costumbre similar en los pueblos que están junto a la carretera. Ahí, los dueños de los estancos sacan su mecedora a ver eso que pasa como bólido y sus pasajeros. La diferencia quizá en el modo de contemplación es que el mexicano prefiere hacerlo con bigote y mostrando la redondez de su estómago moreno con orgullo inigualable. El que es decente utilizará una camisa blanca percudida en las axilas que obtuvo de a gratis en una campaña del PRI.
Otra cosa sobre la que yo no reparaba mucho es la peluquería. Cuando uno va de viaje por lo general no se mete a las peluquerías extranjeras porque el tiempo corto no debe desaprovecharse en tan vana actividad de darle forma ¿y estilo? al cabello. En realidad yo he buscado algo de mi cabellera que ha sido francamente difícil: tener un corte discreto y cómodo. Detesto los cortes a la moda con picos y con un desorden que toma mucho cuidado, productos gomificantes y tiempo para planear. No quiero traer mi pelo a la moda, mi único objetivo es que nadie haga comentarios al respecto. La verdad es que el pelo es a mi juicio la parte más imperfecta del cuerpo humano. Me habría gustado que todos tuviéramos una plasta dura que no requiriera mayor cuidado, digamos como el poco cuidado que tenemos de nuestros codos. En la búsqueda de un corte perfecto a veces he tenido intentos fallidos, pues siempre hay alguien que desapruebe mi nuevo corte, porque es muy corto, porque es anticuado, o porque no se ve bien sin gel. A lo que yo iba es que acá en Francia, dado a mi larga estancia he tenido ya que visitar un peluquería un par de veces. Ya había yo visto en México la emergencia de las “estéticas” que no son más que una peluquería un poco mejor decorada, con amateurs que cortan el cabello y que van muy bien vestidos, y que, claro, cobra más caro. Mi sorpresa es que acá no encontré la peluquería tradicional, con don pepe el barrigón de bigotes con las tijeras y su bigote y ese tubo de luz con franjas en espiral azules rojas y blancas y que dan vueltas (que por cierto, nunca he entendido para que chingados sirve). Entonces extrañé la peluquería a la que nunca le ponía atención, aunque a veces recuerdo que me molestaba que el peluquero siempre me platicara de futbol, o del último escándalo político. No es que el trabajo en México exija una cultura amplia, pero creo que el peluquero es el que más obligado está a leer todos los días el diario para hacer plática “amena” con los clientes. Además debe ser cuidadoso para no tocar temas polémicos y siempre adoptar una opinión ecléctica que no moleste a nadie. Reuters debería publicar un diario sucinto, con notas de interés sin compromiso, que sirva para evitar que los peluqueros deban leer todos los días el gorroso y larguísimo periódico y así pierdan menos tiempo. Bueno, creo que pierdo un poco el hilo. El caso es que entré por primera vez a una “estética” a las que yo me rehusaba a entrar en mi ciudad principalmente por razones monetarias. Como acá no había opción tuve que entrar, no sin algo de miedo. Desde que llegué cada vez domino mejor el francés, pero me aterraba un poco tener que decir palabras como apartado o remolino, o incluso patillas. Tuve una agradabilísima sorpresa en el lugar pues no sólo me cortó el cabello una chica sexy, sino que además hablaba español. El paquete que pagué incluía que me lavaran el cabello, y además para mi total desconcierto, me ofrecieron café o algo de beber. Mi respuesta natural fue no gracias, pues aún no entendía que era eso de tomar algo en la peluquería, y luego me lamenté de no haber tomado un café de a gratis. Al final salí contento de haber superado la prueba de cortarme el pelo en un lugar con música lounge, y pues esa españolita me invitaba a regresar siempre al mismo lugar. La siguiente vez que fui, no encontré a la chica y me atendió un putón que hablaba demasiado (ojo con esta palabra que se utiliza con demasiado abuso en Monterrey, en esta ocasión juro que la hipérbole de la locuacidad del tipo justifica su uso). La verdad sea dicha es que espero algún día ser calvo para despreocuparme de mi cabellera y su estado cada vez que un chiflón desacomoda el laborioso orden de mis hebras. La calvicie tiene además la hermosa bondad de dar una justificación práctica para el uso de un bombín.
Terminaré esta digresión con una anécdota que me ha conmovido hasta lo más hondo del corazón. Quizá una de las experiencias más poéticas que haya vivido en París. No recuerdo si ya he escrito que en mi edificio vive una loca. La defino como loca porque discute sola en voz alta, se cambia de ropa solo una vez al mes, y le dice a mi esposa buenas noches señor en pleno mediodía cuando la ve. El caso es que esta loca a pesar de que llevamos ya más de seis meses siendo vecinos tiene problema para reconocernos o acordarse de nosotros, o al menos nunca nos había demostrado que nos reconocía. En dos ocasiones y como nuestro departamento está en la planta baja, nos pidió por la ventana que le abriéramos la puerta del edificio porque había olvidado su llave. Cuando yo iba a abrir, ella me aseguraba que vivía en el edificio, sin sospechar que yo me acordaba de ella porque vive en el cuarto de al lado, o por su notoria personalidad. El caso es que la última vez que me pidió que le abriera habrá sido al menos hace tres meses. Ayer por la mañana, yo iba saliendo, y ella me detuvo la puerta porque me vio cargando un montón de cosas. Yo le agradecí, y de pronto ella me detuvo, me recordó que una vez yo le abrí la puerta cuando ella había olvidado su llave y me agregó que me agradecía mucho. Ese desfase en el tiempo me dio directo en el corazón. Yo siempre estaba acostumbrado a que a uno le agradezcan las cosas al instante, o en su defecto cuando el favor rinde su efecto. La sinceridad con la que me dijo ese “gracias” y el desfase temporal tan abrumadoramente anormal son el mejor elogio de la locura.
Saturday, March 31, 2007
Wednesday, March 14, 2007
Viajes al norte
Separados por un par de semanas, he tenido la oportunidad de viajar al norte de París. El primer viaje lo realicé en avión, llegamos al viejo Albión, y nos encontramos con varios amigos y amigas en Londres, que de forma poética apodaremos “la ciudad cara”. Salí desde el viernes a mediodía junto con Ana y abordamos un vuelo loucost. El vuelo estuvo bien, salvo por el hecho de que los asientos eran tan estrechos, que aunque yo sí cabía bien, el gordo que al lado desbordaba un poco de su corpulencia hacia lo que yo consideraba mi espacio aéreo. La ventaja fue que el vuelo fue corto, apenas de un poco más de una hora, y que traía un buen libro para olvidarme de las vicisitudes del viaje. En el aeropuerto, antes de abordar lo vi en una revistería y no resistí la tentación de comprarlo: L’art de peter. El arte de pedorrearse es un libro bastante interesante en el cual se desarrolla sobre los diferentes tipos de pedos que existen, sus causas, algunas anécdotas jocosas, y en el fondo es una oda a la libertad de pedorreo. Un ensayo que rompe paradigmas, desfoga tapujos y elimina prejuicios sobre el pedo.
Llegando a Londres, nos topamos con una tormenta de nieve, y esta vez, el liquidito sólido sí se quedaba en el suelo. Tomamos un tren que nos llevó hasta el “tube” y de ahí conectamos hasta nuestro hotel. El hotel estaba muy decente, pero en un lugar no muy pintoresco de la ciudad. Al salir a la calle ubicamos un taller mecánico, algunos edificios viejos, un lote de carros, y como sitios turísticos un Burger King y un KFC Express. De inmediato tomamos el “underground” hacia el centro y nos bajamos en Trafalgar Square. Ahí nos paseamos entre los leones y el obelisco, y disfrutamos la vista a lo lejos del Big Ben. Entramos al museo de National Gallery, que no sé todavía si su mayor virtud son los cuadros que tienen adentro, o el hecho que es gratis. Vimos algunas pinturas muy buenas de Van gogh, Monet, Raphael y otros. Al salir del museo, caía ya la noche y la vista de la plaza se ponía todavía más bonita. Salimos a la calle y caminamos hasta el Big Ben. Vimos los famosos autobuses de dos pisos y las cabinas de teléfono rojas. Es algo muy absurdo, pero nos tomamos foto en una cabina de teléfono. Me impresiona como una ciudad con tantas cosas pueda tener como emblema una cabina telefónica. Vimos el Big Ben, que en realidad no está tan grande, supongo que ese nombre se lo pusieron los ingleses por ególatras. De cualquier forma el reloj está bonito. Luego cruzamos el Támesis y vimos el London Eye, que no es más que una rueda de la fortuna más nais. Regresamos en “tube” a Picadilly Circus que es la copia (¿o el original?) de Times Square, caminamos hacia Leicester Square y cenamos. Después de eso regresamos al hotel, donde esperaríamos al resto de nuestros amigos que llegarían ya más noche. Al repasar los gastos, y sabiendo que no habíamos hecho muchos, me di cuenta de lo sangriento que es el tipo de cambio. Dios maldiga la libra esterlina. Durante el viaje gasté mucho sin acceder a lujos desmedidos. De ahí el apodo poético para Londres como la ciudad cara. Cuando llegaron nuestros amigos, salimos hacia Picadilly y encontramos un bar llamado Sirocco. El ambiente era agradable, la música variada, y la pasamos bien. Descubrí una bebida llamada aftershock, que tiene distintos sabores pero que todos pican. El ritual para beber el shot consiste en hacer buches por 10 segundos y luego tragarse el líquido; justo después, hay que inhalar por la boca con fuerza. El efecto es un picor agudo que te hace toser y te da un retortijón. Suena a sufrimiento desmedido e innecesario, pero en realidad la bebida te anima. Seguimos tomando algunas cervezas y cuando se nos cayó un aftershock en la mesa, decidimos no desperdiciarlo, y aspirar lo que se pudo con un popote; así de valioso es el aftershock.
Al día siguiente salimos a caminar por Soho y Picadilly, encontramos a más amigos y amigas y decidimos comprar boletos para la obra Wicked, una precuela del Mago de Oz. Gerardo sería el último en llegar a la ciudad cara, pues su vuelo se retrasó bastante. Mientras lo esperábamos, tomamos algunas Guinness en el Yates, un bar en Leicester Square, para hacer tiempo a que empezara la obra. El retraso de Gerardo se alargó, y él apenas alcanzó a llegar a la obra a la mitad. Con cara no muy animada entró al teatro, pues supo lo que había costado el boleto, compró una cerveza y se instaló en su asiento. No logramos conseguir todos los lugares juntos, pues éramos ocho personas. La obra fue bastante buena, y tenía la ventaja de que podías consumir cerveza en el teatro. Al salir, Gerardo no paraba de comentar cómo le había encantado, repetía con insistencia que no recordaba haber escuchado mejores voces cantando. Comparaba con una metáfora rebuscada el timbre de la voz de la protagonista con el timbre de su casa, que tan buenos recuerdos le traía. Hacía comentarios técnicos sobre la puesta en escena y la creativa dirección, alababa la obra, y maldecía al destino por haberlo llevado tarde al espectáculo. Brincaba de eufórico por lo que acababa de disfrutar. Le recordamos que todos lo habíamos visto y que no tenía que explicar con tanto detalle cómo le gustó. Le recordamos también que a él teníamos casi un año de no verlo y que más bien nos debería dar un abrazo azteca seguido de las dos palmadas de rigor en la espalda. Se contuvo, nos saludo con gusto, y seguimos nuestras aventuras. Esa misma noche probamos el kebab más malo de la historia (yo creí que hacerlos no tenía ciencia), que además era carísimo, y en un lugar donde nos trataron de cobrar cosas que no nos trajeron. Luego fuimos una vez más al Sirocco dance bar para tomar unos tragos y refugiarnos de la lluvia que caía. Ahí pasamos unas horas un rato agradable, bailamos un poco y vimos como Gerardo se rehusó a tomar. Alegó que el alcohol afecta su juicio y se limitó a quedarse parado sonriendo toda la noche. Habríamos podido pensar que es un amargado, pero en realidad no dejó de sonreír, y por lo tanto no le podemos achacar mala actitud. Al día siguiente salimos a caminar por las calles de Londres, comimos en un restaurante japonés, nos paseamos a orillas del Támesis, tomamos fotos frente al parlamento, luego fuimos al palacio de Buckingham (que es bastante aburrido), seguimos hacia Harrods donde tomamos un te inglés, y luego de despedirnos de algunos, en la noche fuimos a Covent Garden, donde cenamos antes de regresar al hotel. Al día siguiente conoceríamos la London Tower, el Tower Bridge, la catedral de Saint Paul, y finalmente Nothing Hill. Durante nuestro arduo turisteo pudimos constatar la necedad de los ingleses de dar la contra al mundo. Tienen costumbres diferentes que no resultan catastróficas, como las millas o los grados Fahrenheit. Una operación matemática simple resuelve la duda. En grados Fahrenheit sólo hay que restar treinta y dos, dividir a la mitad y agregar el diez porciento para tener un aproximado bastante bueno en grados Centígrados. Las costumbres que sí causan consecuencias mortales y peligrosas son por ejemplo lo de manejar en el lado equivocado de la calle, uno cruza y voltea hacia el lado correcto por instinto, pero en Londres hay que voltear al otro lado. Después de varias veces en las que casi me atropellan decidí regresar a la vieja enseñanza de mi mamá: para cruzar la calle siempre hay que voltear a los dos lados. Incluso en la ciudad supongo que ya han tenido problemas con turistas inteligentes que voltean hacia el lado correcto y al ver que no viene nadie cruzan, luego son arrollados por un conductor imbécil que viene por el lado equivocado. Digo esto porque en los cruces peatonales, seguido venían indicaciones de hacia qué lado hay que voltear. Lo que sucede es que uno no siempre va buscando esos tips, y a veces, pensando que ya se ha adquirido la pericia para cruzar la calle, obvias ese tipo de mensajes. La otra costumbre peligrosa de los ingleses es su reticencia a adoptar el Euro. El Euro es ya de por sí una moneda filosa, cuyo valor duele. Ellos, parte de la Unión Europea, deciden utilizar su muy auténticamente diabólica libra esterlina. ¿Qué no entienden que no resulta práctico pagar tanto?
