He realizdo distintos viajes cortos, pero he decidido que los comentarios serán más cortos sobre ellos. A Dublín asistimos con varios amigos. Ahí encontré un galón de Guinness, cerveza maravillosa, algunos paisajes interesantes junto al mar, y lluvia. Luego en compañía de mis suegros fui a Champaña, donde nos dieron una visita en las cavas de Moet, después visitamos la catedral de Reims, y seguimos hasta Estrasburgo. En la ciudad se siente una calidez impresionante y es muy bella. Los edificios entre alemanes y franceses dan un panorama pueblerino bastante interesante. La catedral es una de las más espectaculares que he visto, de un color ocre y una construcción gótica y vertical. Probé el chucrut y nunca lo vuelvo a hacer. Me parece que sabe apenas mejor que el olor de mi calcetín después del partido. En la carretera de regreso vimos la nieve y nos paramos para tocarla.
En París he seguido asistiendo a sus particularidades. Algo que se repite en París casi con monotonía es la existencia de cafés. A la gente le gusta entrar a esos lugares tanto que ya no se usa la palabra para describir el grano, o el valioso líquido que te dan a beber, sino que un café es un espacio para sentarte a tomar o comer algo. Los cafés más típicos de la ciudad no son precisamente los más bonitos. En ellos hay una caja al frente, unos doce clientes asiduos que tienen la confianza de pelearse todos los días con el dueño que no deja de fumar. Esporádicamente hay un viejo desaliñado que fuma pipa, se sienta solo frente a la ventana y recita versos bellísimos a la vida. En realidad no he puesto atención particular a la poesía que recita, pero la pura imagen del viejo es bárbara. Los que atienden son siempre los mismos, y el lugar es un “bordel”. Hay uno de esos cafés a unos pasos de mi apartamento que se llama “au rendezvous de marché” en alusión al mercado que se instala en la Plaza Monge los miércoles, viernes y domingos. A mí me gusta ir ahí por las mañanas y sentarme a leer. Ana prefiere los cafés un poco más ordenados y menos “a la parisina”. Yo no había reparado en la limpieza o más bien la falta de, de este café. Cuando llevé a Ana me indicó que no era agradable pues estaba lleno de humo, la gente era muy ruidosa y “la moda era tirar la ceniza y la basura al piso”. En realidad el piso está siempre bastante sucio, y sin embargo, me gusta ir ahí a leer, y lo disfruto más que los lugares más llenos de turistas con el piso oliendo siempre a maestro limpio. El café -(ahora me refiero a la acepción líquida del término-, como ya he dicho en otras ocasiones, es bastante bueno, mucho más concentrado al que tomamos en México, aunque desgraciadamente, la cantidad otorgada es como para una persona del tamaño de Napoleón, pues me lo acabo apenas en dos sorbos. Como además la moneda es cara, me veo obligado a pedirlo “alongé” que no es más que un café expresso rebajado con agua, aunque de cualquier forma es más sabroso que el del Vips en México. Cuando hace un día bello (“il fait beau” dicen acá). Las aceras son invadidas de franceses que se sientan a ver la gente pasar. Una costumbre que los gringos no entienden mucho, pero que a mí me encanta. En México tenemos una costumbre similar en los pueblos que están junto a la carretera. Ahí, los dueños de los estancos sacan su mecedora a ver eso que pasa como bólido y sus pasajeros. La diferencia quizá en el modo de contemplación es que el mexicano prefiere hacerlo con bigote y mostrando la redondez de su estómago moreno con orgullo inigualable. El que es decente utilizará una camisa blanca percudida en las axilas que obtuvo de a gratis en una campaña del PRI.
