Lo de la bomba, literalmente era cierto. Al llegar a la Terminal 4 nos topamos con que ETA había roto la tregua con el gobierno de Rodríguez Zapatero. (¿Tiene algo que ver este apellido con López Obrador?) El caso es que uno de los estacionamientos estaba desplomado y murieron dos ecuatorianos en el ataque. Algunas de las puertas estaban cerradas, y tuvimos que salir del aeropuerto luego de pasar por un corredor aglomerado. Llegamos al departamento de mi hermana y al instante corroboré algo horroroso: su departamento es mucho más grande que el mío. Después descubrí algo peor, pagan bastante menos que nosotros. En general mi estancia en Madrid me hizo ver que a pesar de que tienen la misma moneda, París es más caro en sus restaurantes, en los servicios, en las cervezas… y eso que se supone que ahora España se ha encarecido.
Ese día en la noche celebramos el año nuevo en el departamento de mi hermana con algunos amigos de ella que vinieron al departamento. Otra diferencia notable entre París y Madrid; en el departamento de mi hermana no hubo vecinos que salieran a pedorrearnos porque hacíamos mucho ruido en la noche.
En los siguientes días logré combinar el estudio con el turisteo, pues me llevé una odiosa tarea para las vacaciones con el paseo. Ana fue con mi hermana a algunos lugares que yo ya conocía, y yo me quedaba estudiando. A veces, cuando salían temprano a algún museo, yo me volvía a dormir hasta tarde, pero a Ana siempre le dije que estaba estudiando arduamente. No me vean así. Eran vacaciones, y no hay cosa más apropiada que hacer las maquinaciones necesarias para dormir bien y largo. Moralmente no es reprehensible mi conducta. La teleología de las vacaciones es el descanso, y el sueño es la mejor forma que conozco para combatir la fatiga.
Algunos de los lugares que sí visité fueron el foro sol, el cine, el museo Thyssen, al cual no había ido, y constaté que es una verdadera joya. Casi hasta podría afirmar que me gustó más que el museo del Prado. Pero bueno, pongo el casi porque prefiero evitar que me señalen con el dedo. En realidad el museo vale bien la pena una visita. Desconozco las razones por las cuales no goza de mayor fama. Una buena teoría es que no tengo idea de qué museos gozan de buena fama. Otra es simplemente pensar que la fama apesta. ¡Tanta gente famosa que aborrezco! Además del museo, nos paseamos por el parque el retiro, en donde vimos un precioso pájaro carpintero color verde con la cabeza roja, y constatamos que hasta las urracas son bonitas en Madrid. En lugar del tradicional plumaje todo negro, acá visten con el pecho blanco, lo que les da un poco de caché. Las desdichadas aves, en lugar de parecer una paloma sumergida en petróleo, dan el aire de vestir esmoquin. Ahí en el retiro caminamos por unos puestos navideños y nos metimos a un patinadero de hielo. También pasamos por el palacio de cristal, que entre sus vidrios más altos refractaba haces de luz color azul, verde y amarillo. El sol se ponía por detrás. Ahí también vimos a un hippie que traía libreta y pluma en mano y con una guitarra parecía estar componiendo al atardecer. Lo que seguramente habría sido un éxito de canción fue interrumpido por un gendarme que le pedía levantarse del jardín en donde estaba sentado, pues ahí estaba prohibido según debía interpretarse de forma clara con la existencia de un barandal. Otros de los días en Madrid fuimos a ver el palacio real y la catedral de la Almudena. No fuimos a las Ventas a ver el deporte taurino que tanto le gustaba a Hemingway porque estamos en contra de lo que en esas plazas realizan. También porque no era temporada.
En la noche acudimos a un restaurante de tapas que se llama Lateral y disfrutamos de diferentes delicias: chistorra, jamón serrano, chiles toreados (que acá tenían un nombre más sofisticado), camarones, croquetas y otras cosas.
Uno de los días nos fuimos a pasarlo en Toledo. Tomamos el metro hasta la estación Méndez Álvaro y ahí tomamos un autobús. Mientras hacíamos la fila para comprar el boleto y ante el desánimo del grupo, me despegué unos instantes sólo para regresar con una muy agradable sorpresa para todos. En la puerta de la estación me había encontrado a un tipo de bigote tupido, de boina y que portaba una chamarra con el nombre de un negocio: Instalaciones Eléctricas Alfredo Martínez. Convencí a mi cuñado, Alfredo Martínez, de que me acompañara para compartir mi grandioso descubrimiento. Al verlo se regocijó como si los Tigres golearan en un clásico, y posó a un lado de él mientras yo le tomé la foto del recuerdo. En Toledo pasamos un día agradable. Visitamos la catedral que es vertiginosamente vertical y vespertina vestida vengadora vendetta (ya se me acabaron las palabras con v). Luego entramos a ver el entierro del Conde de Orgaz ( con ese nombre, seguro la pasaba bien en vida) y nos paseamos por el pueblo. Vi unas de las espadas que necesitaba para mi colección que aún no empiezo. Todos me vieron con cara de reproche y sin decir nada me preguntaban que cómo pensaba transportar eso a mi casa. Sin decir nada tampoco contesté que tenían quizá razón pero que las espadas no dejaban de ser bonitas. Están chidas, me limité a proferir mientras un vendedor refunfuñaba porque las saqué de su funda.