Normandía/Bretaña
Otro fin de semana, en el que la compañía de los amigos habituales era escasa, Ana y yo decidimos rentar un carro y salir al norte de París. Tomamos la carretera A-13 rumbo a Rouen el sábado por la mañana. Partimos con destino al Mont Saint Michel. La carretera por Normadía fue bastante agradable, y disfrutamos de paisajes variados a lo largo de nuestro recorrido. De cierta forma, uno tiene que viajar dentro de Francia para entender bien los cuadros de Van gogh. Los campos de trigo, las casitas de piedra, los bultos de paja, los cipreses ondeantes, y los árboles cuyas ramas son tan verticales que parecen haber sido moldeados por Dios con una aspiradora después de haberlos plantado con firmeza al suelo. Aunque en el camino nos tocó un poco de lluvia, disfrutamos mucho el panorama.
Cuando llegamos al Mont Saint Michel, vimos desde lejos el imponente monasterio y nos acordamos un poco de la época del nombre de la rosa. Mientras nos acercábamos, a los costados observamos campos con borregos que se juntaban para refugiarse del agua y el frío. La marea no era tan alta como para rodear los muros del monasterio, pero se acercaba a la parte posterior, y escasas corrientes rodeaban el monte. Estacionamos el carro y nos subimos con la idea de comer algún buen platillo viendo hacia la playa. Desgraciadamente, los franceses tienen una hora muy concreta para comer, y a las 3 ya no nos dieron más que una hamburguesa de puesto. Sin desanimarnos nos la comimos, y subimos al monasterio. Después de recorrerlo e impresionarnos, decidimos regresar y dirigirnos hacia St. Malô, una playa en Bretaña. Una hora más tarde ya estábamos buscando estacionamiento afuera de la pequeña ciudad amurallada. Sacamos nuestro equipaje (una mochila) y entramos a buscar albergue. De inmediato nos encontramos un hotel más o menos decente que cobraba poco y que olía a perro ¿o era el cotorro lo que apestaba? El caso es que nos pareció muy bueno y elegante y decidimos tomar el cuarto. Salimos a aprovechar las últimas horas de luz y nos paseamos por la muralla, viendo hacia el mar. Bajamos a la arena entre las piedras y nos subimos a las lomas de los islotes que se elevaban sobre el agua azul fuerte. Los paisajes de rocas, hierba y agua al atardecer pusieron el escenario para una noche romántica y acogedora.
Al terminar el crepúsculo fuimos a misa y nos paseamos por dentro de la ciudad amurallada en la que al llegar la noche, se fue quedando sin gente. Entramos a un restaurante de mariscos y después de un minucioso análisis decidí que quería una carne. ¡Qué idiota eres! Me decía mi esposa alegando que era imprudente pedir carne en un restaurante de mariscos, pero yo repuse que a mí se me antojaba una carne.
Ana pidió un platillo de crustáceos variados y le trajeron precisamente eso. Algunos animales de concha son más difíciles de comer de lo que parecen. Además de los tradicionales ostiones y mejillones, a Ana le dieron unos caracoles de esos cuya concha pudiera ser un instrumento musical de aire como la flauta pero en versión mini, y ultra pequeños. Los mini más o menos descifró con rapidez cómo se sacaba la “carnita” de adentro, pero los ultra pequeños debían ser trabajados con un alfiler que Ana no intuyó era parte de sus cubiertos. Después de pelearse un rato con su comida, y voltear a ver con cuanta pericia yo me comía mi carne, Ana se rindió y pidió ayuda al mesero para descifrar cómo comer los caracoles. Al final yo quedé muy satisfecho y ella no tanto, pero de igual forma disfrutamos de unas buenas botellas de vino francés.
A la mañana siguiente salimos de regreso, pero decidimos pasar por algunos pueblos de la costa normanda. Conocimos Deauville, donde hay un buen festival de cine, y luego nos paramos a comer unos mariscos en el puerto de Honfleur. Ahí decidí que era oportuno pedir unos mejillones como entrada y los disfruté sin batallar para sacarles la fruta.
Al llegar de regreso a París constaté que es mucho más complicado manejar en la ciudad que en la carretera.
Llegando a Londres, nos topamos con una tormenta de nieve, y esta vez, el liquidito sólido sí se quedaba en el suelo. Tomamos un tren que nos llevó hasta el “tube” y de ahí conectamos hasta nuestro hotel. El hotel estaba muy decente, pero en un lugar no muy pintoresco de la ciudad. Al salir a la calle ubicamos un taller mecánico, algunos edificios viejos, un lote de carros, y como sitios turísticos un Burger King y un KFC Express. De inmediato tomamos el “underground” hacia el centro y nos bajamos en Trafalgar Square. Ahí nos paseamos entre los leones y el obelisco, y disfrutamos la vista a lo lejos del Big Ben. Entramos al museo de National Gallery, que no sé todavía si su mayor virtud son los cuadros que tienen adentro, o el hecho que es gratis. Vimos algunas pinturas muy buenas de Van gogh, Monet, Raphael y otros. Al salir del museo, caía ya la noche y la vista de la plaza se ponía todavía más bonita. Salimos a la calle y caminamos hasta el Big Ben. Vimos los famosos autobuses de dos pisos y las cabinas de teléfono rojas. Es algo muy absurdo, pero nos tomamos foto en una cabina de teléfono. Me impresiona como una ciudad con tantas cosas pueda tener como emblema una cabina telefónica. Vimos el Big Ben, que en realidad no está tan grande, supongo que ese nombre se lo pusieron los ingleses por ególatras. De cualquier forma el reloj está bonito. Luego cruzamos el Támesis y vimos el London Eye, que no es más que una rueda de la fortuna más nais. Regresamos en “tube” a Picadilly Circus que es la copia (¿o el original?) de Times Square, caminamos hacia Leicester Square y cenamos. Después de eso regresamos al hotel, donde esperaríamos al resto de nuestros amigos que llegarían ya más noche. Al repasar los gastos, y sabiendo que no habíamos hecho muchos, me di cuenta de lo sangriento que es el tipo de cambio. Dios maldiga la libra esterlina. Durante el viaje gasté mucho sin acceder a lujos desmedidos. De ahí el apodo poético para Londres como la ciudad cara. Cuando llegaron nuestros amigos, salimos hacia Picadilly y encontramos un bar llamado Sirocco. El ambiente era agradable, la música variada, y la pasamos bien. Descubrí una bebida llamada aftershock, que tiene distintos sabores pero que todos pican. El ritual para beber el shot consiste en hacer buches por 10 segundos y luego tragarse el líquido; justo después, hay que inhalar por la boca con fuerza. El efecto es un picor agudo que te hace toser y te da un retortijón. Suena a sufrimiento desmedido e innecesario, pero en realidad la bebida te anima. Seguimos tomando algunas cervezas y cuando se nos cayó un aftershock en la mesa, decidimos no desperdiciarlo, y aspirar lo que se pudo con un popote; así de valioso es el aftershock.
Al día siguiente salimos a caminar por Soho y Picadilly, encontramos a más amigos y amigas y decidimos comprar boletos para la obra Wicked, una precuela del Mago de Oz. Gerardo sería el último en llegar a la ciudad cara, pues su vuelo se retrasó bastante. Mientras lo esperábamos, tomamos algunas Guinness en el Yates, un bar en Leicester Square, para hacer tiempo a que empezara la obra. El retraso de Gerardo se alargó, y él apenas alcanzó a llegar a la obra a la mitad. Con cara no muy animada entró al teatro, pues supo lo que había costado el boleto, compró una cerveza y se instaló en su asiento. No logramos conseguir todos los lugares juntos, pues éramos ocho personas. La obra fue bastante buena, y tenía la ventaja de que podías consumir cerveza en el teatro. Al salir, Gerardo no paraba de comentar cómo le había encantado, repetía con insistencia que no recordaba haber escuchado mejores voces cantando. Comparaba con una metáfora rebuscada el timbre de la voz de la protagonista con el timbre de su casa, que tan buenos recuerdos le traía. Hacía comentarios técnicos sobre la puesta en escena y la creativa dirección, alababa la obra, y maldecía al destino por haberlo llevado tarde al espectáculo. Brincaba de eufórico por lo que acababa de disfrutar. Le recordamos que todos lo habíamos visto y que no tenía que explicar con tanto detalle cómo le gustó. Le recordamos también que a él teníamos casi un año de no verlo y que más bien nos debería dar un abrazo azteca seguido de las dos palmadas de rigor en la espalda. Se contuvo, nos saludo con gusto, y seguimos nuestras aventuras. Esa misma noche probamos el kebab más malo de la historia (yo creí que hacerlos no tenía ciencia), que además era carísimo, y en un lugar donde nos trataron de cobrar cosas que no nos trajeron. Luego fuimos una vez más al Sirocco dance bar para tomar unos tragos y refugiarnos de la lluvia que caía. Ahí pasamos unas horas un rato agradable, bailamos un poco y vimos como Gerardo se rehusó a tomar. Alegó que el alcohol afecta su juicio y se limitó a quedarse parado sonriendo toda la noche. Habríamos podido pensar que es un amargado, pero en realidad no dejó de sonreír, y por lo tanto no le podemos achacar mala actitud. Al día siguiente salimos a caminar por las calles de Londres, comimos en un restaurante japonés, nos paseamos a orillas del Támesis, tomamos fotos frente al parlamento, luego fuimos al palacio de Buckingham (que es bastante aburrido), seguimos hacia Harrods donde tomamos un te inglés, y luego de despedirnos de algunos, en la noche fuimos a Covent Garden, donde cenamos antes de regresar al hotel. Al día siguiente conoceríamos la London Tower, el Tower Bridge, la catedral de Saint Paul, y finalmente Nothing Hill. Durante nuestro arduo turisteo pudimos constatar la necedad de los ingleses de dar la contra al mundo. Tienen costumbres diferentes que no resultan catastróficas, como las millas o los grados Fahrenheit. Una operación matemática simple resuelve la duda. En grados Fahrenheit sólo hay que restar treinta y dos, dividir a la mitad y agregar el diez porciento para tener un aproximado bastante bueno en grados Centígrados. Las costumbres que sí causan consecuencias mortales y peligrosas son por ejemplo lo de manejar en el lado equivocado de la calle, uno cruza y voltea hacia el lado correcto por instinto, pero en Londres hay que voltear al otro lado. Después de varias veces en las que casi me atropellan decidí regresar a la vieja enseñanza de mi mamá: para cruzar la calle siempre hay que voltear a los dos lados. Incluso en la ciudad supongo que ya han tenido problemas con turistas inteligentes que voltean hacia el lado correcto y al ver que no viene nadie cruzan, luego son arrollados por un conductor imbécil que viene por el lado equivocado. Digo esto porque en los cruces peatonales, seguido venían indicaciones de hacia qué lado hay que voltear. Lo que sucede es que uno no siempre va buscando esos tips, y a veces, pensando que ya se ha adquirido la pericia para cruzar la calle, obvias ese tipo de mensajes. La otra costumbre peligrosa de los ingleses es su reticencia a adoptar el Euro. El Euro es ya de por sí una moneda filosa, cuyo valor duele. Ellos, parte de la Unión Europea, deciden utilizar su muy auténticamente diabólica libra esterlina. ¿Qué no entienden que no resulta práctico pagar tanto?