Otra cosa sobre la que yo no reparaba mucho es la peluquería. Cuando uno va de viaje por lo general no se mete a las peluquerías extranjeras porque el tiempo corto no debe desaprovecharse en tan vana actividad de darle forma ¿y estilo? al cabello. En realidad yo he buscado algo de mi cabellera que ha sido francamente difícil: tener un corte discreto y cómodo. Detesto los cortes a la moda con picos y con un desorden que toma mucho cuidado, productos gomificantes y tiempo para planear. No quiero traer mi pelo a la moda, mi único objetivo es que nadie haga comentarios al respecto. La verdad es que el pelo es a mi juicio la parte más imperfecta del cuerpo humano. Me habría gustado que todos tuviéramos una plasta dura que no requiriera mayor cuidado, digamos como el poco cuidado que tenemos de nuestros codos. En la búsqueda de un corte perfecto a veces he tenido intentos fallidos, pues siempre hay alguien que desapruebe mi nuevo corte, porque es muy corto, porque es anticuado, o porque no se ve bien sin gel. A lo que yo iba es que acá en Francia, dado a mi larga estancia he tenido ya que visitar un peluquería un par de veces. Ya había yo visto en México la emergencia de las “estéticas” que no son más que una peluquería un poco mejor decorada, con amateurs que cortan el cabello y que van muy bien vestidos, y que, claro, cobra más caro. Mi sorpresa es que acá no encontré la peluquería tradicional, con don pepe el barrigón de bigotes con las tijeras y su bigote y ese tubo de luz con franjas en espiral azules rojas y blancas y que dan vueltas (que por cierto, nunca he entendido para que chingados sirve). Entonces extrañé la peluquería a la que nunca le ponía atención, aunque a veces recuerdo que me molestaba que el peluquero siempre me platicara de futbol, o del último escándalo político. No es que el trabajo en México exija una cultura amplia, pero creo que el peluquero es el que más obligado está a leer todos los días el diario para hacer plática “amena” con los clientes. Además debe ser cuidadoso para no tocar temas polémicos y siempre adoptar una opinión ecléctica que no moleste a nadie. Reuters debería publicar un diario sucinto, con notas de interés sin compromiso, que sirva para evitar que los peluqueros deban leer todos los días el gorroso y larguísimo periódico y así pierdan menos tiempo. Bueno, creo que pierdo un poco el hilo. El caso es que entré por primera vez a una “estética” a las que yo me rehusaba a entrar en mi ciudad principalmente por razones monetarias. Como acá no había opción tuve que entrar, no sin algo de miedo. Desde que llegué cada vez domino mejor el francés, pero me aterraba un poco tener que decir palabras como apartado o remolino, o incluso patillas. Tuve una agradabilísima sorpresa en el lugar pues no sólo me cortó el cabello una chica sexy, sino que además hablaba español. El paquete que pagué incluía que me lavaran el cabello, y además para mi total desconcierto, me ofrecieron café o algo de beber. Mi respuesta natural fue no gracias, pues aún no entendía que era eso de tomar algo en la peluquería, y luego me lamenté de no haber tomado un café de a gratis. Al final salí contento de haber superado la prueba de cortarme el pelo en un lugar con música lounge, y pues esa españolita me invitaba a regresar siempre al mismo lugar. La siguiente vez que fui, no encontré a la chica y me atendió un putón que hablaba demasiado (ojo con esta palabra que se utiliza con demasiado abuso en Monterrey, en esta ocasión juro que la hipérbole de la locuacidad del tipo justifica su uso). La verdad sea dicha es que espero algún día ser calvo para despreocuparme de mi cabellera y su estado cada vez que un chiflón desacomoda el laborioso orden de mis hebras. La calvicie tiene además la hermosa bondad de dar una justificación práctica para el uso de un bombín.
Terminaré esta digresión con una anécdota que me ha conmovido hasta lo más hondo del corazón. Quizá una de las experiencias más poéticas que haya vivido en París. No recuerdo si ya he escrito que en mi edificio vive una loca. La defino como loca porque discute sola en voz alta, se cambia de ropa solo una vez al mes, y le dice a mi esposa buenas noches señor en pleno mediodía cuando la ve. El caso es que esta loca a pesar de que llevamos ya más de seis meses siendo vecinos tiene problema para reconocernos o acordarse de nosotros, o al menos nunca nos había demostrado que nos reconocía. En dos ocasiones y como nuestro departamento está en la planta baja, nos pidió por la ventana que le abriéramos la puerta del edificio porque había olvidado su llave. Cuando yo iba a abrir, ella me aseguraba que vivía en el edificio, sin sospechar que yo me acordaba de ella porque vive en el cuarto de al lado, o por su notoria personalidad. El caso es que la última vez que me pidió que le abriera habrá sido al menos hace tres meses. Ayer por la mañana, yo iba saliendo, y ella me detuvo la puerta porque me vio cargando un montón de cosas. Yo le agradecí, y de pronto ella me detuvo, me recordó que una vez yo le abrí la puerta cuando ella había olvidado su llave y me agregó que me agradecía mucho. Ese desfase en el tiempo me dio directo en el corazón. Yo siempre estaba acostumbrado a que a uno le agradezcan las cosas al instante, o en su defecto cuando el favor rinde su efecto. La sinceridad con la que me dijo ese “gracias” y el desfase temporal tan abrumadoramente anormal son el mejor elogio de la locura.