Una cosa más que hicimos en Madrid fue acudir al espectáculo musical de Nacho Cano donde un grupo canta y baila estilo boyband todas las canciones de Mecano. La historia era pésima y podría haber sido escrita por un niño de 13 años. La coreografía era bastante buena, e incluso me sucedió que por primera vez en una obra musical del tipo, identifiqué a una bailarina que no era muy atractiva (había otras que sí lo eran) y la seguí durante casi toda la obra por lo bien que bailaba. Incluso hacía algo de pop-n-lock. Aunque la pasamos muy bien, estuvo un poco caro y bastante largo. El espectáculo duró cuatro horas, y mi nalga izquierda se durmió desde poco después de la mitad. Al final del show, me daban ganas de seguir cantando el título de la obra: hoy no me puedo levantar. No sé si era la euforia de escuchar las canciones de Mecano, o era el letargo clínico al que había sometido a mi trasero. Al salir me di cuenta de que desgraciadamente, se aprovecharon del éxito del pasado de Mecano para ahora volver a hacer exitosa una obra mediocre. La conclusión: las canciones de Mecano son muy buenas.
El regreso a París fue aterrador porque nuestro vuelo salía como a eso de las 6:00 de la mañana. Pusimos el despertador a las 3:00 y el taxi llegó por nosotros a las 3:30. Aguantamos las horas de aeropuerto, pero sin la comodidad de tienditas y revisterías abiertas. Me subí al vuelo y tuve la fortuna de que me tocó un niño encantador a un lado. Hacía un ruidito que sonaba igualito al tanque felino cuando Panthro lo arrancaba, mientras movía un monito como si tuviera un cohete en la espalda. Lo malo es que ese ruidito no dejó de hacerlo cada 10 segundos durante la hora que estuvo el vuelo estacionado en la pista. Cuando despegamos parece que el niño se asustó y yo me regocijé. Hora y media más tarde me desperté asustado con el aterrizaje no muy ortodoxo del piloto. Solté un brevísimo alarido que por fortuna no fue muy fuerte y me prensé de los descansabrazos. Por unos segundos, cuando me despertó el aterrizaje yo juraba que el avión iba inclinado, con una ala rozando el suelo, y que ya todo valió madre. El gritito que me aventé lo contuve casi a tiempo, y luego seguí haciendo ruidos como bostezos para disimular mi efímero terror. Al final, me esperaba otra vez París, y mi casa, todavía sin frío.
Monday, January 29, 2007
Friday, January 19, 2007
Egipto
A las cuatro cuarenta y cinco de la mañana habíamos pedido un taxi para que nos llevara a una terminal de autobuses. Una compañía de aviones low cost (vulgo pollera) nos llevaría a las 8:30am desde un aeropuerto (vulgo bodega) que está muy lejos de París hacia Madrid. No quería quejarme ni del horario, ni de la incomodidad del embarque, pues me había ahorrado unos euros (que estos días andan muy valiosos) y finalmente llegaría a donde quería ir. De lo que sí no puedo evitar la congoja es del ridículo espacio que había entre cada asiento, y de que el avión, a pesar de ser nuevo, había omitido la ventajosa función de reclinar los respaldos en sus asientos. Dada mi gran versatilidad, y el cansancio que arrastraba por mi desmañanada, aún en la posición menos ortodoxa, logré dormir una vez apoltronado en mi asiento. Poco me despertó el despegue del avión, y lo único que impidió que el sueño fuera constante era la sutil delicadeza de las aeromozas para ofrecerme –en venta- una bebida o un boleto para una rifa de un carro. Después llegamos a Madrid, sólo para enterarnos que era aún muy temprano para documentar nuestras maletas a Egipto. Tomamos un pequeño sandgüich de jamón serrano para pasar el rato. Observamos maravillados la bonita estructura de la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas, y luego cuando abrieron, finalmente documentamos nuestro equipaje a Egipto. Íbamos primero a una playa en el mar rojo, aunque haríamos escala en El Cairo. Las maletas no pudieron ser documentadas directamente hasta la playa y las tendríamos que recoger en El Cairo para pasar aduanas. El vuelo fue retrasado de forma que al llegar teníamos sólo 30 minutos para pasar aduanas, pagar nuestra visa, recoger nuestro equipaje, cambiar de Terminal, documentar nuestras maletas y abordar el vuelo a Sharm el Sheik. Más por la desorganización del aeropuerto que por otra cosa logramos llegar diez minutos antes de que saliera el vuelo y logramos que subieran nuestras maletas al avión. Ahora veo los avances tecnológicos y la supuesta refinación logística de los aeropuertos gringos como una gran mentira y una oda a la burocracia. Empiezo a entender los beneficios de la anarquía. (Leer el hombre que fue jueves de G.K.Chesterton)
Llegando a Sharm el Sheik nos recibió un taxista en el aeropuerto, y nos llevó al hotel. Ahí encontramos a mi hermana y mi cuñado, a quienes tenía tiempo de no ver justo antes de medianoche. El trayecto que comenzó a las 4 de la mañana apenas fue compensado por el gusto de ver la panza de mi hermana que 5 meses atrás había quedado embarazada por primera vez.