Normandía/Bretaña
Otro fin de semana, en el que la compañía de los amigos habituales era escasa, Ana y yo decidimos rentar un carro y salir al norte de París. Tomamos la carretera A-13 rumbo a Rouen el sábado por la mañana. Partimos con destino al Mont Saint Michel. La carretera por Normadía fue bastante agradable, y disfrutamos de paisajes variados a lo largo de nuestro recorrido. De cierta forma, uno tiene que viajar dentro de Francia para entender bien los cuadros de Van gogh. Los campos de trigo, las casitas de piedra, los bultos de paja, los cipreses ondeantes, y los árboles cuyas ramas son tan verticales que parecen haber sido moldeados por Dios con una aspiradora después de haberlos plantado con firmeza al suelo. Aunque en el camino nos tocó un poco de lluvia, disfrutamos mucho el panorama.
Cuando llegamos al Mont Saint Michel, vimos desde lejos el imponente monasterio y nos acordamos un poco de la época del nombre de la rosa. Mientras nos acercábamos, a los costados observamos campos con borregos que se juntaban para refugiarse del agua y el frío. La marea no era tan alta como para rodear los muros del monasterio, pero se acercaba a la parte posterior, y escasas corrientes rodeaban el monte. Estacionamos el carro y nos subimos con la idea de comer algún buen platillo viendo hacia la playa. Desgraciadamente, los franceses tienen una hora muy concreta para comer, y a las 3 ya no nos dieron más que una hamburguesa de puesto. Sin desanimarnos nos la comimos, y subimos al monasterio. Después de recorrerlo e impresionarnos, decidimos regresar y dirigirnos hacia St. Malô, una playa en Bretaña. Una hora más tarde ya estábamos buscando estacionamiento afuera de la pequeña ciudad amurallada. Sacamos nuestro equipaje (una mochila) y entramos a buscar albergue. De inmediato nos encontramos un hotel más o menos decente que cobraba poco y que olía a perro ¿o era el cotorro lo que apestaba? El caso es que nos pareció muy bueno y elegante y decidimos tomar el cuarto. Salimos a aprovechar las últimas horas de luz y nos paseamos por la muralla, viendo hacia el mar. Bajamos a la arena entre las piedras y nos subimos a las lomas de los islotes que se elevaban sobre el agua azul fuerte. Los paisajes de rocas, hierba y agua al atardecer pusieron el escenario para una noche romántica y acogedora.
Al terminar el crepúsculo fuimos a misa y nos paseamos por dentro de la ciudad amurallada en la que al llegar la noche, se fue quedando sin gente. Entramos a un restaurante de mariscos y después de un minucioso análisis decidí que quería una carne. ¡Qué idiota eres! Me decía mi esposa alegando que era imprudente pedir carne en un restaurante de mariscos, pero yo repuse que a mí se me antojaba una carne.
Ana pidió un platillo de crustáceos variados y le trajeron precisamente eso. Algunos animales de concha son más difíciles de comer de lo que parecen. Además de los tradicionales ostiones y mejillones, a Ana le dieron unos caracoles de esos cuya concha pudiera ser un instrumento musical de aire como la flauta pero en versión mini, y ultra pequeños. Los mini más o menos descifró con rapidez cómo se sacaba la “carnita” de adentro, pero los ultra pequeños debían ser trabajados con un alfiler que Ana no intuyó era parte de sus cubiertos. Después de pelearse un rato con su comida, y voltear a ver con cuanta pericia yo me comía mi carne, Ana se rindió y pidió ayuda al mesero para descifrar cómo comer los caracoles. Al final yo quedé muy satisfecho y ella no tanto, pero de igual forma disfrutamos de unas buenas botellas de vino francés.
A la mañana siguiente salimos de regreso, pero decidimos pasar por algunos pueblos de la costa normanda. Conocimos Deauville, donde hay un buen festival de cine, y luego nos paramos a comer unos mariscos en el puerto de Honfleur. Ahí decidí que era oportuno pedir unos mejillones como entrada y los disfruté sin batallar para sacarles la fruta.
Al llegar de regreso a París constaté que es mucho más complicado manejar en la ciudad que en la carretera.
Tuesday, February 20, 2007
Paris V
Ha pasado ya el primer mes del año 2007 y han pasado bastantes cosas en París y los alrededores. Llegando de Madrid me enfrenté a la difícil situación mental de tener que enfrentar los exámenes por un par de semanas. Algo nada agradable. ¿Por qué no se inventa una mejor manera de calificar el progreso de los alumnos? Eso de los exámenes quizá sea una de las razones por las cuales mucha gente aborrece la escuela. Lo someten a uno a una presión desagradable. Es para prepararlos a la presión que enfrentarán en el trabajo, afirmarán algunos. En el trabajo siempre habrá presión, angustia, "estrés"... recuerdo la frase de Peter Pan que renegado a crecer pregunta lleno de terror "¿y tendré que ir a la oficina?". Voy uniendo las piezas y voy comprendiendo por qué el terror al trabajo. Maldita la mujer que mordió la manzana. Y luego aqui viene otra frase con connotación sexista. Echarle la culpa a la mujer, ella es la que nos trae la tentación. Y ¿qué necesidad de culpar a la mujer con tantos hombres tan canallas en el mundo? Acabo de leer que Isabel Allende dice que las mujeres son más trabajadoras, tienen mayor vocación al servicio público, y menos corruptas que los hombres. Lo dijo a propósito de la presidencia de Bachelet, y las posibilidades de acceder a la presidencia de Hillary en Estados Unidos y Segolene Royal en Francia (no creo que Segolene vaya a ganar). Dice que la gente se ha dado cuenta de que las mujeres son menos corruptas. Luego de un poco de reflexión, entiendo que las mujeres ataquen diciendo que son mejores para esto o lo otro; pero ¿no es esta diferenciación "natural" de los carácteres de hombres y mujeres lo que tanto a solapado la discriminación? ¿No se quedaba la mujer en casa por que "es mejor para cocinar, trapear", "son más ordenadas" o porque "no saben del trabajo duro"? Si bien es cierto que los hombres hemos reiteradamente demostrado ser bastante buenos para eso de la corrupción, no creo que esa distinción de mujeres/hombres convenga. Hablemos de las personas que están al frente y sus capacidades, dejando de lado el tema de su sexo. Además el sexo, como que cada quien lo hace con quien quiere y las veces que quiere ¿no?
Volviendo un poco a lo que me ha sucedido en París, después de tener exámenes escalofriantes, algunos previsibles, otros no tanto, creo que he salido avante, aunque mis calificaciones saldrán hasta dentro de un mes (la burocracia francesa). Tuve la oportunidad de ir a visitar el pueblo de Chartres, tomé con Ana el tren de la 1:18, y lo abordamos de la Gare de Montparnasse a la 1:17:57. Cuando compramos los boletos, el vendedor casi nos aseguro (yo lo tomé como reto) que tendríamos que tomar el siguiente tren que salía hasta las 3. Derrotamos al tiempo corriendo entre la gente que parecía anclada con pereza y llegamos al andén cuando las puertas se empezaban a cerrar. Nos subimos todavía sin estar completamente seguros de que fuera nuestro tren, pues normalmente hay tiempo para revisar dos veces que el número de la vía corresponda con la destinación deseada. No tuvimos ese lujo, y hasta que vinieron a revisar nuestros boletos supimos que íbamos bien. El viaje en tren fue entretenido. Pasamos a un lado del castillo de Versalles, que en invierno, con mucha de la flora del jardín seca se ve diferente. En el campo vimos la primera nieve. Muy poca, pero ahí estaba, sobre los techos de dos aguas que se repiten en Francia. Llegamos a Chartres a eso de las 2:30 ya con bastante hambre, y con una temperatura de -2 C. Nuestro primer impulso fue buscar un restaurante. El primero al que llegamos que se veía bastante acogedor ya no permitía comensales por la hora. Encontramos un bistró francés típico donde comimos algo promedio. Después nos dirigimos a la Catedral que yo no recordaba tan bella. Tiene un leve parecido a la fachada de Notre Dame, su estilo gótico y su cantera blanca son similares. La diferencia es que una de las torres termina en pico y la otra parece terminar en algo entre chato y pontiagudo. En Notre Dame las torres son chatas por arriba como una torre de tablero de ajedrez. Por dentro, la catedral de Chartres tiene unos vitrales impresionantes, sólo superados quizá por los de la Saint Chapelle. Vimos con detalle algunas de las esculturas y la estructura de la iglesia, tomamos algunas fotos, y salimos. Preguntamos qué más podríamos hacer en Chartres a algunos locales, y no sugirieron un museo de la agricultura. Respetuosamente, y sin contestarles que eran unos idiotas, decidimos que eso no nos interesaba. Caminamos por algunas calles aledañas a la iglesia, compramos unos chocolates buenos, pero caros, y nos regresamos a la estación de trenes. Ir a Chartes es ir a una iglesia. En el pueblo no hay mucho más. Sin embargo, el viaje, vale la pena.
De regreso en París fuimos a diversos eventos culturales. El primero de ellos fue un concierto de tributo a Queen. Fuimos Ana y yo acompañados de otros tres amigos. Por fortuna compramos boletos de la parte de atrás que eran más baratos. Desde nuestros asientos, el impostor parecía idéntico a Freddie Mercury. Se movía con la misma elegancia y se vestía con la misma falta de gusto. Al principio, el concierto empezó un poco acartonado y la sensación de que eran unos cantantes de tributo era patente. Después de tres canciones, el cantante invitó al público a acercarse hasta enfrente, y nosotros avanzamos todo el lugar y nos colocamos adelante de la primera fila de asientos. Desde ahí pudimos ver que el bigote era falso, el pelo lo traía pintado, y que en el fondo "freddie" era un inglés güero que no se parecía tanto. Sin embargo sus movimientos, y sobre todo su forma de cantar evocaban casi de manera perfecta al cantante de Queen. Estando entre multitud y a unos metros del escenario el concierto se sintió mucho mejor, y por ahí de Bohemian Rapsody yo olvidé que se trataba de un tributo. Alcancé a chocar mi mano con la de Freddie y por un instante me sentí contento. Después me limpié el sudor en la camisa de la persona de enfrente. Salimos muy contentos del concierto, pues vendían cerveza y tocaron la mayoría de las buenas canciones de Queen. Acaso faltó Bicycle race. Los perdono.
Otro espectáculo que fuimos a ver, esta vez sólo Ana y yo, fue una obra de teatro a la Comedie Française, un teatro que existe desde 1680 y donde Moliere presentaba sus piezas. Queríamos boletos para ver el Cyrano, pero estaban vendidos por varios meses, y decidimos entrar a ver una obra de Lope de Vega (en francés) que se llama Pedro et le Commandeur. El edificio esta impecable. La sala guarda una decoración antigua de muy buen gusto y se sentía majestuosa. La obra fue bastante buena, y la dirección de un clásico, con elementos de teatro moderno, nos dieron para una muy agradable sesión.