Saturday, March 31, 2007
Wednesday, March 14, 2007
Viajes al norte
Separados por un par de semanas, he tenido la oportunidad de viajar al norte de París. El primer viaje lo realicé en avión, llegamos al viejo Albión, y nos encontramos con varios amigos y amigas en Londres, que de forma poética apodaremos “la ciudad cara”. Salí desde el viernes a mediodía junto con Ana y abordamos un vuelo loucost. El vuelo estuvo bien, salvo por el hecho de que los asientos eran tan estrechos, que aunque yo sí cabía bien, el gordo que al lado desbordaba un poco de su corpulencia hacia lo que yo consideraba mi espacio aéreo. La ventaja fue que el vuelo fue corto, apenas de un poco más de una hora, y que traía un buen libro para olvidarme de las vicisitudes del viaje. En el aeropuerto, antes de abordar lo vi en una revistería y no resistí la tentación de comprarlo: L’art de peter. El arte de pedorrearse es un libro bastante interesante en el cual se desarrolla sobre los diferentes tipos de pedos que existen, sus causas, algunas anécdotas jocosas, y en el fondo es una oda a la libertad de pedorreo. Un ensayo que rompe paradigmas, desfoga tapujos y elimina prejuicios sobre el pedo.
Llegando a Londres, nos topamos con una tormenta de nieve, y esta vez, el liquidito sólido sí se quedaba en el suelo. Tomamos un tren que nos llevó hasta el “tube” y de ahí conectamos hasta nuestro hotel. El hotel estaba muy decente, pero en un lugar no muy pintoresco de la ciudad. Al salir a la calle ubicamos un taller mecánico, algunos edificios viejos, un lote de carros, y como sitios turísticos un Burger King y un KFC Express. De inmediato tomamos el “underground” hacia el centro y nos bajamos en Trafalgar Square. Ahí nos paseamos entre los leones y el obelisco, y disfrutamos la vista a lo lejos del Big Ben. Entramos al museo de National Gallery, que no sé todavía si su mayor virtud son los cuadros que tienen adentro, o el hecho que es gratis. Vimos algunas pinturas muy buenas de Van gogh, Monet, Raphael y otros. Al salir del museo, caía ya la noche y la vista de la plaza se ponía todavía más bonita. Salimos a la calle y caminamos hasta el Big Ben. Vimos los famosos autobuses de dos pisos y las cabinas de teléfono rojas. Es algo muy absurdo, pero nos tomamos foto en una cabina de teléfono. Me impresiona como una ciudad con tantas cosas pueda tener como emblema una cabina telefónica. Vimos el Big Ben, que en realidad no está tan grande, supongo que ese nombre se lo pusieron los ingleses por ególatras. De cualquier forma el reloj está bonito. Luego cruzamos el Támesis y vimos el London Eye, que no es más que una rueda de la fortuna más nais. Regresamos en “tube” a Picadilly Circus que es la copia (¿o el original?) de Times Square, caminamos hacia Leicester Square y cenamos. Después de eso regresamos al hotel, donde esperaríamos al resto de nuestros amigos que llegarían ya más noche. Al repasar los gastos, y sabiendo que no habíamos hecho muchos, me di cuenta de lo sangriento que es el tipo de cambio. Dios maldiga la libra esterlina. Durante el viaje gasté mucho sin acceder a lujos desmedidos. De ahí el apodo poético para Londres como la ciudad cara. Cuando llegaron nuestros amigos, salimos hacia Picadilly y encontramos un bar llamado Sirocco. El ambiente era agradable, la música variada, y la pasamos bien. Descubrí una bebida llamada aftershock, que tiene distintos sabores pero que todos pican. El ritual para beber el shot consiste en hacer buches por 10 segundos y luego tragarse el líquido; justo después, hay que inhalar por la boca con fuerza. El efecto es un picor agudo que te hace toser y te da un retortijón. Suena a sufrimiento desmedido e innecesario, pero en realidad la bebida te anima. Seguimos tomando algunas cervezas y cuando se nos cayó un aftershock en la mesa, decidimos no desperdiciarlo, y aspirar lo que se pudo con un popote; así de valioso es el aftershock.