En Sharm el Sheik pasamos unos ratos agradables en la alberca del hotel, bajamos a tocar el Mar Rojo que estaba a una temperatura sólo apta para nórdicos y esquimales. En el centro fuimos a varios casinos y nos divertimos jugando al negrojuán. Entre Ana y yo logramos la asombrosa tarea de jugar varias horas (juntando los varios días que acudimos) sin perder un solo dólar. En ocasiones conseguíamos alcohol gratis, y la diversión entonces nos salió barata. Tuve la excelente mesura de pedir una carta adicional cuando tenía 17 en dos ocasiones. Normalmente el libro dice que no debes pedir otra carta, pero en el libro mejorado que pienso escribir dirá que eso es una barbaridad. En ambas ocasiones me dieron un 4 y saqué un jugoso 21. Y como suena a árabe, yo decía Jaifaib. Ahí en esta ciudad de Sharm el Sheik poco pudimos disfrutar de la playa, pues el clima estuvo más frío de lo normal. Cambiamos el tiempo de meditación contemplativa ante las olas por paseos en el centro del pueblo. Fuimos a varios mercados donde se venden las cosas más útiles para el hogar. Conocí a unos de los vendedores más pegajosos y molestos de mi vida. Todos querían venderte algo pero elegían la pésima estrategia de asediarte cuando ni siquiera habías visto sus productos. El resultado era que no entrabas a ninguna tienda pues el mejor antídoto era seguir caminando. No pudimos ver muchas de las cosas que vendían, pero aún así compre una chicha con tabaco de sabores. También tuvimos el placer de degustar comida egipcia que no es nada mala. Recuerdo haber probado un platillo que se llama Molokeya, que era un pollo con una cremosa salsa de cacahuate. Comimos también especialidades libanesas y árabes. El último día en Sharm el Sheik habíamos planeado un paseo en camello en el desierto. Nos llevarían a las montañas rocosas, en las que no hay más que piedras y arena, íbamos a pasear en camello cuarenta minutos, y tomar un té egipcio mientras el sol se pondría. Nada de esto sucedió, pues ese día hubo una tormenta de aire, y había mucha arena volando. Tuvimos que quedarnos en el hotel que no estaba preparado para esto. Cuando le preguntamos al director que qué podríamos hacer, después de explicarle que no nos interesaba ir al gimnasio, admitió que el hotel estaba hecho para estar afuera, y de forma educada dijo que nos chingábamos.
Encontramos la forma de que el tiempo pasara, y al día siguiente muy de mañana salimos rumbo al aeropuerto hacia El Cairo. Algo que no debo dejar pasar es mencionar que los taxis en Egipto son carros antiquísimos. Parece que dejarán el mofle en cualquier tope, o que se caerá la puerta al abrirla. Esto se conjuga muy bien con la manía de los conductores por ignorar que existen carriles y la desconsiderada velocidad a la que aceleran un bólido que si acaso tiene frenos, seguro no son de disco ABS. Tuvimos varios sustos o aventuras, como quiera llamársele.
A nuestra llegada a El Cairo dedicamos unas horas al descanso antes de comer y salir a conocer la ciudad. Luego ya en la tarde nos dirigimos al mercado Kane Kalili (no sé si así se escriba, pero al menos así se escucha) donde los vendedores eran un poco menos ofensivos que en Sharm el Sheik. Pasamos entre varias tiendas de cosas espantosas, y de magníficas chichas. Pasamos por el famoso café Fishawy, pero ante el sucio ambiente, mi hermana y mi cuñado se rehusaron a que nos sentáramos a tomar algo. Salimos del mercado, y ya en la plaza, frente a una mezquita, tomé una cocacola en árabe y algunas fotos para el recuerdo.
Al día siguiente nos levantamos temprano para ir a las famosas pirámides. Pasó por nosotros una bonita camioneta tipo combi y nos recibió una hermosa (por su sabiduría, que no por su redondita figura) guía que nos iba explicando lo que se vive en Egipto. Se llamaba Dalia. Insinuamos que la gente no quería al presidente/dictadorzuelo que está en el poder, y antes de contestarnos se puso nerviosa e intercambió unas palabras con el conductor. Al parecer llegaron a un acuerdo, y efectivamente nos comentó que nadie quiere al presidente, pero que él encarcela a los opositores. Dejamos el tema y nos concentramos en lo cultural. Cuando íbamos llegando a Keops (la pirámide más grande) pregunté si se podía subir y me contestó que no. Desatisfecho con la respuesta, me mostré insistente e incluso llegué a traicionar mi integridad. Barajé con Dalia la posibilidad de ofrecer un soborno al guardia para que me deje subir hasta arriba. Recibió mi comentario como ofensa y sin humor. Al bajarnos frente a la pirámide pregunté qué pasaría si comienzo a correr hacia arriba sin pedir permiso, y me dijo que los militares me dispararían, pues pensarían que soy un terrorista. Cómo veía que me hacía mucha ilusión subir a la pirámide, para callarme de una vez comentó que Michael Jackson había ofrecido millones al gobierno para que le permitieran grabar un video musical, y que fueron rechazados. Metí mi mano al bolsillo izquierdo, lo volteé por completo, y sin necesidad de abrir mi cartera me resigné a la idea de subir.
