He realizdo distintos viajes cortos, pero he decidido que los comentarios serán más cortos sobre ellos. A Dublín asistimos con varios amigos. Ahí encontré un galón de Guinness, cerveza maravillosa, algunos paisajes interesantes junto al mar, y lluvia. Luego en compañía de mis suegros fui a Champaña, donde nos dieron una visita en las cavas de Moet, después visitamos la catedral de Reims, y seguimos hasta Estrasburgo. En la ciudad se siente una calidez impresionante y es muy bella. Los edificios entre alemanes y franceses dan un panorama pueblerino bastante interesante. La catedral es una de las más espectaculares que he visto, de un color ocre y una construcción gótica y vertical. Probé el chucrut y nunca lo vuelvo a hacer. Me parece que sabe apenas mejor que el olor de mi calcetín después del partido. En la carretera de regreso vimos la nieve y nos paramos para tocarla.
En París he seguido asistiendo a sus particularidades. Algo que se repite en París casi con monotonía es la existencia de cafés. A la gente le gusta entrar a esos lugares tanto que ya no se usa la palabra para describir el grano, o el valioso líquido que te dan a beber, sino que un café es un espacio para sentarte a tomar o comer algo. Los cafés más típicos de la ciudad no son precisamente los más bonitos. En ellos hay una caja al frente, unos doce clientes asiduos que tienen la confianza de pelearse todos los días con el dueño que no deja de fumar. Esporádicamente hay un viejo desaliñado que fuma pipa, se sienta solo frente a la ventana y recita versos bellísimos a la vida. En realidad no he puesto atención particular a la poesía que recita, pero la pura imagen del viejo es bárbara. Los que atienden son siempre los mismos, y el lugar es un “bordel”. Hay uno de esos cafés a unos pasos de mi apartamento que se llama “au rendezvous de marché” en alusión al mercado que se instala en la Plaza Monge los miércoles, viernes y domingos. A mí me gusta ir ahí por las mañanas y sentarme a leer. Ana prefiere los cafés un poco más ordenados y menos “a la parisina”. Yo no había reparado en la limpieza o más bien la falta de, de este café. Cuando llevé a Ana me indicó que no era agradable pues estaba lleno de humo, la gente era muy ruidosa y “la moda era tirar la ceniza y la basura al piso”. En realidad el piso está siempre bastante sucio, y sin embargo, me gusta ir ahí a leer, y lo disfruto más que los lugares más llenos de turistas con el piso oliendo siempre a maestro limpio. El café -(ahora me refiero a la acepción líquida del término-, como ya he dicho en otras ocasiones, es bastante bueno, mucho más concentrado al que tomamos en México, aunque desgraciadamente, la cantidad otorgada es como para una persona del tamaño de Napoleón, pues me lo acabo apenas en dos sorbos. Como además la moneda es cara, me veo obligado a pedirlo “alongé” que no es más que un café expresso rebajado con agua, aunque de cualquier forma es más sabroso que el del Vips en México. Cuando hace un día bello (“il fait beau” dicen acá). Las aceras son invadidas de franceses que se sientan a ver la gente pasar. Una costumbre que los gringos no entienden mucho, pero que a mí me encanta. En México tenemos una costumbre similar en los pueblos que están junto a la carretera. Ahí, los dueños de los estancos sacan su mecedora a ver eso que pasa como bólido y sus pasajeros. La diferencia quizá en el modo de contemplación es que el mexicano prefiere hacerlo con bigote y mostrando la redondez de su estómago moreno con orgullo inigualable. El que es decente utilizará una camisa blanca percudida en las axilas que obtuvo de a gratis en una campaña del PRI.