Al día siguiente salimos a caminar por Soho y Picadilly, encontramos a más amigos y amigas y decidimos comprar boletos para la obra Wicked, una precuela del Mago de Oz. Gerardo sería el último en llegar a la ciudad cara, pues su vuelo se retrasó bastante. Mientras lo esperábamos, tomamos algunas Guinness en el Yates, un bar en Leicester Square, para hacer tiempo a que empezara la obra. El retraso de Gerardo se alargó, y él apenas alcanzó a llegar a la obra a la mitad. Con cara no muy animada entró al teatro, pues supo lo que había costado el boleto, compró una cerveza y se instaló en su asiento. No logramos conseguir todos los lugares juntos, pues éramos ocho personas. La obra fue bastante buena, y tenía la ventaja de que podías consumir cerveza en el teatro. Al salir, Gerardo no paraba de comentar cómo le había encantado, repetía con insistencia que no recordaba haber escuchado mejores voces cantando. Comparaba con una metáfora rebuscada el timbre de la voz de la protagonista con el timbre de su casa, que tan buenos recuerdos le traía. Hacía comentarios técnicos sobre la puesta en escena y la creativa dirección, alababa la obra, y maldecía al destino por haberlo llevado tarde al espectáculo. Brincaba de eufórico por lo que acababa de disfrutar. Le recordamos que todos lo habíamos visto y que no tenía que explicar con tanto detalle cómo le gustó. Le recordamos también que a él teníamos casi un año de no verlo y que más bien nos debería dar un abrazo azteca seguido de las dos palmadas de rigor en la espalda. Se contuvo, nos saludo con gusto, y seguimos nuestras aventuras. Esa misma noche probamos el kebab más malo de la historia (yo creí que hacerlos no tenía ciencia), que además era carísimo, y en un lugar donde nos trataron de cobrar cosas que no nos trajeron. Luego fuimos una vez más al Sirocco dance bar para tomar unos tragos y refugiarnos de la lluvia que caía. Ahí pasamos unas horas un rato agradable, bailamos un poco y vimos como Gerardo se rehusó a tomar. Alegó que el alcohol afecta su juicio y se limitó a quedarse parado sonriendo toda la noche. Habríamos podido pensar que es un amargado, pero en realidad no dejó de sonreír, y por lo tanto no le podemos achacar mala actitud. Al día siguiente salimos a caminar por las calles de Londres, comimos en un restaurante japonés, nos paseamos a orillas del Támesis, tomamos fotos frente al parlamento, luego fuimos al palacio de Buckingham (que es bastante aburrido), seguimos hacia Harrods donde tomamos un te inglés, y luego de despedirnos de algunos, en la noche fuimos a Covent Garden, donde cenamos antes de regresar al hotel. Al día siguiente conoceríamos la London Tower, el Tower Bridge, la catedral de Saint Paul, y finalmente Nothing Hill. Durante nuestro arduo turisteo pudimos constatar la necedad de los ingleses de dar la contra al mundo. Tienen costumbres diferentes que no resultan catastróficas, como las millas o los grados Fahrenheit. Una operación matemática simple resuelve la duda. En grados Fahrenheit sólo hay que restar treinta y dos, dividir a la mitad y agregar el diez porciento para tener un aproximado bastante bueno en grados Centígrados. Las costumbres que sí causan consecuencias mortales y peligrosas son por ejemplo lo de manejar en el lado equivocado de la calle, uno cruza y voltea hacia el lado correcto por instinto, pero en Londres hay que voltear al otro lado. Después de varias veces en las que casi me atropellan decidí regresar a la vieja enseñanza de mi mamá: para cruzar la calle siempre hay que voltear a los dos lados. Incluso en la ciudad supongo que ya han tenido problemas con turistas inteligentes que voltean hacia el lado correcto y al ver que no viene nadie cruzan, luego son arrollados por un conductor imbécil que viene por el lado equivocado. Digo esto porque en los cruces peatonales, seguido venían indicaciones de hacia qué lado hay que voltear. Lo que sucede es que uno no siempre va buscando esos tips, y a veces, pensando que ya se ha adquirido la pericia para cruzar la calle, obvias ese tipo de mensajes. La otra costumbre peligrosa de los ingleses es su reticencia a adoptar el Euro. El Euro es ya de por sí una moneda filosa, cuyo valor duele. Ellos, parte de la Unión Europea, deciden utilizar su muy auténticamente diabólica libra esterlina. ¿Qué no entienden que no resulta práctico pagar tanto?