Disfrutamos la vista de las pirámides, tomamos las fotos obligadas, y luego llegamos a un lugar donde había camellos. Esta vez no dejaríamos pasar la oportunidad. Un tipo que se parece a Bin Laden que manejaba el atajo de camellos nos ofreció el viaje y aceptamos. Montamos cada quién un camello, y a la orden del pimp egipcio se levantaron. Es una experiencia extraña porque son más altos de lo que parece cuando están echados en la arena. El pimp barbudo nos quizo meter gol con el precio, pues nos lo dio una vez que estábamos arriba y con la ancha sonrisa en la cara, pero luego de una negociada bajamos sus pretensiones. Los camellos nos llevaron por unos 20 minutos frente a las pirámides, nos paramos a tomar unas fotos en las que salimos los cuatro, cada uno en su camello con las pirámides detrás. En ese momento pasó un individuo montado en un burro y sin que yo pudiera decir nada, me abrió una cocacola en egipcio que me cayó bien, pero que tuve que pagar. Otra vez la movida de cobrar ya que estás montado. Nimodo. Luego nos bajamos de los camellos y fuimos a ver la famosa esfinge. Todo fue divertido. En la tarde, antes de llevarnos a otras pirámides menos bien hechas nos llevaron a comer y a un par de tiendas en las que no compramos nada, y la guía no obtuvo comisión. En la noche fuimos a un buen restaurante bar a orillas del Nilo (esto de orillas del Nilo suena más interesante que lo que en realidad es). Normalmente los ríos están en un cauce que está hundido entre dos calles de asfalto; lo más curioso del Nilo es que está al mismo nivel que las calles que están a su lado y hay fango en las orillas. Ahí en el Sequoia (así se llamaba el lugar) degustamos platillos de comida árabe/egipcia, fumamos chicha sabor cereza y tomamos vino por un precio bastante cómodo.
Al día siguiente visitamos una mezquita en el citadel bastante elegante. Luego fuimos al museo egipcio que es verdaderamente triste. Lo más triste es que tiene cosas fabulosas, pero el museo está en las ruinas. Ahí vimos lo que encontraron en la tumba de Tutankamón. Los sarcófagos y la máscara de oro son verdaderamente deslumbrantes. Ya había visto esa máscara tantas veces en la portada de National Geographic, que pensé que no me impresionaría, pero me equivoqué. Es una pieza única. Por más que el museo sea terrible, el puro tesoro de Tutankamón es más que un museo. Quizá por eso no se ven en la necesidad de remozar las paredes o de organizar las piezas; saben que seguiremos yendo a ver aquello.
En la tarde teníamos tiempo libre antes de regresar a Madrid. Me apresuré a sugerir que regresáramos al mercado para, ahora sí, sentarme en el café Fishawy a fumar chicha y tomar té egipcio. Mi cuñado y mi hermana se negaron. Me fui con Ana al Fishawy, mientras ellos se regresarían a descansar al hotel. Al llegar, pasamos por calles llenas de sangre y pieles de cordero. Los musulmanes tenían su primer día de fiesta, y por tradición degollaban un borreguito. No sé si eso de aventar la sangre a la calle y dejar los cueros tirados sea parte del rito, pero así lo hacen. Al llegar al mercado esta vez nos dejó el taxista del otro lado de una calle de doble carril, y cruzamos por un conveniente túnel que estaba justo ahí. En el túnel bajamos las escaleras, y había tres pasadizos paralelos que llegaban al mismo lugar: la acera de enfrente. Me sentí en Indianajones, y después de un rápido proceso mental, elegí el túnel de en medio. Después de varios pasos me di cuenta que era el túnel menos concurrido, pero ignoraba por qué. A la mitad del cruce comenzó a oler a orines, y de pronto… vi un trozo de mierda en el suelo; seguramente humana; el hedor era insoportable. Me sentía todavía en Indianajones y la mierda tomaba forma de cara que me decía: “you have not chosen wisely”, mientras me echaba el aliento que me deshacía la piel cual si fuera ácido muriático. Ana no sintió nada de esto ni vio cuando la mierda nos hablaba, pero sí dijo que olía mal. Salimos sanos y salvos del otro lado, porque Harrison Ford nunca se muere, ni cuando lo va a aplastar la rueda gigante. Llegamos al mercado, y nos sentamos en el café Fishawy, pedimos chicha y té egipcio. Está vez hice la elección correcta. Vimos un montón de turistas de muchas partes del mundo. En nuestra mesa (en casi todo el mundo menos en Monterrey, cuando los lugares se llenan la gente comparte mesa) sentaron a una pareja de la India. Intercambiamos algunas ideas, y pasamos una tarde agradable. Además cumplí mi deseo que parecía que se me frustraría de ir al Fishawy. Regresamos al hotel, y por la noche fuimos a otro restaurante a orillas del Nilo. Al día siguiente nos esperaba una bomba en Madrid. Llegaríamos a festejar el año nuevo.