En París hemos visitado un montón de lugares y restaurantes, pero Ana no se conforma. Aterrorizada porque en unos meses dejaremos la ciudad de la luz, se propuso hacer una lista exhaustiva de los lugares a visitar. Entre restaurantes, museos, y otros sitios de interés parece que tendremos un segundo semestre ajetreado. Ya por lo pronto este mes fuimos al museo de Quai Branly, que es mejor como edificio que como museo. Vimos ahí adentro piezas de todo el mundo y a mí no me quedaba claro si la pieza que tenía enfrente era de Dakota o de la India. Otro día fuimos a la iglesia de la Madeleine y luego a Saint Sulpice, donde vimos una nota aclaratoria que desmentía lo dicho en el Código da Vinci. Fuimos después a la tumba de Napoleón y al museo de Rodin entre otras cosas. Aveces yo me arrastraba como molusco sin su concha. En una de nuestras deambulaciones turísticas nos tocó ver una huelga, que según vi en la contraportada de un libro, es el segundo deporte nacional de los franceses, después de la petanque. La petanque es un juego de canincas que se juega con pelotas tipo la bala que lanzan en las olimpiadas. Los viejitos con boina juegan y apuestan en todos los parques disponibles. Avientan primero una pelotita chica, y luego con las "balas" juegan a ver quien queda más cerca. Se puede mover las pelotas del contrario para alejarlas del objetivo. Cuando hay cagada de perro, -como es frecuente en París- la dificultad es avanzada.
Los fines de semana seguimos con la actitud de hacer fiesta y pasarla muy bien. Volvimos con guitarra a cantar bajo la torre Eiffel. Saliendo de un antro en Champs Elysee, fuimos a buscar un lugar donde comer. Pizza Pino acababa de cerrar. En el camino todavía cargábamos la euforia de la fiesta y cantábamos por la banqueta. De pronto un grupo de señoras libanesas se unieron a nuestro canto y se tomaron fotos con nosotros. Les sugerimos hacer una tabla gimnástica. No entendieron muy bien a qué nos referíamos, y nos conformamos con una pirámide humana. Yo era uno de los de a mero abajo. Cuando se fueron después de tomarse sus fotos comentamos que las pobres debían andar muy tomaditas. Luego se me ocurrió que hacer un "split" en medio de la avenida sería una buena idea. Tomamos una foto, y la evidencia demuestra que no soy un buen gimnasta. Hice la hazaña de intentar el split varias veces más y después me enfrenté en un "danceoff" a un amigo que me retó. Comenzamos con bailes sencillos, pero elegantes. De pronto él sacó taltento y se agarró el pie izquierdo con la mano derecha y saltaba con la otra pierna hacia adelante y hacia atrás sin soltar su mano del pie como si fuera una cuerda para saltar. Yo no podía competir contra eso, no podía arriesgar a intentarlo, pues un tropiezo sería mi tumba en la competencia, además imitar la movida del contraincante nunca es bien visto, a menos que puedas hacerlo con mucho más estilo. Lo que hizo era equiparable a sacarse el calzón sin quitarse los pantalones. No quería lastimarme, pero decidí echar toda la carne al asador y me tiré al suelo, acostándome de lado. Comencé a patalear con mucha rapidez y todo mi cuerpo empezó a girar. Di varias vueltas sobre mi propio eje como la tierra (movimiento de rotación, examen de geografía 5to grado). Con esa movida sencilla pero original, logré el alarido del público, los aplausos, y la aprobación. Vencí el talento con la creatividad. Cuando me levanté, mi chamarra estaba un poco sucia de la manga derecha y en el público había un poco más de gente que mis amigos. Me sonrrojé un poco, me sacudí el brazo como si nada hubiera pasado, y nos fuimos al pomme de pain a comer un sandwich. Luego fuimos por vino y la guitarra y continuamos cantando bajo la torre Eiffel junto a los militares. Esta vez no aguantamos al amanecer. Al día siguiente me levanté con moretones en las rodillas y un desgarre inguinal causado por los intentos de "split" y reconfirmé que la gimnasia no es lo mío.
Volviendo un poco a lo que me ha sucedido en París, después de tener exámenes escalofriantes, algunos previsibles, otros no tanto, creo que he salido avante, aunque mis calificaciones saldrán hasta dentro de un mes (la burocracia francesa). Tuve la oportunidad de ir a visitar el pueblo de Chartres, tomé con Ana el tren de la 1:18, y lo abordamos de la Gare de Montparnasse a la 1:17:57. Cuando compramos los boletos, el vendedor casi nos aseguro (yo lo tomé como reto) que tendríamos que tomar el siguiente tren que salía hasta las 3. Derrotamos al tiempo corriendo entre la gente que parecía anclada con pereza y llegamos al andén cuando las puertas se empezaban a cerrar. Nos subimos todavía sin estar completamente seguros de que fuera nuestro tren, pues normalmente hay tiempo para revisar dos veces que el número de la vía corresponda con la destinación deseada. No tuvimos ese lujo, y hasta que vinieron a revisar nuestros boletos supimos que íbamos bien. El viaje en tren fue entretenido. Pasamos a un lado del castillo de Versalles, que en invierno, con mucha de la flora del jardín seca se ve diferente. En el campo vimos la primera nieve. Muy poca, pero ahí estaba, sobre los techos de dos aguas que se repiten en Francia. Llegamos a Chartres a eso de las 2:30 ya con bastante hambre, y con una temperatura de -2 C. Nuestro primer impulso fue buscar un restaurante. El primero al que llegamos que se veía bastante acogedor ya no permitía comensales por la hora. Encontramos un bistró francés típico donde comimos algo promedio. Después nos dirigimos a la Catedral que yo no recordaba tan bella. Tiene un leve parecido a la fachada de Notre Dame, su estilo gótico y su cantera blanca son similares. La diferencia es que una de las torres termina en pico y la otra parece terminar en algo entre chato y pontiagudo. En Notre Dame las torres son chatas por arriba como una torre de tablero de ajedrez. Por dentro, la catedral de Chartres tiene unos vitrales impresionantes, sólo superados quizá por los de la Saint Chapelle. Vimos con detalle algunas de las esculturas y la estructura de la iglesia, tomamos algunas fotos, y salimos. Preguntamos qué más podríamos hacer en Chartres a algunos locales, y no sugirieron un museo de la agricultura. Respetuosamente, y sin contestarles que eran unos idiotas, decidimos que eso no nos interesaba. Caminamos por algunas calles aledañas a la iglesia, compramos unos chocolates buenos, pero caros, y nos regresamos a la estación de trenes. Ir a Chartes es ir a una iglesia. En el pueblo no hay mucho más. Sin embargo, el viaje, vale la pena.
De regreso en París fuimos a diversos eventos culturales. El primero de ellos fue un concierto de tributo a Queen. Fuimos Ana y yo acompañados de otros tres amigos. Por fortuna compramos boletos de la parte de atrás que eran más baratos. Desde nuestros asientos, el impostor parecía idéntico a Freddie Mercury. Se movía con la misma elegancia y se vestía con la misma falta de gusto. Al principio, el concierto empezó un poco acartonado y la sensación de que eran unos cantantes de tributo era patente. Después de tres canciones, el cantante invitó al público a acercarse hasta enfrente, y nosotros avanzamos todo el lugar y nos colocamos adelante de la primera fila de asientos. Desde ahí pudimos ver que el bigote era falso, el pelo lo traía pintado, y que en el fondo "freddie" era un inglés güero que no se parecía tanto. Sin embargo sus movimientos, y sobre todo su forma de cantar evocaban casi de manera perfecta al cantante de Queen. Estando entre multitud y a unos metros del escenario el concierto se sintió mucho mejor, y por ahí de Bohemian Rapsody yo olvidé que se trataba de un tributo. Alcancé a chocar mi mano con la de Freddie y por un instante me sentí contento. Después me limpié el sudor en la camisa de la persona de enfrente. Salimos muy contentos del concierto, pues vendían cerveza y tocaron la mayoría de las buenas canciones de Queen. Acaso faltó Bicycle race. Los perdono.
Otro espectáculo que fuimos a ver, esta vez sólo Ana y yo, fue una obra de teatro a la Comedie Française, un teatro que existe desde 1680 y donde Moliere presentaba sus piezas. Queríamos boletos para ver el Cyrano, pero estaban vendidos por varios meses, y decidimos entrar a ver una obra de Lope de Vega (en francés) que se llama Pedro et le Commandeur. El edificio esta impecable. La sala guarda una decoración antigua de muy buen gusto y se sentía majestuosa. La obra fue bastante buena, y la dirección de un clásico, con elementos de teatro moderno, nos dieron para una muy agradable sesión.
En París hemos visitado un montón de lugares y restaurantes, pero Ana no se conforma. Aterrorizada porque en unos meses dejaremos la ciudad de la luz, se propuso hacer una lista exhaustiva de los lugares a visitar. Entre restaurantes, museos, y otros sitios de interés parece que tendremos un segundo semestre ajetreado. Ya por lo pronto este mes fuimos al museo de Quai Branly, que es mejor como edificio que como museo. Vimos ahí adentro piezas de todo el mundo y a mí no me quedaba claro si la pieza que tenía enfrente era de Dakota o de la India. Otro día fuimos a la iglesia de la Madeleine y luego a Saint Sulpice, donde vimos una nota aclaratoria que desmentía lo dicho en el Código da Vinci. Fuimos después a la tumba de Napoleón y al museo de Rodin entre otras cosas. Aveces yo me arrastraba como molusco sin su concha. En una de nuestras deambulaciones turísticas nos tocó ver una huelga, que según vi en la contraportada de un libro, es el segundo deporte nacional de los franceses, después de la petanque. La petanque es un juego de canincas que se juega con pelotas tipo la bala que lanzan en las olimpiadas. Los viejitos con boina juegan y apuestan en todos los parques disponibles. Avientan primero una pelotita chica, y luego con las "balas" juegan a ver quien queda más cerca. Se puede mover las pelotas del contrario para alejarlas del objetivo. Cuando hay cagada de perro, -como es frecuente en París- la dificultad es avanzada.
Los fines de semana seguimos con la actitud de hacer fiesta y pasarla muy bien. Volvimos con guitarra a cantar bajo la torre Eiffel. Saliendo de un antro en Champs Elysee, fuimos a buscar un lugar donde comer. Pizza Pino acababa de cerrar. En el camino todavía cargábamos la euforia de la fiesta y cantábamos por la banqueta. De pronto un grupo de señoras libanesas se unieron a nuestro canto y se tomaron fotos con nosotros. Les sugerimos hacer una tabla gimnástica. No entendieron muy bien a qué nos referíamos, y nos conformamos con una pirámide humana. Yo era uno de los de a mero abajo. Cuando se fueron después de tomarse sus fotos comentamos que las pobres debían andar muy tomaditas. Luego se me ocurrió que hacer un "split" en medio de la avenida sería una buena idea. Tomamos una foto, y la evidencia demuestra que no soy un buen gimnasta. Hice la hazaña de intentar el split varias veces más y después me enfrenté en un "danceoff" a un amigo que me retó. Comenzamos con bailes sencillos, pero elegantes. De pronto él sacó taltento y se agarró el pie izquierdo con la mano derecha y saltaba con la otra pierna hacia adelante y hacia atrás sin soltar su mano del pie como si fuera una cuerda para saltar. Yo no podía competir contra eso, no podía arriesgar a intentarlo, pues un tropiezo sería mi tumba en la competencia, además imitar la movida del contraincante nunca es bien visto, a menos que puedas hacerlo con mucho más estilo. Lo que hizo era equiparable a sacarse el calzón sin quitarse los pantalones. No quería lastimarme, pero decidí echar toda la carne al asador y me tiré al suelo, acostándome de lado. Comencé a patalear con mucha rapidez y todo mi cuerpo empezó a girar. Di varias vueltas sobre mi propio eje como la tierra (movimiento de rotación, examen de geografía 5to grado). Con esa movida sencilla pero original, logré el alarido del público, los aplausos, y la aprobación. Vencí el talento con la creatividad. Cuando me levanté, mi chamarra estaba un poco sucia de la manga derecha y en el público había un poco más de gente que mis amigos. Me sonrrojé un poco, me sacudí el brazo como si nada hubiera pasado, y nos fuimos al pomme de pain a comer un sandwich. Luego fuimos por vino y la guitarra y continuamos cantando bajo la torre Eiffel junto a los militares. Esta vez no aguantamos al amanecer. Al día siguiente me levanté con moretones en las rodillas y un desgarre inguinal causado por los intentos de "split" y reconfirmé que la gimnasia no es lo mío.