Normandía/Bretaña
Otro fin de semana, en el que la compañía de los amigos habituales era escasa, Ana y yo decidimos rentar un carro y salir al norte de París. Tomamos la carretera A-13 rumbo a Rouen el sábado por la mañana. Partimos con destino al Mont Saint Michel. La carretera por Normadía fue bastante agradable, y disfrutamos de paisajes variados a lo largo de nuestro recorrido. De cierta forma, uno tiene que viajar dentro de Francia para entender bien los cuadros de Van gogh. Los campos de trigo, las casitas de piedra, los bultos de paja, los cipreses ondeantes, y los árboles cuyas ramas son tan verticales que parecen haber sido moldeados por Dios con una aspiradora después de haberlos plantado con firmeza al suelo. Aunque en el camino nos tocó un poco de lluvia, disfrutamos mucho el panorama.
Cuando llegamos al Mont Saint Michel, vimos desde lejos el imponente monasterio y nos acordamos un poco de la época del nombre de la rosa. Mientras nos acercábamos, a los costados observamos campos con borregos que se juntaban para refugiarse del agua y el frío. La marea no era tan alta como para rodear los muros del monasterio, pero se acercaba a la parte posterior, y escasas corrientes rodeaban el monte. Estacionamos el carro y nos subimos con la idea de comer algún buen platillo viendo hacia la playa. Desgraciadamente, los franceses tienen una hora muy concreta para comer, y a las 3 ya no nos dieron más que una hamburguesa de puesto. Sin desanimarnos nos la comimos, y subimos al monasterio. Después de recorrerlo e impresionarnos, decidimos regresar y dirigirnos hacia St. Malô, una playa en Bretaña. Una hora más tarde ya estábamos buscando estacionamiento afuera de la pequeña ciudad amurallada. Sacamos nuestro equipaje (una mochila) y entramos a buscar albergue. De inmediato nos encontramos un hotel más o menos decente que cobraba poco y que olía a perro ¿o era el cotorro lo que apestaba? El caso es que nos pareció muy bueno y elegante y decidimos tomar el cuarto. Salimos a aprovechar las últimas horas de luz y nos paseamos por la muralla, viendo hacia el mar. Bajamos a la arena entre las piedras y nos subimos a las lomas de los islotes que se elevaban sobre el agua azul fuerte. Los paisajes de rocas, hierba y agua al atardecer pusieron el escenario para una noche romántica y acogedora.
Al terminar el crepúsculo fuimos a misa y nos paseamos por dentro de la ciudad amurallada en la que al llegar la noche, se fue quedando sin gente. Entramos a un restaurante de mariscos y después de un minucioso análisis decidí que quería una carne. ¡Qué idiota eres! Me decía mi esposa alegando que era imprudente pedir carne en un restaurante de mariscos, pero yo repuse que a mí se me antojaba una carne.