Llegando a Sharm el Sheik nos recibió un taxista en el aeropuerto, y nos llevó al hotel. Ahí encontramos a mi hermana y mi cuñado, a quienes tenía tiempo de no ver justo antes de medianoche. El trayecto que comenzó a las 4 de la mañana apenas fue compensado por el gusto de ver la panza de mi hermana que 5 meses atrás había quedado embarazada por primera vez.
En Sharm el Sheik pasamos unos ratos agradables en la alberca del hotel, bajamos a tocar el Mar Rojo que estaba a una temperatura sólo apta para nórdicos y esquimales. En el centro fuimos a varios casinos y nos divertimos jugando al negrojuán. Entre Ana y yo logramos la asombrosa tarea de jugar varias horas (juntando los varios días que acudimos) sin perder un solo dólar. En ocasiones conseguíamos alcohol gratis, y la diversión entonces nos salió barata. Tuve la excelente mesura de pedir una carta adicional cuando tenía 17 en dos ocasiones. Normalmente el libro dice que no debes pedir otra carta, pero en el libro mejorado que pienso escribir dirá que eso es una barbaridad. En ambas ocasiones me dieron un 4 y saqué un jugoso 21. Y como suena a árabe, yo decía Jaifaib. Ahí en esta ciudad de Sharm el Sheik poco pudimos disfrutar de la playa, pues el clima estuvo más frío de lo normal. Cambiamos el tiempo de meditación contemplativa ante las olas por paseos en el centro del pueblo. Fuimos a varios mercados donde se venden las cosas más útiles para el hogar. Conocí a unos de los vendedores más pegajosos y molestos de mi vida. Todos querían venderte algo pero elegían la pésima estrategia de asediarte cuando ni siquiera habías visto sus productos. El resultado era que no entrabas a ninguna tienda pues el mejor antídoto era seguir caminando. No pudimos ver muchas de las cosas que vendían, pero aún así compre una chicha con tabaco de sabores. También tuvimos el placer de degustar comida egipcia que no es nada mala. Recuerdo haber probado un platillo que se llama Molokeya, que era un pollo con una cremosa salsa de cacahuate. Comimos también especialidades libanesas y árabes. El último día en Sharm el Sheik habíamos planeado un paseo en camello en el desierto. Nos llevarían a las montañas rocosas, en las que no hay más que piedras y arena, íbamos a pasear en camello cuarenta minutos, y tomar un té egipcio mientras el sol se pondría. Nada de esto sucedió, pues ese día hubo una tormenta de aire, y había mucha arena volando. Tuvimos que quedarnos en el hotel que no estaba preparado para esto. Cuando le preguntamos al director que qué podríamos hacer, después de explicarle que no nos interesaba ir al gimnasio, admitió que el hotel estaba hecho para estar afuera, y de forma educada dijo que nos chingábamos.
Encontramos la forma de que el tiempo pasara, y al día siguiente muy de mañana salimos rumbo al aeropuerto hacia El Cairo. Algo que no debo dejar pasar es mencionar que los taxis en Egipto son carros antiquísimos. Parece que dejarán el mofle en cualquier tope, o que se caerá la puerta al abrirla. Esto se conjuga muy bien con la manía de los conductores por ignorar que existen carriles y la desconsiderada velocidad a la que aceleran un bólido que si acaso tiene frenos, seguro no son de disco ABS. Tuvimos varios sustos o aventuras, como quiera llamársele.
A nuestra llegada a El Cairo dedicamos unas horas al descanso antes de comer y salir a conocer la ciudad. Luego ya en la tarde nos dirigimos al mercado Kane Kalili (no sé si así se escriba, pero al menos así se escucha) donde los vendedores eran un poco menos ofensivos que en Sharm el Sheik. Pasamos entre varias tiendas de cosas espantosas, y de magníficas chichas. Pasamos por el famoso café Fishawy, pero ante el sucio ambiente, mi hermana y mi cuñado se rehusaron a que nos sentáramos a tomar algo. Salimos del mercado, y ya en la plaza, frente a una mezquita, tomé una cocacola en árabe y algunas fotos para el recuerdo.
Al día siguiente nos levantamos temprano para ir a las famosas pirámides. Pasó por nosotros una bonita camioneta tipo combi y nos recibió una hermosa (por su sabiduría, que no por su redondita figura) guía que nos iba explicando lo que se vive en Egipto. Se llamaba Dalia. Insinuamos que la gente no quería al presidente/dictadorzuelo que está en el poder, y antes de contestarnos se puso nerviosa e intercambió unas palabras con el conductor. Al parecer llegaron a un acuerdo, y efectivamente nos comentó que nadie quiere al presidente, pero que él encarcela a los opositores. Dejamos el tema y nos concentramos en lo cultural. Cuando íbamos llegando a Keops (la pirámide más grande) pregunté si se podía subir y me contestó que no. Desatisfecho con la respuesta, me mostré insistente e incluso llegué a traicionar mi integridad. Barajé con Dalia la posibilidad de ofrecer un soborno al guardia para que me deje subir hasta arriba. Recibió mi comentario como ofensa y sin humor. Al bajarnos frente a la pirámide pregunté qué pasaría si comienzo a correr hacia arriba sin pedir permiso, y me dijo que los militares me dispararían, pues pensarían que soy un terrorista. Cómo veía que me hacía mucha ilusión subir a la pirámide, para callarme de una vez comentó que Michael Jackson había ofrecido millones al gobierno para que le permitieran grabar un video musical, y que fueron rechazados. Metí mi mano al bolsillo izquierdo, lo volteé por completo, y sin necesidad de abrir mi cartera me resigné a la idea de subir.