Monday, January 29, 2007
Madrid
Lo de la bomba, literalmente era cierto. Al llegar a la Terminal 4 nos topamos con que ETA había roto la tregua con el gobierno de Rodríguez Zapatero. (¿Tiene algo que ver este apellido con López Obrador?) El caso es que uno de los estacionamientos estaba desplomado y murieron dos ecuatorianos en el ataque. Algunas de las puertas estaban cerradas, y tuvimos que salir del aeropuerto luego de pasar por un corredor aglomerado. Llegamos al departamento de mi hermana y al instante corroboré algo horroroso: su departamento es mucho más grande que el mío. Después descubrí algo peor, pagan bastante menos que nosotros. En general mi estancia en Madrid me hizo ver que a pesar de que tienen la misma moneda, París es más caro en sus restaurantes, en los servicios, en las cervezas… y eso que se supone que ahora España se ha encarecido.
Ese día en la noche celebramos el año nuevo en el departamento de mi hermana con algunos amigos de ella que vinieron al departamento. Otra diferencia notable entre París y Madrid; en el departamento de mi hermana no hubo vecinos que salieran a pedorrearnos porque hacíamos mucho ruido en la noche.
En los siguientes días logré combinar el estudio con el turisteo, pues me llevé una odiosa tarea para las vacaciones con el paseo. Ana fue con mi hermana a algunos lugares que yo ya conocía, y yo me quedaba estudiando. A veces, cuando salían temprano a algún museo, yo me volvía a dormir hasta tarde, pero a Ana siempre le dije que estaba estudiando arduamente. No me vean así. Eran vacaciones, y no hay cosa más apropiada que hacer las maquinaciones necesarias para dormir bien y largo. Moralmente no es reprehensible mi conducta. La teleología de las vacaciones es el descanso, y el sueño es la mejor forma que conozco para combatir la fatiga.
Algunos de los lugares que sí visité fueron el foro sol, el cine, el museo Thyssen, al cual no había ido, y constaté que es una verdadera joya. Casi hasta podría afirmar que me gustó más que el museo del Prado. Pero bueno, pongo el casi porque prefiero evitar que me señalen con el dedo. En realidad el museo vale bien la pena una visita. Desconozco las razones por las cuales no goza de mayor fama. Una buena teoría es que no tengo idea de qué museos gozan de buena fama. Otra es simplemente pensar que la fama apesta. ¡Tanta gente famosa que aborrezco! Además del museo, nos paseamos por el parque el retiro, en donde vimos un precioso pájaro carpintero color verde con la cabeza roja, y constatamos que hasta las urracas son bonitas en Madrid. En lugar del tradicional plumaje todo negro, acá visten con el pecho blanco, lo que les da un poco de caché. Las desdichadas aves, en lugar de parecer una paloma sumergida en petróleo, dan el aire de vestir esmoquin. Ahí en el retiro caminamos por unos puestos navideños y nos metimos a un patinadero de hielo. También pasamos por el palacio de cristal, que entre sus vidrios más altos refractaba haces de luz color azul, verde y amarillo. El sol se ponía por detrás. Ahí también vimos a un hippie que traía libreta y pluma en mano y con una guitarra parecía estar componiendo al atardecer. Lo que seguramente habría sido un éxito de canción fue interrumpido por un gendarme que le pedía levantarse del jardín en donde estaba sentado, pues ahí estaba prohibido según debía interpretarse de forma clara con la existencia de un barandal. Otros de los días en Madrid fuimos a ver el palacio real y la catedral de la Almudena. No fuimos a las Ventas a ver el deporte taurino que tanto le gustaba a Hemingway porque estamos en contra de lo que en esas plazas realizan. También porque no era temporada.
En la noche acudimos a un restaurante de tapas que se llama Lateral y disfrutamos de diferentes delicias: chistorra, jamón serrano, chiles toreados (que acá tenían un nombre más sofisticado), camarones, croquetas y otras cosas.
Uno de los días nos fuimos a pasarlo en Toledo. Tomamos el metro hasta la estación Méndez Álvaro y ahí tomamos un autobús. Mientras hacíamos la fila para comprar el boleto y ante el desánimo del grupo, me despegué unos instantes sólo para regresar con una muy agradable sorpresa para todos. En la puerta de la estación me había encontrado a un tipo de bigote tupido, de boina y que portaba una chamarra con el nombre de un negocio: Instalaciones Eléctricas Alfredo Martínez. Convencí a mi cuñado, Alfredo Martínez, de que me acompañara para compartir mi grandioso descubrimiento. Al verlo se regocijó como si los Tigres golearan en un clásico, y posó a un lado de él mientras yo le tomé la foto del recuerdo. En Toledo pasamos un día agradable. Visitamos la catedral que es vertiginosamente vertical y vespertina vestida vengadora vendetta (ya se me acabaron las palabras con v). Luego entramos a ver el entierro del Conde de Orgaz ( con ese nombre, seguro la pasaba bien en vida) y nos paseamos por el pueblo. Vi unas de las espadas que necesitaba para mi colección que aún no empiezo. Todos me vieron con cara de reproche y sin decir nada me preguntaban que cómo pensaba transportar eso a mi casa. Sin decir nada tampoco contesté que tenían quizá razón pero que las espadas no dejaban de ser bonitas. Están chidas, me limité a proferir mientras un vendedor refunfuñaba porque las saqué de su funda.
Una cosa más que hicimos en Madrid fue acudir al espectáculo musical de Nacho Cano donde un grupo canta y baila estilo boyband todas las canciones de Mecano. La historia era pésima y podría haber sido escrita por un niño de 13 años. La coreografía era bastante buena, e incluso me sucedió que por primera vez en una obra musical del tipo, identifiqué a una bailarina que no era muy atractiva (había otras que sí lo eran) y la seguí durante casi toda la obra por lo bien que bailaba. Incluso hacía algo de pop-n-lock. Aunque la pasamos muy bien, estuvo un poco caro y bastante largo. El espectáculo duró cuatro horas, y mi nalga izquierda se durmió desde poco después de la mitad. Al final del show, me daban ganas de seguir cantando el título de la obra: hoy no me puedo levantar. No sé si era la euforia de escuchar las canciones de Mecano, o era el letargo clínico al que había sometido a mi trasero. Al salir me di cuenta de que desgraciadamente, se aprovecharon del éxito del pasado de Mecano para ahora volver a hacer exitosa una obra mediocre. La conclusión: las canciones de Mecano son muy buenas.
El regreso a París fue aterrador porque nuestro vuelo salía como a eso de las 6:00 de la mañana. Pusimos el despertador a las 3:00 y el taxi llegó por nosotros a las 3:30. Aguantamos las horas de aeropuerto, pero sin la comodidad de tienditas y revisterías abiertas. Me subí al vuelo y tuve la fortuna de que me tocó un niño encantador a un lado. Hacía un ruidito que sonaba igualito al tanque felino cuando Panthro lo arrancaba, mientras movía un monito como si tuviera un cohete en la espalda. Lo malo es que ese ruidito no dejó de hacerlo cada 10 segundos durante la hora que estuvo el vuelo estacionado en la pista. Cuando despegamos parece que el niño se asustó y yo me regocijé. Hora y media más tarde me desperté asustado con el aterrizaje no muy ortodoxo del piloto. Solté un brevísimo alarido que por fortuna no fue muy fuerte y me prensé de los descansabrazos. Por unos segundos, cuando me despertó el aterrizaje yo juraba que el avión iba inclinado, con una ala rozando el suelo, y que ya todo valió madre. El gritito que me aventé lo contuve casi a tiempo, y luego seguí haciendo ruidos como bostezos para disimular mi efímero terror. Al final, me esperaba otra vez París, y mi casa, todavía sin frío.
Ese día en la noche celebramos el año nuevo en el departamento de mi hermana con algunos amigos de ella que vinieron al departamento. Otra diferencia notable entre París y Madrid; en el departamento de mi hermana no hubo vecinos que salieran a pedorrearnos porque hacíamos mucho ruido en la noche.
En los siguientes días logré combinar el estudio con el turisteo, pues me llevé una odiosa tarea para las vacaciones con el paseo. Ana fue con mi hermana a algunos lugares que yo ya conocía, y yo me quedaba estudiando. A veces, cuando salían temprano a algún museo, yo me volvía a dormir hasta tarde, pero a Ana siempre le dije que estaba estudiando arduamente. No me vean así. Eran vacaciones, y no hay cosa más apropiada que hacer las maquinaciones necesarias para dormir bien y largo. Moralmente no es reprehensible mi conducta. La teleología de las vacaciones es el descanso, y el sueño es la mejor forma que conozco para combatir la fatiga.
Algunos de los lugares que sí visité fueron el foro sol, el cine, el museo Thyssen, al cual no había ido, y constaté que es una verdadera joya. Casi hasta podría afirmar que me gustó más que el museo del Prado. Pero bueno, pongo el casi porque prefiero evitar que me señalen con el dedo. En realidad el museo vale bien la pena una visita. Desconozco las razones por las cuales no goza de mayor fama. Una buena teoría es que no tengo idea de qué museos gozan de buena fama. Otra es simplemente pensar que la fama apesta. ¡Tanta gente famosa que aborrezco! Además del museo, nos paseamos por el parque el retiro, en donde vimos un precioso pájaro carpintero color verde con la cabeza roja, y constatamos que hasta las urracas son bonitas en Madrid. En lugar del tradicional plumaje todo negro, acá visten con el pecho blanco, lo que les da un poco de caché. Las desdichadas aves, en lugar de parecer una paloma sumergida en petróleo, dan el aire de vestir esmoquin. Ahí en el retiro caminamos por unos puestos navideños y nos metimos a un patinadero de hielo. También pasamos por el palacio de cristal, que entre sus vidrios más altos refractaba haces de luz color azul, verde y amarillo. El sol se ponía por detrás. Ahí también vimos a un hippie que traía libreta y pluma en mano y con una guitarra parecía estar componiendo al atardecer. Lo que seguramente habría sido un éxito de canción fue interrumpido por un gendarme que le pedía levantarse del jardín en donde estaba sentado, pues ahí estaba prohibido según debía interpretarse de forma clara con la existencia de un barandal. Otros de los días en Madrid fuimos a ver el palacio real y la catedral de la Almudena. No fuimos a las Ventas a ver el deporte taurino que tanto le gustaba a Hemingway porque estamos en contra de lo que en esas plazas realizan. También porque no era temporada.
En la noche acudimos a un restaurante de tapas que se llama Lateral y disfrutamos de diferentes delicias: chistorra, jamón serrano, chiles toreados (que acá tenían un nombre más sofisticado), camarones, croquetas y otras cosas.