Ana pidió un platillo de crustáceos variados y le trajeron precisamente eso. Algunos animales de concha son más difíciles de comer de lo que parecen. Además de los tradicionales ostiones y mejillones, a Ana le dieron unos caracoles de esos cuya concha pudiera ser un instrumento musical de aire como la flauta pero en versión mini, y ultra pequeños. Los mini más o menos descifró con rapidez cómo se sacaba la “carnita” de adentro, pero los ultra pequeños debían ser trabajados con un alfiler que Ana no intuyó era parte de sus cubiertos. Después de pelearse un rato con su comida, y voltear a ver con cuanta pericia yo me comía mi carne, Ana se rindió y pidió ayuda al mesero para descifrar cómo comer los caracoles. Al final yo quedé muy satisfecho y ella no tanto, pero de igual forma disfrutamos de unas buenas botellas de vino francés.
A la mañana siguiente salimos de regreso, pero decidimos pasar por algunos pueblos de la costa normanda. Conocimos Deauville, donde hay un buen festival de cine, y luego nos paramos a comer unos mariscos en el puerto de Honfleur. Ahí decidí que era oportuno pedir unos mejillones como entrada y los disfruté sin batallar para sacarles la fruta.
Al llegar de regreso a París constaté que es mucho más complicado manejar en la ciudad que en la carretera.
Llegando a Londres, nos topamos con una tormenta de nieve, y esta vez, el liquidito sólido sí se quedaba en el suelo. Tomamos un tren que nos llevó hasta el “tube” y de ahí conectamos hasta nuestro hotel. El hotel estaba muy decente, pero en un lugar no muy pintoresco de la ciudad. Al salir a la calle ubicamos un taller mecánico, algunos edificios viejos, un lote de carros, y como sitios turísticos un Burger King y un KFC Express. De inmediato tomamos el “underground” hacia el centro y nos bajamos en Trafalgar Square. Ahí nos paseamos entre los leones y el obelisco, y disfrutamos la vista a lo lejos del Big Ben. Entramos al museo de National Gallery, que no sé todavía si su mayor virtud son los cuadros que tienen adentro, o el hecho que es gratis. Vimos algunas pinturas muy buenas de Van gogh, Monet, Raphael y otros. Al salir del museo, caía ya la noche y la vista de la plaza se ponía todavía más bonita. Salimos a la calle y caminamos hasta el Big Ben. Vimos los famosos autobuses de dos pisos y las cabinas de teléfono rojas. Es algo muy absurdo, pero nos tomamos foto en una cabina de teléfono. Me impresiona como una ciudad con tantas cosas pueda tener como emblema una cabina telefónica. Vimos el Big Ben, que en realidad no está tan grande, supongo que ese nombre se lo pusieron los ingleses por ególatras. De cualquier forma el reloj está bonito. Luego cruzamos el Támesis y vimos el London Eye, que no es más que una rueda de la fortuna más nais. Regresamos en “tube” a Picadilly Circus que es la copia (¿o el original?) de Times Square, caminamos hacia Leicester Square y cenamos. Después de eso regresamos al hotel, donde esperaríamos al resto de nuestros amigos que llegarían ya más noche. Al repasar los gastos, y sabiendo que no habíamos hecho muchos, me di cuenta de lo sangriento que es el tipo de cambio. Dios maldiga la libra esterlina. Durante el viaje gasté mucho sin acceder a lujos desmedidos. De ahí el apodo poético para Londres como la ciudad cara. Cuando llegaron nuestros amigos, salimos hacia Picadilly y encontramos un bar llamado Sirocco. El ambiente era agradable, la música variada, y la pasamos bien. Descubrí una bebida llamada aftershock, que tiene distintos sabores pero que todos pican. El ritual para beber el shot consiste en hacer buches por 10 segundos y luego tragarse el líquido; justo después, hay que inhalar por la boca con fuerza. El efecto es un picor agudo que te hace toser y te da un retortijón. Suena a sufrimiento desmedido e innecesario, pero en realidad la bebida te anima. Seguimos tomando algunas cervezas y cuando se nos cayó un aftershock en la mesa, decidimos no desperdiciarlo, y aspirar lo que se pudo con un popote; así de valioso es el aftershock.