Disfrutamos la vista de las pirámides, tomamos las fotos obligadas, y luego llegamos a un lugar donde había camellos. Esta vez no dejaríamos pasar la oportunidad. Un tipo que se parece a Bin Laden que manejaba el atajo de camellos nos ofreció el viaje y aceptamos. Montamos cada quién un camello, y a la orden del pimp egipcio se levantaron. Es una experiencia extraña porque son más altos de lo que parece cuando están echados en la arena. El pimp barbudo nos quizo meter gol con el precio, pues nos lo dio una vez que estábamos arriba y con la ancha sonrisa en la cara, pero luego de una negociada bajamos sus pretensiones. Los camellos nos llevaron por unos 20 minutos frente a las pirámides, nos paramos a tomar unas fotos en las que salimos los cuatro, cada uno en su camello con las pirámides detrás. En ese momento pasó un individuo montado en un burro y sin que yo pudiera decir nada, me abrió una cocacola en egipcio que me cayó bien, pero que tuve que pagar. Otra vez la movida de cobrar ya que estás montado. Nimodo. Luego nos bajamos de los camellos y fuimos a ver la famosa esfinge. Todo fue divertido. En la tarde, antes de llevarnos a otras pirámides menos bien hechas nos llevaron a comer y a un par de tiendas en las que no compramos nada, y la guía no obtuvo comisión. En la noche fuimos a un buen restaurante bar a orillas del Nilo (esto de orillas del Nilo suena más interesante que lo que en realidad es). Normalmente los ríos están en un cauce que está hundido entre dos calles de asfalto; lo más curioso del Nilo es que está al mismo nivel que las calles que están a su lado y hay fango en las orillas. Ahí en el Sequoia (así se llamaba el lugar) degustamos platillos de comida árabe/egipcia, fumamos chicha sabor cereza y tomamos vino por un precio bastante cómodo.
Al día siguiente visitamos una mezquita en el citadel bastante elegante. Luego fuimos al museo egipcio que es verdaderamente triste. Lo más triste es que tiene cosas fabulosas, pero el museo está en las ruinas. Ahí vimos lo que encontraron en la tumba de Tutankamón. Los sarcófagos y la máscara de oro son verdaderamente deslumbrantes. Ya había visto esa máscara tantas veces en la portada de National Geographic, que pensé que no me impresionaría, pero me equivoqué. Es una pieza única. Por más que el museo sea terrible, el puro tesoro de Tutankamón es más que un museo. Quizá por eso no se ven en la necesidad de remozar las paredes o de organizar las piezas; saben que seguiremos yendo a ver aquello.
En la tarde teníamos tiempo libre antes de regresar a Madrid. Me apresuré a sugerir que regresáramos al mercado para, ahora sí, sentarme en el café Fishawy a fumar chicha y tomar té egipcio. Mi cuñado y mi hermana se negaron. Me fui con Ana al Fishawy, mientras ellos se regresarían a descansar al hotel. Al llegar, pasamos por calles llenas de sangre y pieles de cordero. Los musulmanes tenían su primer día de fiesta, y por tradición degollaban un borreguito. No sé si eso de aventar la sangre a la calle y dejar los cueros tirados sea parte del rito, pero así lo hacen. Al llegar al mercado esta vez nos dejó el taxista del otro lado de una calle de doble carril, y cruzamos por un conveniente túnel que estaba justo ahí. En el túnel bajamos las escaleras, y había tres pasadizos paralelos que llegaban al mismo lugar: la acera de enfrente. Me sentí en Indianajones, y después de un rápido proceso mental, elegí el túnel de en medio. Después de varios pasos me di cuenta que era el túnel menos concurrido, pero ignoraba por qué. A la mitad del cruce comenzó a oler a orines, y de pronto… vi un trozo de mierda en el suelo; seguramente humana; el hedor era insoportable. Me sentía todavía en Indianajones y la mierda tomaba forma de cara que me decía: “you have not chosen wisely”, mientras me echaba el aliento que me deshacía la piel cual si fuera ácido muriático. Ana no sintió nada de esto ni vio cuando la mierda nos hablaba, pero sí dijo que olía mal. Salimos sanos y salvos del otro lado, porque Harrison Ford nunca se muere, ni cuando lo va a aplastar la rueda gigante. Llegamos al mercado, y nos sentamos en el café Fishawy, pedimos chicha y té egipcio. Está vez hice la elección correcta. Vimos un montón de turistas de muchas partes del mundo. En nuestra mesa (en casi todo el mundo menos en Monterrey, cuando los lugares se llenan la gente comparte mesa) sentaron a una pareja de la India. Intercambiamos algunas ideas, y pasamos una tarde agradable. Además cumplí mi deseo que parecía que se me frustraría de ir al Fishawy. Regresamos al hotel, y por la noche fuimos a otro restaurante a orillas del Nilo. Al día siguiente nos esperaba una bomba en Madrid. Llegaríamos a festejar el año nuevo.