Uno de los días nos fuimos a pasarlo en Toledo. Tomamos el metro hasta la estación Méndez Álvaro y ahí tomamos un autobús. Mientras hacíamos la fila para comprar el boleto y ante el desánimo del grupo, me despegué unos instantes sólo para regresar con una muy agradable sorpresa para todos. En la puerta de la estación me había encontrado a un tipo de bigote tupido, de boina y que portaba una chamarra con el nombre de un negocio: Instalaciones Eléctricas Alfredo Martínez. Convencí a mi cuñado, Alfredo Martínez, de que me acompañara para compartir mi grandioso descubrimiento. Al verlo se regocijó como si los Tigres golearan en un clásico, y posó a un lado de él mientras yo le tomé la foto del recuerdo. En Toledo pasamos un día agradable. Visitamos la catedral que es vertiginosamente vertical y vespertina vestida vengadora vendetta (ya se me acabaron las palabras con v). Luego entramos a ver el entierro del Conde de Orgaz ( con ese nombre, seguro la pasaba bien en vida) y nos paseamos por el pueblo. Vi unas de las espadas que necesitaba para mi colección que aún no empiezo. Todos me vieron con cara de reproche y sin decir nada me preguntaban que cómo pensaba transportar eso a mi casa. Sin decir nada tampoco contesté que tenían quizá razón pero que las espadas no dejaban de ser bonitas. Están chidas, me limité a proferir mientras un vendedor refunfuñaba porque las saqué de su funda.
Una cosa más que hicimos en Madrid fue acudir al espectáculo musical de Nacho Cano donde un grupo canta y baila estilo boyband todas las canciones de Mecano. La historia era pésima y podría haber sido escrita por un niño de 13 años. La coreografía era bastante buena, e incluso me sucedió que por primera vez en una obra musical del tipo, identifiqué a una bailarina que no era muy atractiva (había otras que sí lo eran) y la seguí durante casi toda la obra por lo bien que bailaba. Incluso hacía algo de pop-n-lock. Aunque la pasamos muy bien, estuvo un poco caro y bastante largo. El espectáculo duró cuatro horas, y mi nalga izquierda se durmió desde poco después de la mitad. Al final del show, me daban ganas de seguir cantando el título de la obra: hoy no me puedo levantar. No sé si era la euforia de escuchar las canciones de Mecano, o era el letargo clínico al que había sometido a mi trasero. Al salir me di cuenta de que desgraciadamente, se aprovecharon del éxito del pasado de Mecano para ahora volver a hacer exitosa una obra mediocre. La conclusión: las canciones de Mecano son muy buenas.
El regreso a París fue aterrador porque nuestro vuelo salía como a eso de las 6:00 de la mañana. Pusimos el despertador a las 3:00 y el taxi llegó por nosotros a las 3:30. Aguantamos las horas de aeropuerto, pero sin la comodidad de tienditas y revisterías abiertas. Me subí al vuelo y tuve la fortuna de que me tocó un niño encantador a un lado. Hacía un ruidito que sonaba igualito al tanque felino cuando Panthro lo arrancaba, mientras movía un monito como si tuviera un cohete en la espalda. Lo malo es que ese ruidito no dejó de hacerlo cada 10 segundos durante la hora que estuvo el vuelo estacionado en la pista. Cuando despegamos parece que el niño se asustó y yo me regocijé. Hora y media más tarde me desperté asustado con el aterrizaje no muy ortodoxo del piloto. Solté un brevísimo alarido que por fortuna no fue muy fuerte y me prensé de los descansabrazos. Por unos segundos, cuando me despertó el aterrizaje yo juraba que el avión iba inclinado, con una ala rozando el suelo, y que ya todo valió madre. El gritito que me aventé lo contuve casi a tiempo, y luego seguí haciendo ruidos como bostezos para disimular mi efímero terror. Al final, me esperaba otra vez París, y mi casa, todavía sin frío.
Friday, January 19, 2007
Egipto
A las cuatro cuarenta y cinco de la mañana habíamos pedido un taxi para que nos llevara a una terminal de autobuses. Una compañía de aviones low cost (vulgo pollera) nos llevaría a las 8:30am desde un aeropuerto (vulgo bodega) que está muy lejos de París hacia Madrid. No quería quejarme ni del horario, ni de la incomodidad del embarque, pues me había ahorrado unos euros (que estos días andan muy valiosos) y finalmente llegaría a donde quería ir. De lo que sí no puedo evitar la congoja es del ridículo espacio que había entre cada asiento, y de que el avión, a pesar de ser nuevo, había omitido la ventajosa función de reclinar los respaldos en sus asientos. Dada mi gran versatilidad, y el cansancio que arrastraba por mi desmañanada, aún en la posición menos ortodoxa, logré dormir una vez apoltronado en mi asiento. Poco me despertó el despegue del avión, y lo único que impidió que el sueño fuera constante era la sutil delicadeza de las aeromozas para ofrecerme –en venta- una bebida o un boleto para una rifa de un carro. Después llegamos a Madrid, sólo para enterarnos que era aún muy temprano para documentar nuestras maletas a Egipto. Tomamos un pequeño sandgüich de jamón serrano para pasar el rato. Observamos maravillados la bonita estructura de la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas, y luego cuando abrieron, finalmente documentamos nuestro equipaje a Egipto. Íbamos primero a una playa en el mar rojo, aunque haríamos escala en El Cairo. Las maletas no pudieron ser documentadas directamente hasta la playa y las tendríamos que recoger en El Cairo para pasar aduanas. El vuelo fue retrasado de forma que al llegar teníamos sólo 30 minutos para pasar aduanas, pagar nuestra visa, recoger nuestro equipaje, cambiar de Terminal, documentar nuestras maletas y abordar el vuelo a Sharm el Sheik. Más por la desorganización del aeropuerto que por otra cosa logramos llegar diez minutos antes de que saliera el vuelo y logramos que subieran nuestras maletas al avión. Ahora veo los avances tecnológicos y la supuesta refinación logística de los aeropuertos gringos como una gran mentira y una oda a la burocracia. Empiezo a entender los beneficios de la anarquía. (Leer el hombre que fue jueves de G.K.Chesterton)
Llegando a Sharm el Sheik nos recibió un taxista en el aeropuerto, y nos llevó al hotel. Ahí encontramos a mi hermana y mi cuñado, a quienes tenía tiempo de no ver justo antes de medianoche. El trayecto que comenzó a las 4 de la mañana apenas fue compensado por el gusto de ver la panza de mi hermana que 5 meses atrás había quedado embarazada por primera vez.
En Sharm el Sheik pasamos unos ratos agradables en la alberca del hotel, bajamos a tocar el Mar Rojo que estaba a una temperatura sólo apta para nórdicos y esquimales. En el centro fuimos a varios casinos y nos divertimos jugando al negrojuán. Entre Ana y yo logramos la asombrosa tarea de jugar varias horas (juntando los varios días que acudimos) sin perder un solo dólar. En ocasiones conseguíamos alcohol gratis, y la diversión entonces nos salió barata. Tuve la excelente mesura de pedir una carta adicional cuando tenía 17 en dos ocasiones. Normalmente el libro dice que no debes pedir otra carta, pero en el libro mejorado que pienso escribir dirá que eso es una barbaridad. En ambas ocasiones me dieron un 4 y saqué un jugoso 21. Y como suena a árabe, yo decía Jaifaib. Ahí en esta ciudad de Sharm el Sheik poco pudimos disfrutar de la playa, pues el clima estuvo más frío de lo normal. Cambiamos el tiempo de meditación contemplativa ante las olas por paseos en el centro del pueblo. Fuimos a varios mercados donde se venden las cosas más útiles para el hogar. Conocí a unos de los vendedores más pegajosos y molestos de mi vida. Todos querían venderte algo pero elegían la pésima estrategia de asediarte cuando ni siquiera habías visto sus productos. El resultado era que no entrabas a ninguna tienda pues el mejor antídoto era seguir caminando. No pudimos ver muchas de las cosas que vendían, pero aún así compre una chicha con tabaco de sabores. También tuvimos el placer de degustar comida egipcia que no es nada mala. Recuerdo haber probado un platillo que se llama Molokeya, que era un pollo con una cremosa salsa de cacahuate. Comimos también especialidades libanesas y árabes. El último día en Sharm el Sheik habíamos planeado un paseo en camello en el desierto. Nos llevarían a las montañas rocosas, en las que no hay más que piedras y arena, íbamos a pasear en camello cuarenta minutos, y tomar un té egipcio mientras el sol se pondría. Nada de esto sucedió, pues ese día hubo una tormenta de aire, y había mucha arena volando. Tuvimos que quedarnos en el hotel que no estaba preparado para esto. Cuando le preguntamos al director que qué podríamos hacer, después de explicarle que no nos interesaba ir al gimnasio, admitió que el hotel estaba hecho para estar afuera, y de forma educada dijo que nos chingábamos.
Encontramos la forma de que el tiempo pasara, y al día siguiente muy de mañana salimos rumbo al aeropuerto hacia El Cairo. Algo que no debo dejar pasar es mencionar que los taxis en Egipto son carros antiquísimos. Parece que dejarán el mofle en cualquier tope, o que se caerá la puerta al abrirla. Esto se conjuga muy bien con la manía de los conductores por ignorar que existen carriles y la desconsiderada velocidad a la que aceleran un bólido que si acaso tiene frenos, seguro no son de disco ABS. Tuvimos varios sustos o aventuras, como quiera llamársele.
A nuestra llegada a El Cairo dedicamos unas horas al descanso antes de comer y salir a conocer la ciudad. Luego ya en la tarde nos dirigimos al mercado Kane Kalili (no sé si así se escriba, pero al menos así se escucha) donde los vendedores eran un poco menos ofensivos que en Sharm el Sheik. Pasamos entre varias tiendas de cosas espantosas, y de magníficas chichas. Pasamos por el famoso café Fishawy, pero ante el sucio ambiente, mi hermana y mi cuñado se rehusaron a que nos sentáramos a tomar algo. Salimos del mercado, y ya en la plaza, frente a una mezquita, tomé una cocacola en árabe y algunas fotos para el recuerdo.
Al día siguiente nos levantamos temprano para ir a las famosas pirámides. Pasó por nosotros una bonita camioneta tipo combi y nos recibió una hermosa (por su sabiduría, que no por su redondita figura) guía que nos iba explicando lo que se vive en Egipto. Se llamaba Dalia. Insinuamos que la gente no quería al presidente/dictadorzuelo que está en el poder, y antes de contestarnos se puso nerviosa e intercambió unas palabras con el conductor. Al parecer llegaron a un acuerdo, y efectivamente nos comentó que nadie quiere al presidente, pero que él encarcela a los opositores. Dejamos el tema y nos concentramos en lo cultural. Cuando íbamos llegando a Keops (la pirámide más grande) pregunté si se podía subir y me contestó que no. Desatisfecho con la respuesta, me mostré insistente e incluso llegué a traicionar mi integridad. Barajé con Dalia la posibilidad de ofrecer un soborno al guardia para que me deje subir hasta arriba. Recibió mi comentario como ofensa y sin humor. Al bajarnos frente a la pirámide pregunté qué pasaría si comienzo a correr hacia arriba sin pedir permiso, y me dijo que los militares me dispararían, pues pensarían que soy un terrorista. Cómo veía que me hacía mucha ilusión subir a la pirámide, para callarme de una vez comentó que Michael Jackson había ofrecido millones al gobierno para que le permitieran grabar un video musical, y que fueron rechazados. Metí mi mano al bolsillo izquierdo, lo volteé por completo, y sin necesidad de abrir mi cartera me resigné a la idea de subir.
Disfrutamos la vista de las pirámides, tomamos las fotos obligadas, y luego llegamos a un lugar donde había camellos. Esta vez no dejaríamos pasar la oportunidad. Un tipo que se parece a Bin Laden que manejaba el atajo de camellos nos ofreció el viaje y aceptamos. Montamos cada quién un camello, y a la orden del pimp egipcio se levantaron. Es una experiencia extraña porque son más altos de lo que parece cuando están echados en la arena. El pimp barbudo nos quizo meter gol con el precio, pues nos lo dio una vez que estábamos arriba y con la ancha sonrisa en la cara, pero luego de una negociada bajamos sus pretensiones. Los camellos nos llevaron por unos 20 minutos frente a las pirámides, nos paramos a tomar unas fotos en las que salimos los cuatro, cada uno en su camello con las pirámides detrás. En ese momento pasó un individuo montado en un burro y sin que yo pudiera decir nada, me abrió una cocacola en egipcio que me cayó bien, pero que tuve que pagar. Otra vez la movida de cobrar ya que estás montado. Nimodo. Luego nos bajamos de los camellos y fuimos a ver la famosa esfinge. Todo fue divertido. En la tarde, antes de llevarnos a otras pirámides menos bien hechas nos llevaron a comer y a un par de tiendas en las que no compramos nada, y la guía no obtuvo comisión. En la noche fuimos a un buen restaurante bar a orillas del Nilo (esto de orillas del Nilo suena más interesante que lo que en realidad es). Normalmente los ríos están en un cauce que está hundido entre dos calles de asfalto; lo más curioso del Nilo es que está al mismo nivel que las calles que están a su lado y hay fango en las orillas. Ahí en el Sequoia (así se llamaba el lugar) degustamos platillos de comida árabe/egipcia, fumamos chicha sabor cereza y tomamos vino por un precio bastante cómodo.