Al día siguiente salimos a caminar por Soho y Picadilly, encontramos a más amigos y amigas y decidimos comprar boletos para la obra Wicked, una precuela del Mago de Oz. Gerardo sería el último en llegar a la ciudad cara, pues su vuelo se retrasó bastante. Mientras lo esperábamos, tomamos algunas Guinness en el Yates, un bar en Leicester Square, para hacer tiempo a que empezara la obra. El retraso de Gerardo se alargó, y él apenas alcanzó a llegar a la obra a la mitad. Con cara no muy animada entró al teatro, pues supo lo que había costado el boleto, compró una cerveza y se instaló en su asiento. No logramos conseguir todos los lugares juntos, pues éramos ocho personas. La obra fue bastante buena, y tenía la ventaja de que podías consumir cerveza en el teatro. Al salir, Gerardo no paraba de comentar cómo le había encantado, repetía con insistencia que no recordaba haber escuchado mejores voces cantando. Comparaba con una metáfora rebuscada el timbre de la voz de la protagonista con el timbre de su casa, que tan buenos recuerdos le traía. Hacía comentarios técnicos sobre la puesta en escena y la creativa dirección, alababa la obra, y maldecía al destino por haberlo llevado tarde al espectáculo. Brincaba de eufórico por lo que acababa de disfrutar. Le recordamos que todos lo habíamos visto y que no tenía que explicar con tanto detalle cómo le gustó. Le recordamos también que a él teníamos casi un año de no verlo y que más bien nos debería dar un abrazo azteca seguido de las dos palmadas de rigor en la espalda. Se contuvo, nos saludo con gusto, y seguimos nuestras aventuras. Esa misma noche probamos el kebab más malo de la historia (yo creí que hacerlos no tenía ciencia), que además era carísimo, y en un lugar donde nos trataron de cobrar cosas que no nos trajeron. Luego fuimos una vez más al Sirocco dance bar para tomar unos tragos y refugiarnos de la lluvia que caía. Ahí pasamos unas horas un rato agradable, bailamos un poco y vimos como Gerardo se rehusó a tomar. Alegó que el alcohol afecta su juicio y se limitó a quedarse parado sonriendo toda la noche. Habríamos podido pensar que es un amargado, pero en realidad no dejó de sonreír, y por lo tanto no le podemos achacar mala actitud. Al día siguiente salimos a caminar por las calles de Londres, comimos en un restaurante japonés, nos paseamos a orillas del Támesis, tomamos fotos frente al parlamento, luego fuimos al palacio de Buckingham (que es bastante aburrido), seguimos hacia Harrods donde tomamos un te inglés, y luego de despedirnos de algunos, en la noche fuimos a Covent Garden, donde cenamos antes de regresar al hotel. Al día siguiente conoceríamos la London Tower, el Tower Bridge, la catedral de Saint Paul, y finalmente Nothing Hill. Durante nuestro arduo turisteo pudimos constatar la necedad de los ingleses de dar la contra al mundo. Tienen costumbres diferentes que no resultan catastróficas, como las millas o los grados Fahrenheit. Una operación matemática simple resuelve la duda. En grados Fahrenheit sólo hay que restar treinta y dos, dividir a la mitad y agregar el diez porciento para tener un aproximado bastante bueno en grados Centígrados. Las costumbres que sí causan consecuencias mortales y peligrosas son por ejemplo lo de manejar en el lado equivocado de la calle, uno cruza y voltea hacia el lado correcto por instinto, pero en Londres hay que voltear al otro lado. Después de varias veces en las que casi me atropellan decidí regresar a la vieja enseñanza de mi mamá: para cruzar la calle siempre hay que voltear a los dos lados. Incluso en la ciudad supongo que ya han tenido problemas con turistas inteligentes que voltean hacia el lado correcto y al ver que no viene nadie cruzan, luego son arrollados por un conductor imbécil que viene por el lado equivocado. Digo esto porque en los cruces peatonales, seguido venían indicaciones de hacia qué lado hay que voltear. Lo que sucede es que uno no siempre va buscando esos tips, y a veces, pensando que ya se ha adquirido la pericia para cruzar la calle, obvias ese tipo de mensajes. La otra costumbre peligrosa de los ingleses es su reticencia a adoptar el Euro. El Euro es ya de por sí una moneda filosa, cuyo valor duele. Ellos, parte de la Unión Europea, deciden utilizar su muy auténticamente diabólica libra esterlina. ¿Qué no entienden que no resulta práctico pagar tanto?