Tuesday, January 16, 2007
Paris IV
Muchos años después, frente al congelador de mi departamento, el suscrito González Hinojosa, habría de recordar aquella vez en que mi padre me llevó a conocer la nieve. Fue una mañana extraña en la que en mi ciudad natal, usualmente cálida, cayeron unos pedazos de lluvia congelada que no se derritieron al instante, y permitieron que mi hermana moldeara un pequeño hombrecillo de nieve que duro unos 30 segundos. Cuando ella volteó para enseñárselo a mi mamá, yo ya le había dado una mordida en la cabeza. En esta ocasión, mis esperanzas de que cayera precipitación sólida sobre el suelo de París, se han visto reducidas a la constante congelación del compartimiento de mi refrigerador que debería servir para congelar algo, y no congelarse a sí mismo. En repetidas ocasiones he tenido que repetir la tarea de acuchillar todo el hielo que se pega y que impide que saquemos el plástico de cubitos de hielos que estaba adentro para nuestras bebidas. Después de una media hora de constante repiqueteo y casi apunto de la desesperación por no poder descongelarlo, recordé aquella primera vez en que vi la nieve, y decidí dar unas mordidas al hielo que –de forma muy lenta- se desprendía de las paredes y caía al suelo del refrigerador. El hielo, con más sabor a tierra que a nieve, me recordó aquel pasaje de mi infancia y me brindó unos momentos de paz en medio de la guerra que sostenía.
El caso es que ha hecho poco frío comparado con otros inviernos. El calentamiento global es algo que normalmente es estudiado por los científicos y que yo creo haber abordado en la secundaria y quizá en la prepa. Si en esas épocas tuviera que hacer una lista ordenada de los temas que nos educaban, colocaría al calentamiento global antes que la historia de Xicoténcatl, y dos peldaños debajo de la Osa Mayor. Después de ver una película de Al Gore en donde además de una oportunidad de reafirmarse como un ciudadano impecable trataba con lucidez el tema me di cuenta que quizá sí se trata de un tema delicado. Un invierno en París sin nieve hasta la fecha es una tragedia que no puedo soportar más. Por este medio, hágase mi condena más enérgica al Presidente Bush para que firme de una vez el tratado de Kyoto.
Pasando a temas menos banales, he de describir que en Diciembre hubo varios eventos divertidos en Paris, aún a pesar de la ausencia de la nieve. Durante este mes han caído casi la totalidad de las hojas de los árboles, que sin embargo se siguen viendo agradables. He seguido mis estudios con mucho cuidado, haciendo un esfuerzo para lograr no esforzarme más de lo necesario. He frecuentado diversos restaurantes y cafés, sin dejar de ir al cine o a paseos por la ciudad. Las luces de Navidad se hicieron presentes durante el mes, y el espíritu endemoniado de compras atiborraba los comercios de modo que estaban intransitables. Resultaba cómico acudir a las tiendas de departamento, sólo para ver las peleas por la última camisa de talla mediana color fucsia. Resultaba cómodo no acudir a las tiendas que estaban como discoteca de moda: con precios altos, llenas de gente y un servicio pésimo. No pude escaparme del compromiso de hacer algunas compras.
Durante este mes muchas de las personas que fueron mis amigos, amigas de combate contra la proliferación del alcohol regresaron a México. No partieron sin unas últimas fiestas, y los últimos esfuerzos por drenar el nocivo etanol de los lugares públicos de París. Más de una vez logramos disfrutar de despedidas y fiestas cargadas de buen ambiente, baile y un poco de vómito de emociones. La comunidad de Mexicanos que nos encontrábamos en Paris organizamos una posada a la que asistimos casi treinta personas. Es un número muy importante considerando que a mi llegada, en ocasiones no lograba conseguir a una persona siquiera para que nos acompañara a mí y a mi esposa en la noche de un sábado. La posada comenzó con mucho estilo, en un restaurante en el que nos sirvieron varios platillos de cena, y nos dieron algo de vino. Seguimos con un poco de ron, y nos divertimos bailando, y cantamos algunos villancicos. Cuando el dueño del lugar decidió que debíamos irnos, cruzamos al único bar que se encontraba abierto, y tomamos un ron producido en uno de los DOM, sin duda el peor bar que he conocido, y el peor ron que he probado. De cualquier forma seguíamos pasándola bien, hasta que tuvimos la gran idea de ir por mi guitarra y trasladarnos a la Torre Eiffel para entonar algunas melodías. Agarramos cuanto alcohol nos quedaba en los cuartos y nos fuimos a cantar. En la Torre sólo había un par de militares armados de metralleta que no se molestaron con nuestro buen ambiente. Incluso sonrieron (capacidad que yo creía habían perdido desde la segunda guerra) al vernos tan animados. Esa noche y sólo para contradecir lo que venía diciendo antes de que no hace frío, bajó a cero grados. Nuestra sangre azteca, deseosa de sufrimiento que no conseguíamos en París, nos llevó a una fiesta a la intemperie que soportamos con temple hasta el amanecer. Cuando el color del cielo tenía 4 franjas de distintos colores y el sol aún no se asomaba, tomamos algunas buenas fotos en Trocadero con la torre entre nosotros y el horizonte. En la orilla, nos subíamos al pretil desde donde saltábamos justo antes de tomar la foto para que pareciera que volábamos frente a la torre. Nos divertimos bastante, tanto que se nos olvidaba que era una posada, o que nos despedíamos de mucha gente que no habremos de volver a encontrar en París. La tristeza vino hasta después, cuando poco a poco, los amigos nos dejaban en una ciudad que parecería desolada en tiempo de Navidad. Seguí acudiendo a clases más por inercia que por ganas hasta el sábado 23 de diciembre. El día 24 tenía planeado un viaje épico con mi hermana.
