Tuesday, January 16, 2007

Paris IV

Muchos años después, frente al congelador de mi departamento, el suscrito González Hinojosa, habría de recordar aquella vez en que mi padre me llevó a conocer la nieve. Fue una mañana extraña en la que en mi ciudad natal, usualmente cálida, cayeron unos pedazos de lluvia congelada que no se derritieron al instante, y permitieron que mi hermana moldeara un pequeño hombrecillo de nieve que duro unos 30 segundos. Cuando ella volteó para enseñárselo a mi mamá, yo ya le había dado una mordida en la cabeza. En esta ocasión, mis esperanzas de que cayera precipitación sólida sobre el suelo de París, se han visto reducidas a la constante congelación del compartimiento de mi refrigerador que debería servir para congelar algo, y no congelarse a sí mismo. En repetidas ocasiones he tenido que repetir la tarea de acuchillar todo el hielo que se pega y que impide que saquemos el plástico de cubitos de hielos que estaba adentro para nuestras bebidas. Después de una media hora de constante repiqueteo y casi apunto de la desesperación por no poder descongelarlo, recordé aquella primera vez en que vi la nieve, y decidí dar unas mordidas al hielo que –de forma muy lenta- se desprendía de las paredes y caía al suelo del refrigerador. El hielo, con más sabor a tierra que a nieve, me recordó aquel pasaje de mi infancia y me brindó unos momentos de paz en medio de la guerra que sostenía.
El caso es que ha hecho poco frío comparado con otros inviernos. El calentamiento global es algo que normalmente es estudiado por los científicos y que yo creo haber abordado en la secundaria y quizá en la prepa. Si en esas épocas tuviera que hacer una lista ordenada de los temas que nos educaban, colocaría al calentamiento global antes que la historia de Xicoténcatl, y dos peldaños debajo de la Osa Mayor. Después de ver una película de Al Gore en donde además de una oportunidad de reafirmarse como un ciudadano impecable trataba con lucidez el tema me di cuenta que quizá sí se trata de un tema delicado. Un invierno en París sin nieve hasta la fecha es una tragedia que no puedo soportar más. Por este medio, hágase mi condena más enérgica al Presidente Bush para que firme de una vez el tratado de Kyoto.
Pasando a temas menos banales, he de describir que en Diciembre hubo varios eventos divertidos en Paris, aún a pesar de la ausencia de la nieve. Durante este mes han caído casi la totalidad de las hojas de los árboles, que sin embargo se siguen viendo agradables. He seguido mis estudios con mucho cuidado, haciendo un esfuerzo para lograr no esforzarme más de lo necesario. He frecuentado diversos restaurantes y cafés, sin dejar de ir al cine o a paseos por la ciudad. Las luces de Navidad se hicieron presentes durante el mes, y el espíritu endemoniado de compras atiborraba los comercios de modo que estaban intransitables. Resultaba cómico acudir a las tiendas de departamento, sólo para ver las peleas por la última camisa de talla mediana color fucsia. Resultaba cómodo no acudir a las tiendas que estaban como discoteca de moda: con precios altos, llenas de gente y un servicio pésimo. No pude escaparme del compromiso de hacer algunas compras.
Durante este mes muchas de las personas que fueron mis amigos, amigas de combate contra la proliferación del alcohol regresaron a México. No partieron sin unas últimas fiestas, y los últimos esfuerzos por drenar el nocivo etanol de los lugares públicos de París. Más de una vez logramos disfrutar de despedidas y fiestas cargadas de buen ambiente, baile y un poco de vómito de emociones. La comunidad de Mexicanos que nos encontrábamos en Paris organizamos una posada a la que asistimos casi treinta personas. Es un número muy importante considerando que a mi llegada, en ocasiones no lograba conseguir a una persona siquiera para que nos acompañara a mí y a mi esposa en la noche de un sábado. La posada comenzó con mucho estilo, en un restaurante en el que nos sirvieron varios platillos de cena, y nos dieron algo de vino. Seguimos con un poco de ron, y nos divertimos bailando, y cantamos algunos villancicos. Cuando el dueño del lugar decidió que debíamos irnos, cruzamos al único bar que se encontraba abierto, y tomamos un ron producido en uno de los DOM, sin duda el peor bar que he conocido, y el peor ron que he probado. De cualquier forma seguíamos pasándola bien, hasta que tuvimos la gran idea de ir por mi guitarra y trasladarnos a la Torre Eiffel para entonar algunas melodías. Agarramos cuanto alcohol nos quedaba en los cuartos y nos fuimos a cantar. En la Torre sólo había un par de militares armados de metralleta que no se molestaron con nuestro buen ambiente. Incluso sonrieron (capacidad que yo creía habían perdido desde la segunda guerra) al vernos tan animados. Esa noche y sólo para contradecir lo que venía diciendo antes de que no hace frío, bajó a cero grados. Nuestra sangre azteca, deseosa de sufrimiento que no conseguíamos en París, nos llevó a una fiesta a la intemperie que soportamos con temple hasta el amanecer. Cuando el color del cielo tenía 4 franjas de distintos colores y el sol aún no se asomaba, tomamos algunas buenas fotos en Trocadero con la torre entre nosotros y el horizonte. En la orilla, nos subíamos al pretil desde donde saltábamos justo antes de tomar la foto para que pareciera que volábamos frente a la torre. Nos divertimos bastante, tanto que se nos olvidaba que era una posada, o que nos despedíamos de mucha gente que no habremos de volver a encontrar en París. La tristeza vino hasta después, cuando poco a poco, los amigos nos dejaban en una ciudad que parecería desolada en tiempo de Navidad. Seguí acudiendo a clases más por inercia que por ganas hasta el sábado 23 de diciembre. El día 24 tenía planeado un viaje épico con mi hermana.

1 comment:

alHiboux said...

Paris esta lleno de dementes, y es como dice aquel escritor al que le gustaba tanto el ron, "una fiesta en movimiento". pasando a cosas menso banales: nos vamos a Londres! ahuevo!