Normandía/Bretaña
Otro fin de semana, en el que la compañía de los amigos habituales era escasa, Ana y yo decidimos rentar un carro y salir al norte de París. Tomamos la carretera A-13 rumbo a Rouen el sábado por la mañana. Partimos con destino al Mont Saint Michel. La carretera por Normadía fue bastante agradable, y disfrutamos de paisajes variados a lo largo de nuestro recorrido. De cierta forma, uno tiene que viajar dentro de Francia para entender bien los cuadros de Van gogh. Los campos de trigo, las casitas de piedra, los bultos de paja, los cipreses ondeantes, y los árboles cuyas ramas son tan verticales que parecen haber sido moldeados por Dios con una aspiradora después de haberlos plantado con firmeza al suelo. Aunque en el camino nos tocó un poco de lluvia, disfrutamos mucho el panorama.
Cuando llegamos al Mont Saint Michel, vimos desde lejos el imponente monasterio y nos acordamos un poco de la época del nombre de la rosa. Mientras nos acercábamos, a los costados observamos campos con borregos que se juntaban para refugiarse del agua y el frío. La marea no era tan alta como para rodear los muros del monasterio, pero se acercaba a la parte posterior, y escasas corrientes rodeaban el monte. Estacionamos el carro y nos subimos con la idea de comer algún buen platillo viendo hacia la playa. Desgraciadamente, los franceses tienen una hora muy concreta para comer, y a las 3 ya no nos dieron más que una hamburguesa de puesto. Sin desanimarnos nos la comimos, y subimos al monasterio. Después de recorrerlo e impresionarnos, decidimos regresar y dirigirnos hacia St. Malô, una playa en Bretaña. Una hora más tarde ya estábamos buscando estacionamiento afuera de la pequeña ciudad amurallada. Sacamos nuestro equipaje (una mochila) y entramos a buscar albergue. De inmediato nos encontramos un hotel más o menos decente que cobraba poco y que olía a perro ¿o era el cotorro lo que apestaba? El caso es que nos pareció muy bueno y elegante y decidimos tomar el cuarto. Salimos a aprovechar las últimas horas de luz y nos paseamos por la muralla, viendo hacia el mar. Bajamos a la arena entre las piedras y nos subimos a las lomas de los islotes que se elevaban sobre el agua azul fuerte. Los paisajes de rocas, hierba y agua al atardecer pusieron el escenario para una noche romántica y acogedora.
Al terminar el crepúsculo fuimos a misa y nos paseamos por dentro de la ciudad amurallada en la que al llegar la noche, se fue quedando sin gente. Entramos a un restaurante de mariscos y después de un minucioso análisis decidí que quería una carne. ¡Qué idiota eres! Me decía mi esposa alegando que era imprudente pedir carne en un restaurante de mariscos, pero yo repuse que a mí se me antojaba una carne.
Ana pidió un platillo de crustáceos variados y le trajeron precisamente eso. Algunos animales de concha son más difíciles de comer de lo que parecen. Además de los tradicionales ostiones y mejillones, a Ana le dieron unos caracoles de esos cuya concha pudiera ser un instrumento musical de aire como la flauta pero en versión mini, y ultra pequeños. Los mini más o menos descifró con rapidez cómo se sacaba la “carnita” de adentro, pero los ultra pequeños debían ser trabajados con un alfiler que Ana no intuyó era parte de sus cubiertos. Después de pelearse un rato con su comida, y voltear a ver con cuanta pericia yo me comía mi carne, Ana se rindió y pidió ayuda al mesero para descifrar cómo comer los caracoles. Al final yo quedé muy satisfecho y ella no tanto, pero de igual forma disfrutamos de unas buenas botellas de vino francés.
A la mañana siguiente salimos de regreso, pero decidimos pasar por algunos pueblos de la costa normanda. Conocimos Deauville, donde hay un buen festival de cine, y luego nos paramos a comer unos mariscos en el puerto de Honfleur. Ahí decidí que era oportuno pedir unos mejillones como entrada y los disfruté sin batallar para sacarles la fruta.
Al llegar de regreso a París constaté que es mucho más complicado manejar en la ciudad que en la carretera.
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