El caso es que ha hecho poco frío comparado con otros inviernos. El calentamiento global es algo que normalmente es estudiado por los científicos y que yo creo haber abordado en la secundaria y quizá en la prepa. Si en esas épocas tuviera que hacer una lista ordenada de los temas que nos educaban, colocaría al calentamiento global antes que la historia de Xicoténcatl, y dos peldaños debajo de la Osa Mayor. Después de ver una película de Al Gore en donde además de una oportunidad de reafirmarse como un ciudadano impecable trataba con lucidez el tema me di cuenta que quizá sí se trata de un tema delicado. Un invierno en París sin nieve hasta la fecha es una tragedia que no puedo soportar más. Por este medio, hágase mi condena más enérgica al Presidente Bush para que firme de una vez el tratado de Kyoto.
Pasando a temas menos banales, he de describir que en Diciembre hubo varios eventos divertidos en Paris, aún a pesar de la ausencia de la nieve. Durante este mes han caído casi la totalidad de las hojas de los árboles, que sin embargo se siguen viendo agradables. He seguido mis estudios con mucho cuidado, haciendo un esfuerzo para lograr no esforzarme más de lo necesario. He frecuentado diversos restaurantes y cafés, sin dejar de ir al cine o a paseos por la ciudad. Las luces de Navidad se hicieron presentes durante el mes, y el espíritu endemoniado de compras atiborraba los comercios de modo que estaban intransitables. Resultaba cómico acudir a las tiendas de departamento, sólo para ver las peleas por la última camisa de talla mediana color fucsia. Resultaba cómodo no acudir a las tiendas que estaban como discoteca de moda: con precios altos, llenas de gente y un servicio pésimo. No pude escaparme del compromiso de hacer algunas compras.
Durante este mes muchas de las personas que fueron mis amigos, amigas de combate contra la proliferación del alcohol regresaron a México. No partieron sin unas últimas fiestas, y los últimos esfuerzos por drenar el nocivo etanol de los lugares públicos de París. Más de una vez logramos disfrutar de despedidas y fiestas cargadas de buen ambiente, baile y un poco de vómito de emociones. La comunidad de Mexicanos que nos encontrábamos en Paris organizamos una posada a la que asistimos casi treinta personas. Es un número muy importante considerando que a mi llegada, en ocasiones no lograba conseguir a una persona siquiera para que nos acompañara a mí y a mi esposa en la noche de un sábado. La posada comenzó con mucho estilo, en un restaurante en el que nos sirvieron varios platillos de cena, y nos dieron algo de vino. Seguimos con un poco de ron, y nos divertimos bailando, y cantamos algunos villancicos. Cuando el dueño del lugar decidió que debíamos irnos, cruzamos al único bar que se encontraba abierto, y tomamos un ron producido en uno de los DOM, sin duda el peor bar que he conocido, y el peor ron que he probado. De cualquier forma seguíamos pasándola bien, hasta que tuvimos la gran idea de ir por mi guitarra y trasladarnos a la Torre Eiffel para entonar algunas melodías. Agarramos cuanto alcohol nos quedaba en los cuartos y nos fuimos a cantar. En la Torre sólo había un par de militares armados de metralleta que no se molestaron con nuestro buen ambiente. Incluso sonrieron (capacidad que yo creía habían perdido desde la segunda guerra) al vernos tan animados. Esa noche y sólo para contradecir lo que venía diciendo antes de que no hace frío, bajó a cero grados. Nuestra sangre azteca, deseosa de sufrimiento que no conseguíamos en París, nos llevó a una fiesta a la intemperie que soportamos con temple hasta el amanecer. Cuando el color del cielo tenía 4 franjas de distintos colores y el sol aún no se asomaba, tomamos algunas buenas fotos en Trocadero con la torre entre nosotros y el horizonte. En la orilla, nos subíamos al pretil desde donde saltábamos justo antes de tomar la foto para que pareciera que volábamos frente a la torre. Nos divertimos bastante, tanto que se nos olvidaba que era una posada, o que nos despedíamos de mucha gente que no habremos de volver a encontrar en París. La tristeza vino hasta después, cuando poco a poco, los amigos nos dejaban en una ciudad que parecería desolada en tiempo de Navidad. Seguí acudiendo a clases más por inercia que por ganas hasta el sábado 23 de diciembre. El día 24 tenía planeado un viaje épico con mi hermana.
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