Al día siguiente visitamos una mezquita en el citadel bastante elegante. Luego fuimos al museo egipcio que es verdaderamente triste. Lo más triste es que tiene cosas fabulosas, pero el museo está en las ruinas. Ahí vimos lo que encontraron en la tumba de Tutankamón. Los sarcófagos y la máscara de oro son verdaderamente deslumbrantes. Ya había visto esa máscara tantas veces en la portada de National Geographic, que pensé que no me impresionaría, pero me equivoqué. Es una pieza única. Por más que el museo sea terrible, el puro tesoro de Tutankamón es más que un museo. Quizá por eso no se ven en la necesidad de remozar las paredes o de organizar las piezas; saben que seguiremos yendo a ver aquello.
En la tarde teníamos tiempo libre antes de regresar a Madrid. Me apresuré a sugerir que regresáramos al mercado para, ahora sí, sentarme en el café Fishawy a fumar chicha y tomar té egipcio. Mi cuñado y mi hermana se negaron. Me fui con Ana al Fishawy, mientras ellos se regresarían a descansar al hotel. Al llegar, pasamos por calles llenas de sangre y pieles de cordero. Los musulmanes tenían su primer día de fiesta, y por tradición degollaban un borreguito. No sé si eso de aventar la sangre a la calle y dejar los cueros tirados sea parte del rito, pero así lo hacen. Al llegar al mercado esta vez nos dejó el taxista del otro lado de una calle de doble carril, y cruzamos por un conveniente túnel que estaba justo ahí. En el túnel bajamos las escaleras, y había tres pasadizos paralelos que llegaban al mismo lugar: la acera de enfrente. Me sentí en Indianajones, y después de un rápido proceso mental, elegí el túnel de en medio. Después de varios pasos me di cuenta que era el túnel menos concurrido, pero ignoraba por qué. A la mitad del cruce comenzó a oler a orines, y de pronto… vi un trozo de mierda en el suelo; seguramente humana; el hedor era insoportable. Me sentía todavía en Indianajones y la mierda tomaba forma de cara que me decía: “you have not chosen wisely”, mientras me echaba el aliento que me deshacía la piel cual si fuera ácido muriático. Ana no sintió nada de esto ni vio cuando la mierda nos hablaba, pero sí dijo que olía mal. Salimos sanos y salvos del otro lado, porque Harrison Ford nunca se muere, ni cuando lo va a aplastar la rueda gigante. Llegamos al mercado, y nos sentamos en el café Fishawy, pedimos chicha y té egipcio. Está vez hice la elección correcta. Vimos un montón de turistas de muchas partes del mundo. En nuestra mesa (en casi todo el mundo menos en Monterrey, cuando los lugares se llenan la gente comparte mesa) sentaron a una pareja de la India. Intercambiamos algunas ideas, y pasamos una tarde agradable. Además cumplí mi deseo que parecía que se me frustraría de ir al Fishawy. Regresamos al hotel, y por la noche fuimos a otro restaurante a orillas del Nilo. Al día siguiente nos esperaba una bomba en Madrid. Llegaríamos a festejar el año nuevo.
Llegando a Sharm el Sheik nos recibió un taxista en el aeropuerto, y nos llevó al hotel. Ahí encontramos a mi hermana y mi cuñado, a quienes tenía tiempo de no ver justo antes de medianoche. El trayecto que comenzó a las 4 de la mañana apenas fue compensado por el gusto de ver la panza de mi hermana que 5 meses atrás había quedado embarazada por primera vez.
En Sharm el Sheik pasamos unos ratos agradables en la alberca del hotel, bajamos a tocar el Mar Rojo que estaba a una temperatura sólo apta para nórdicos y esquimales. En el centro fuimos a varios casinos y nos divertimos jugando al negrojuán. Entre Ana y yo logramos la asombrosa tarea de jugar varias horas (juntando los varios días que acudimos) sin perder un solo dólar. En ocasiones conseguíamos alcohol gratis, y la diversión entonces nos salió barata. Tuve la excelente mesura de pedir una carta adicional cuando tenía 17 en dos ocasiones. Normalmente el libro dice que no debes pedir otra carta, pero en el libro mejorado que pienso escribir dirá que eso es una barbaridad. En ambas ocasiones me dieron un 4 y saqué un jugoso 21. Y como suena a árabe, yo decía Jaifaib. Ahí en esta ciudad de Sharm el Sheik poco pudimos disfrutar de la playa, pues el clima estuvo más frío de lo normal. Cambiamos el tiempo de meditación contemplativa ante las olas por paseos en el centro del pueblo. Fuimos a varios mercados donde se venden las cosas más útiles para el hogar. Conocí a unos de los vendedores más pegajosos y molestos de mi vida. Todos querían venderte algo pero elegían la pésima estrategia de asediarte cuando ni siquiera habías visto sus productos. El resultado era que no entrabas a ninguna tienda pues el mejor antídoto era seguir caminando. No pudimos ver muchas de las cosas que vendían, pero aún así compre una chicha con tabaco de sabores. También tuvimos el placer de degustar comida egipcia que no es nada mala. Recuerdo haber probado un platillo que se llama Molokeya, que era un pollo con una cremosa salsa de cacahuate. Comimos también especialidades libanesas y árabes. El último día en Sharm el Sheik habíamos planeado un paseo en camello en el desierto. Nos llevarían a las montañas rocosas, en las que no hay más que piedras y arena, íbamos a pasear en camello cuarenta minutos, y tomar un té egipcio mientras el sol se pondría. Nada de esto sucedió, pues ese día hubo una tormenta de aire, y había mucha arena volando. Tuvimos que quedarnos en el hotel que no estaba preparado para esto. Cuando le preguntamos al director que qué podríamos hacer, después de explicarle que no nos interesaba ir al gimnasio, admitió que el hotel estaba hecho para estar afuera, y de forma educada dijo que nos chingábamos.
Encontramos la forma de que el tiempo pasara, y al día siguiente muy de mañana salimos rumbo al aeropuerto hacia El Cairo. Algo que no debo dejar pasar es mencionar que los taxis en Egipto son carros antiquísimos. Parece que dejarán el mofle en cualquier tope, o que se caerá la puerta al abrirla. Esto se conjuga muy bien con la manía de los conductores por ignorar que existen carriles y la desconsiderada velocidad a la que aceleran un bólido que si acaso tiene frenos, seguro no son de disco ABS. Tuvimos varios sustos o aventuras, como quiera llamársele.
A nuestra llegada a El Cairo dedicamos unas horas al descanso antes de comer y salir a conocer la ciudad. Luego ya en la tarde nos dirigimos al mercado Kane Kalili (no sé si así se escriba, pero al menos así se escucha) donde los vendedores eran un poco menos ofensivos que en Sharm el Sheik. Pasamos entre varias tiendas de cosas espantosas, y de magníficas chichas. Pasamos por el famoso café Fishawy, pero ante el sucio ambiente, mi hermana y mi cuñado se rehusaron a que nos sentáramos a tomar algo. Salimos del mercado, y ya en la plaza, frente a una mezquita, tomé una cocacola en árabe y algunas fotos para el recuerdo.
Al día siguiente nos levantamos temprano para ir a las famosas pirámides. Pasó por nosotros una bonita camioneta tipo combi y nos recibió una hermosa (por su sabiduría, que no por su redondita figura) guía que nos iba explicando lo que se vive en Egipto. Se llamaba Dalia. Insinuamos que la gente no quería al presidente/dictadorzuelo que está en el poder, y antes de contestarnos se puso nerviosa e intercambió unas palabras con el conductor. Al parecer llegaron a un acuerdo, y efectivamente nos comentó que nadie quiere al presidente, pero que él encarcela a los opositores. Dejamos el tema y nos concentramos en lo cultural. Cuando íbamos llegando a Keops (la pirámide más grande) pregunté si se podía subir y me contestó que no. Desatisfecho con la respuesta, me mostré insistente e incluso llegué a traicionar mi integridad. Barajé con Dalia la posibilidad de ofrecer un soborno al guardia para que me deje subir hasta arriba. Recibió mi comentario como ofensa y sin humor. Al bajarnos frente a la pirámide pregunté qué pasaría si comienzo a correr hacia arriba sin pedir permiso, y me dijo que los militares me dispararían, pues pensarían que soy un terrorista. Cómo veía que me hacía mucha ilusión subir a la pirámide, para callarme de una vez comentó que Michael Jackson había ofrecido millones al gobierno para que le permitieran grabar un video musical, y que fueron rechazados. Metí mi mano al bolsillo izquierdo, lo volteé por completo, y sin necesidad de abrir mi cartera me resigné a la idea de subir.
Disfrutamos la vista de las pirámides, tomamos las fotos obligadas, y luego llegamos a un lugar donde había camellos. Esta vez no dejaríamos pasar la oportunidad. Un tipo que se parece a Bin Laden que manejaba el atajo de camellos nos ofreció el viaje y aceptamos. Montamos cada quién un camello, y a la orden del pimp egipcio se levantaron. Es una experiencia extraña porque son más altos de lo que parece cuando están echados en la arena. El pimp barbudo nos quizo meter gol con el precio, pues nos lo dio una vez que estábamos arriba y con la ancha sonrisa en la cara, pero luego de una negociada bajamos sus pretensiones. Los camellos nos llevaron por unos 20 minutos frente a las pirámides, nos paramos a tomar unas fotos en las que salimos los cuatro, cada uno en su camello con las pirámides detrás. En ese momento pasó un individuo montado en un burro y sin que yo pudiera decir nada, me abrió una cocacola en egipcio que me cayó bien, pero que tuve que pagar. Otra vez la movida de cobrar ya que estás montado. Nimodo. Luego nos bajamos de los camellos y fuimos a ver la famosa esfinge. Todo fue divertido. En la tarde, antes de llevarnos a otras pirámides menos bien hechas nos llevaron a comer y a un par de tiendas en las que no compramos nada, y la guía no obtuvo comisión. En la noche fuimos a un buen restaurante bar a orillas del Nilo (esto de orillas del Nilo suena más interesante que lo que en realidad es). Normalmente los ríos están en un cauce que está hundido entre dos calles de asfalto; lo más curioso del Nilo es que está al mismo nivel que las calles que están a su lado y hay fango en las orillas. Ahí en el Sequoia (así se llamaba el lugar) degustamos platillos de comida árabe/egipcia, fumamos chicha sabor cereza y tomamos vino por un precio bastante cómodo.
Al día siguiente visitamos una mezquita en el citadel bastante elegante. Luego fuimos al museo egipcio que es verdaderamente triste. Lo más triste es que tiene cosas fabulosas, pero el museo está en las ruinas. Ahí vimos lo que encontraron en la tumba de Tutankamón. Los sarcófagos y la máscara de oro son verdaderamente deslumbrantes. Ya había visto esa máscara tantas veces en la portada de National Geographic, que pensé que no me impresionaría, pero me equivoqué. Es una pieza única. Por más que el museo sea terrible, el puro tesoro de Tutankamón es más que un museo. Quizá por eso no se ven en la necesidad de remozar las paredes o de organizar las piezas; saben que seguiremos yendo a ver aquello.