Otra cosa sobre la que yo no reparaba mucho es la peluquería. Cuando uno va de viaje por lo general no se mete a las peluquerías extranjeras porque el tiempo corto no debe desaprovecharse en tan vana actividad de darle forma ¿y estilo? al cabello. En realidad yo he buscado algo de mi cabellera que ha sido francamente difícil: tener un corte discreto y cómodo. Detesto los cortes a la moda con picos y con un desorden que toma mucho cuidado, productos gomificantes y tiempo para planear. No quiero traer mi pelo a la moda, mi único objetivo es que nadie haga comentarios al respecto. La verdad es que el pelo es a mi juicio la parte más imperfecta del cuerpo humano. Me habría gustado que todos tuviéramos una plasta dura que no requiriera mayor cuidado, digamos como el poco cuidado que tenemos de nuestros codos. En la búsqueda de un corte perfecto a veces he tenido intentos fallidos, pues siempre hay alguien que desapruebe mi nuevo corte, porque es muy corto, porque es anticuado, o porque no se ve bien sin gel. A lo que yo iba es que acá en Francia, dado a mi larga estancia he tenido ya que visitar un peluquería un par de veces. Ya había yo visto en México la emergencia de las “estéticas” que no son más que una peluquería un poco mejor decorada, con amateurs que cortan el cabello y que van muy bien vestidos, y que, claro, cobra más caro. Mi sorpresa es que acá no encontré la peluquería tradicional, con don pepe el barrigón de bigotes con las tijeras y su bigote y ese tubo de luz con franjas en espiral azules rojas y blancas y que dan vueltas (que por cierto, nunca he entendido para que chingados sirve). Entonces extrañé la peluquería a la que nunca le ponía atención, aunque a veces recuerdo que me molestaba que el peluquero siempre me platicara de futbol, o del último escándalo político. No es que el trabajo en México exija una cultura amplia, pero creo que el peluquero es el que más obligado está a leer todos los días el diario para hacer plática “amena” con los clientes. Además debe ser cuidadoso para no tocar temas polémicos y siempre adoptar una opinión ecléctica que no moleste a nadie. Reuters debería publicar un diario sucinto, con notas de interés sin compromiso, que sirva para evitar que los peluqueros deban leer todos los días el gorroso y larguísimo periódico y así pierdan menos tiempo. Bueno, creo que pierdo un poco el hilo. El caso es que entré por primera vez a una “estética” a las que yo me rehusaba a entrar en mi ciudad principalmente por razones monetarias. Como acá no había opción tuve que entrar, no sin algo de miedo. Desde que llegué cada vez domino mejor el francés, pero me aterraba un poco tener que decir palabras como apartado o remolino, o incluso patillas. Tuve una agradabilísima sorpresa en el lugar pues no sólo me cortó el cabello una chica sexy, sino que además hablaba español. El paquete que pagué incluía que me lavaran el cabello, y además para mi total desconcierto, me ofrecieron café o algo de beber. Mi respuesta natural fue no gracias, pues aún no entendía que era eso de tomar algo en la peluquería, y luego me lamenté de no haber tomado un café de a gratis. Al final salí contento de haber superado la prueba de cortarme el pelo en un lugar con música lounge, y pues esa españolita me invitaba a regresar siempre al mismo lugar. La siguiente vez que fui, no encontré a la chica y me atendió un putón que hablaba demasiado (ojo con esta palabra que se utiliza con demasiado abuso en Monterrey, en esta ocasión juro que la hipérbole de la locuacidad del tipo justifica su uso). La verdad sea dicha es que espero algún día ser calvo para despreocuparme de mi cabellera y su estado cada vez que un chiflón desacomoda el laborioso orden de mis hebras. La calvicie tiene además la hermosa bondad de dar una justificación práctica para el uso de un bombín.
Terminaré esta digresión con una anécdota que me ha conmovido hasta lo más hondo del corazón. Quizá una de las experiencias más poéticas que haya vivido en París. No recuerdo si ya he escrito que en mi edificio vive una loca. La defino como loca porque discute sola en voz alta, se cambia de ropa solo una vez al mes, y le dice a mi esposa buenas noches señor en pleno mediodía cuando la ve. El caso es que esta loca a pesar de que llevamos ya más de seis meses siendo vecinos tiene problema para reconocernos o acordarse de nosotros, o al menos nunca nos había demostrado que nos reconocía. En dos ocasiones y como nuestro departamento está en la planta baja, nos pidió por la ventana que le abriéramos la puerta del edificio porque había olvidado su llave. Cuando yo iba a abrir, ella me aseguraba que vivía en el edificio, sin sospechar que yo me acordaba de ella porque vive en el cuarto de al lado, o por su notoria personalidad. El caso es que la última vez que me pidió que le abriera habrá sido al menos hace tres meses. Ayer por la mañana, yo iba saliendo, y ella me detuvo la puerta porque me vio cargando un montón de cosas. Yo le agradecí, y de pronto ella me detuvo, me recordó que una vez yo le abrí la puerta cuando ella había olvidado su llave y me agregó que me agradecía mucho. Ese desfase en el tiempo me dio directo en el corazón. Yo siempre estaba acostumbrado a que a uno le agradezcan las cosas al instante, o en su defecto cuando el favor rinde su efecto. La sinceridad con la que me dijo ese “gracias” y el desfase temporal tan abrumadoramente anormal son el mejor elogio de la locura.
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2 comments:
Sigo muy divertida leyendo tu diario, se me hace que soy la única jajaja... No manches ya ponte a hacer un libro de experiencias vividas. Eres como el 'viejo león', si tuviera que adivinar tu edad diría que unos 50 faaacil.
Sigue disfrutandoo que ¡¡¡estáas en Pariiss caaaa!!!
soy paola, la amiga de vangy... lo mejor es el pelo de plasta y la loca, dedicate a escribir yo te apoyo luis... bastante simpatico!!!!
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