En la tarde teníamos tiempo libre antes de regresar a Madrid. Me apresuré a sugerir que regresáramos al mercado para, ahora sí, sentarme en el café Fishawy a fumar chicha y tomar té egipcio. Mi cuñado y mi hermana se negaron. Me fui con Ana al Fishawy, mientras ellos se regresarían a descansar al hotel. Al llegar, pasamos por calles llenas de sangre y pieles de cordero. Los musulmanes tenían su primer día de fiesta, y por tradición degollaban un borreguito. No sé si eso de aventar la sangre a la calle y dejar los cueros tirados sea parte del rito, pero así lo hacen. Al llegar al mercado esta vez nos dejó el taxista del otro lado de una calle de doble carril, y cruzamos por un conveniente túnel que estaba justo ahí. En el túnel bajamos las escaleras, y había tres pasadizos paralelos que llegaban al mismo lugar: la acera de enfrente. Me sentí en Indianajones, y después de un rápido proceso mental, elegí el túnel de en medio. Después de varios pasos me di cuenta que era el túnel menos concurrido, pero ignoraba por qué. A la mitad del cruce comenzó a oler a orines, y de pronto… vi un trozo de mierda en el suelo; seguramente humana; el hedor era insoportable. Me sentía todavía en Indianajones y la mierda tomaba forma de cara que me decía: “you have not chosen wisely”, mientras me echaba el aliento que me deshacía la piel cual si fuera ácido muriático. Ana no sintió nada de esto ni vio cuando la mierda nos hablaba, pero sí dijo que olía mal. Salimos sanos y salvos del otro lado, porque Harrison Ford nunca se muere, ni cuando lo va a aplastar la rueda gigante. Llegamos al mercado, y nos sentamos en el café Fishawy, pedimos chicha y té egipcio. Está vez hice la elección correcta. Vimos un montón de turistas de muchas partes del mundo. En nuestra mesa (en casi todo el mundo menos en Monterrey, cuando los lugares se llenan la gente comparte mesa) sentaron a una pareja de la India. Intercambiamos algunas ideas, y pasamos una tarde agradable. Además cumplí mi deseo que parecía que se me frustraría de ir al Fishawy. Regresamos al hotel, y por la noche fuimos a otro restaurante a orillas del Nilo. Al día siguiente nos esperaba una bomba en Madrid. Llegaríamos a festejar el año nuevo.
Tuesday, January 16, 2007
Paris IV
Muchos años después, frente al congelador de mi departamento, el suscrito González Hinojosa, habría de recordar aquella vez en que mi padre me llevó a conocer la nieve. Fue una mañana extraña en la que en mi ciudad natal, usualmente cálida, cayeron unos pedazos de lluvia congelada que no se derritieron al instante, y permitieron que mi hermana moldeara un pequeño hombrecillo de nieve que duro unos 30 segundos. Cuando ella volteó para enseñárselo a mi mamá, yo ya le había dado una mordida en la cabeza. En esta ocasión, mis esperanzas de que cayera precipitación sólida sobre el suelo de París, se han visto reducidas a la constante congelación del compartimiento de mi refrigerador que debería servir para congelar algo, y no congelarse a sí mismo. En repetidas ocasiones he tenido que repetir la tarea de acuchillar todo el hielo que se pega y que impide que saquemos el plástico de cubitos de hielos que estaba adentro para nuestras bebidas. Después de una media hora de constante repiqueteo y casi apunto de la desesperación por no poder descongelarlo, recordé aquella primera vez en que vi la nieve, y decidí dar unas mordidas al hielo que –de forma muy lenta- se desprendía de las paredes y caía al suelo del refrigerador. El hielo, con más sabor a tierra que a nieve, me recordó aquel pasaje de mi infancia y me brindó unos momentos de paz en medio de la guerra que sostenía.
El caso es que ha hecho poco frío comparado con otros inviernos. El calentamiento global es algo que normalmente es estudiado por los científicos y que yo creo haber abordado en la secundaria y quizá en la prepa. Si en esas épocas tuviera que hacer una lista ordenada de los temas que nos educaban, colocaría al calentamiento global antes que la historia de Xicoténcatl, y dos peldaños debajo de la Osa Mayor. Después de ver una película de Al Gore en donde además de una oportunidad de reafirmarse como un ciudadano impecable trataba con lucidez el tema me di cuenta que quizá sí se trata de un tema delicado. Un invierno en París sin nieve hasta la fecha es una tragedia que no puedo soportar más. Por este medio, hágase mi condena más enérgica al Presidente Bush para que firme de una vez el tratado de Kyoto.
Pasando a temas menos banales, he de describir que en Diciembre hubo varios eventos divertidos en Paris, aún a pesar de la ausencia de la nieve. Durante este mes han caído casi la totalidad de las hojas de los árboles, que sin embargo se siguen viendo agradables. He seguido mis estudios con mucho cuidado, haciendo un esfuerzo para lograr no esforzarme más de lo necesario. He frecuentado diversos restaurantes y cafés, sin dejar de ir al cine o a paseos por la ciudad. Las luces de Navidad se hicieron presentes durante el mes, y el espíritu endemoniado de compras atiborraba los comercios de modo que estaban intransitables. Resultaba cómico acudir a las tiendas de departamento, sólo para ver las peleas por la última camisa de talla mediana color fucsia. Resultaba cómodo no acudir a las tiendas que estaban como discoteca de moda: con precios altos, llenas de gente y un servicio pésimo. No pude escaparme del compromiso de hacer algunas compras.
Durante este mes muchas de las personas que fueron mis amigos, amigas de combate contra la proliferación del alcohol regresaron a México. No partieron sin unas últimas fiestas, y los últimos esfuerzos por drenar el nocivo etanol de los lugares públicos de París. Más de una vez logramos disfrutar de despedidas y fiestas cargadas de buen ambiente, baile y un poco de vómito de emociones. La comunidad de Mexicanos que nos encontrábamos en Paris organizamos una posada a la que asistimos casi treinta personas. Es un número muy importante considerando que a mi llegada, en ocasiones no lograba conseguir a una persona siquiera para que nos acompañara a mí y a mi esposa en la noche de un sábado. La posada comenzó con mucho estilo, en un restaurante en el que nos sirvieron varios platillos de cena, y nos dieron algo de vino. Seguimos con un poco de ron, y nos divertimos bailando, y cantamos algunos villancicos. Cuando el dueño del lugar decidió que debíamos irnos, cruzamos al único bar que se encontraba abierto, y tomamos un ron producido en uno de los DOM, sin duda el peor bar que he conocido, y el peor ron que he probado. De cualquier forma seguíamos pasándola bien, hasta que tuvimos la gran idea de ir por mi guitarra y trasladarnos a la Torre Eiffel para entonar algunas melodías. Agarramos cuanto alcohol nos quedaba en los cuartos y nos fuimos a cantar. En la Torre sólo había un par de militares armados de metralleta que no se molestaron con nuestro buen ambiente. Incluso sonrieron (capacidad que yo creía habían perdido desde la segunda guerra) al vernos tan animados. Esa noche y sólo para contradecir lo que venía diciendo antes de que no hace frío, bajó a cero grados. Nuestra sangre azteca, deseosa de sufrimiento que no conseguíamos en París, nos llevó a una fiesta a la intemperie que soportamos con temple hasta el amanecer. Cuando el color del cielo tenía 4 franjas de distintos colores y el sol aún no se asomaba, tomamos algunas buenas fotos en Trocadero con la torre entre nosotros y el horizonte. En la orilla, nos subíamos al pretil desde donde saltábamos justo antes de tomar la foto para que pareciera que volábamos frente a la torre. Nos divertimos bastante, tanto que se nos olvidaba que era una posada, o que nos despedíamos de mucha gente que no habremos de volver a encontrar en París. La tristeza vino hasta después, cuando poco a poco, los amigos nos dejaban en una ciudad que parecería desolada en tiempo de Navidad. Seguí acudiendo a clases más por inercia que por ganas hasta el sábado 23 de diciembre. El día 24 tenía planeado un viaje épico con mi hermana.
El caso es que ha hecho poco frío comparado con otros inviernos. El calentamiento global es algo que normalmente es estudiado por los científicos y que yo creo haber abordado en la secundaria y quizá en la prepa. Si en esas épocas tuviera que hacer una lista ordenada de los temas que nos educaban, colocaría al calentamiento global antes que la historia de Xicoténcatl, y dos peldaños debajo de la Osa Mayor. Después de ver una película de Al Gore en donde además de una oportunidad de reafirmarse como un ciudadano impecable trataba con lucidez el tema me di cuenta que quizá sí se trata de un tema delicado. Un invierno en París sin nieve hasta la fecha es una tragedia que no puedo soportar más. Por este medio, hágase mi condena más enérgica al Presidente Bush para que firme de una vez el tratado de Kyoto.
Pasando a temas menos banales, he de describir que en Diciembre hubo varios eventos divertidos en Paris, aún a pesar de la ausencia de la nieve. Durante este mes han caído casi la totalidad de las hojas de los árboles, que sin embargo se siguen viendo agradables. He seguido mis estudios con mucho cuidado, haciendo un esfuerzo para lograr no esforzarme más de lo necesario. He frecuentado diversos restaurantes y cafés, sin dejar de ir al cine o a paseos por la ciudad. Las luces de Navidad se hicieron presentes durante el mes, y el espíritu endemoniado de compras atiborraba los comercios de modo que estaban intransitables. Resultaba cómico acudir a las tiendas de departamento, sólo para ver las peleas por la última camisa de talla mediana color fucsia. Resultaba cómodo no acudir a las tiendas que estaban como discoteca de moda: con precios altos, llenas de gente y un servicio pésimo. No pude escaparme del compromiso de hacer algunas compras.
Durante este mes muchas de las personas que fueron mis amigos, amigas de combate contra la proliferación del alcohol regresaron a México. No partieron sin unas últimas fiestas, y los últimos esfuerzos por drenar el nocivo etanol de los lugares públicos de París. Más de una vez logramos disfrutar de despedidas y fiestas cargadas de buen ambiente, baile y un poco de vómito de emociones. La comunidad de Mexicanos que nos encontrábamos en Paris organizamos una posada a la que asistimos casi treinta personas. Es un número muy importante considerando que a mi llegada, en ocasiones no lograba conseguir a una persona siquiera para que nos acompañara a mí y a mi esposa en la noche de un sábado. La posada comenzó con mucho estilo, en un restaurante en el que nos sirvieron varios platillos de cena, y nos dieron algo de vino. Seguimos con un poco de ron, y nos divertimos bailando, y cantamos algunos villancicos. Cuando el dueño del lugar decidió que debíamos irnos, cruzamos al único bar que se encontraba abierto, y tomamos un ron producido en uno de los DOM, sin duda el peor bar que he conocido, y el peor ron que he probado. De cualquier forma seguíamos pasándola bien, hasta que tuvimos la gran idea de ir por mi guitarra y trasladarnos a la Torre Eiffel para entonar algunas melodías. Agarramos cuanto alcohol nos quedaba en los cuartos y nos fuimos a cantar. En la Torre sólo había un par de militares armados de metralleta que no se molestaron con nuestro buen ambiente. Incluso sonrieron (capacidad que yo creía habían perdido desde la segunda guerra) al vernos tan animados. Esa noche y sólo para contradecir lo que venía diciendo antes de que no hace frío, bajó a cero grados. Nuestra sangre azteca, deseosa de sufrimiento que no conseguíamos en París, nos llevó a una fiesta a la intemperie que soportamos con temple hasta el amanecer. Cuando el color del cielo tenía 4 franjas de distintos colores y el sol aún no se asomaba, tomamos algunas buenas fotos en Trocadero con la torre entre nosotros y el horizonte. En la orilla, nos subíamos al pretil desde donde saltábamos justo antes de tomar la foto para que pareciera que volábamos frente a la torre. Nos divertimos bastante, tanto que se nos olvidaba que era una posada, o que nos despedíamos de mucha gente que no habremos de volver a encontrar en París. La tristeza vino hasta después, cuando poco a poco, los amigos nos dejaban en una ciudad que parecería desolada en tiempo de Navidad. Seguí acudiendo a clases más por inercia que por ganas hasta el sábado 23 de diciembre. El día 24 tenía planeado un viaje épico con mi hermana.
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