Separados por un par de semanas, he tenido la oportunidad de viajar al norte de París. El primer viaje lo realicé en avión, llegamos al viejo Albión, y nos encontramos con varios amigos y amigas en Londres, que de forma poética apodaremos “la ciudad cara”. Salí desde el viernes a mediodía junto con Ana y abordamos un vuelo loucost. El vuelo estuvo bien, salvo por el hecho de que los asientos eran tan estrechos, que aunque yo sí cabía bien, el gordo que al lado desbordaba un poco de su corpulencia hacia lo que yo consideraba mi espacio aéreo. La ventaja fue que el vuelo fue corto, apenas de un poco más de una hora, y que traía un buen libro para olvidarme de las vicisitudes del viaje. En el aeropuerto, antes de abordar lo vi en una revistería y no resistí la tentación de comprarlo: L’art de peter. El arte de pedorrearse es un libro bastante interesante en el cual se desarrolla sobre los diferentes tipos de pedos que existen, sus causas, algunas anécdotas jocosas, y en el fondo es una oda a la libertad de pedorreo. Un ensayo que rompe paradigmas, desfoga tapujos y elimina prejuicios sobre el pedo.
Llegando a Londres, nos topamos con una tormenta de nieve, y esta vez, el liquidito sólido sí se quedaba en el suelo. Tomamos un tren que nos llevó hasta el “tube” y de ahí conectamos hasta nuestro hotel. El hotel estaba muy decente, pero en un lugar no muy pintoresco de la ciudad. Al salir a la calle ubicamos un taller mecánico, algunos edificios viejos, un lote de carros, y como sitios turísticos un Burger King y un KFC Express. De inmediato tomamos el “underground” hacia el centro y nos bajamos en Trafalgar Square. Ahí nos paseamos entre los leones y el obelisco, y disfrutamos la vista a lo lejos del Big Ben. Entramos al museo de National Gallery, que no sé todavía si su mayor virtud son los cuadros que tienen adentro, o el hecho que es gratis. Vimos algunas pinturas muy buenas de Van gogh, Monet, Raphael y otros. Al salir del museo, caía ya la noche y la vista de la plaza se ponía todavía más bonita. Salimos a la calle y caminamos hasta el Big Ben. Vimos los famosos autobuses de dos pisos y las cabinas de teléfono rojas. Es algo muy absurdo, pero nos tomamos foto en una cabina de teléfono. Me impresiona como una ciudad con tantas cosas pueda tener como emblema una cabina telefónica. Vimos el Big Ben, que en realidad no está tan grande, supongo que ese nombre se lo pusieron los ingleses por ególatras. De cualquier forma el reloj está bonito. Luego cruzamos el Támesis y vimos el London Eye, que no es más que una rueda de la fortuna más nais. Regresamos en “tube” a Picadilly Circus que es la copia (¿o el original?) de Times Square, caminamos hacia Leicester Square y cenamos. Después de eso regresamos al hotel, donde esperaríamos al resto de nuestros amigos que llegarían ya más noche. Al repasar los gastos, y sabiendo que no habíamos hecho muchos, me di cuenta de lo sangriento que es el tipo de cambio. Dios maldiga la libra esterlina. Durante el viaje gasté mucho sin acceder a lujos desmedidos. De ahí el apodo poético para Londres como la ciudad cara. Cuando llegaron nuestros amigos, salimos hacia Picadilly y encontramos un bar llamado Sirocco. El ambiente era agradable, la música variada, y la pasamos bien. Descubrí una bebida llamada aftershock, que tiene distintos sabores pero que todos pican. El ritual para beber el shot consiste en hacer buches por 10 segundos y luego tragarse el líquido; justo después, hay que inhalar por la boca con fuerza. El efecto es un picor agudo que te hace toser y te da un retortijón. Suena a sufrimiento desmedido e innecesario, pero en realidad la bebida te anima. Seguimos tomando algunas cervezas y cuando se nos cayó un aftershock en la mesa, decidimos no desperdiciarlo, y aspirar lo que se pudo con un popote; así de valioso es el aftershock.
Al día siguiente salimos a caminar por Soho y Picadilly, encontramos a más amigos y amigas y decidimos comprar boletos para la obra Wicked, una precuela del Mago de Oz. Gerardo sería el último en llegar a la ciudad cara, pues su vuelo se retrasó bastante. Mientras lo esperábamos, tomamos algunas Guinness en el Yates, un bar en Leicester Square, para hacer tiempo a que empezara la obra. El retraso de Gerardo se alargó, y él apenas alcanzó a llegar a la obra a la mitad. Con cara no muy animada entró al teatro, pues supo lo que había costado el boleto, compró una cerveza y se instaló en su asiento. No logramos conseguir todos los lugares juntos, pues éramos ocho personas. La obra fue bastante buena, y tenía la ventaja de que podías consumir cerveza en el teatro. Al salir, Gerardo no paraba de comentar cómo le había encantado, repetía con insistencia que no recordaba haber escuchado mejores voces cantando. Comparaba con una metáfora rebuscada el timbre de la voz de la protagonista con el timbre de su casa, que tan buenos recuerdos le traía. Hacía comentarios técnicos sobre la puesta en escena y la creativa dirección, alababa la obra, y maldecía al destino por haberlo llevado tarde al espectáculo. Brincaba de eufórico por lo que acababa de disfrutar. Le recordamos que todos lo habíamos visto y que no tenía que explicar con tanto detalle cómo le gustó. Le recordamos también que a él teníamos casi un año de no verlo y que más bien nos debería dar un abrazo azteca seguido de las dos palmadas de rigor en la espalda. Se contuvo, nos saludo con gusto, y seguimos nuestras aventuras. Esa misma noche probamos el kebab más malo de la historia (yo creí que hacerlos no tenía ciencia), que además era carísimo, y en un lugar donde nos trataron de cobrar cosas que no nos trajeron. Luego fuimos una vez más al Sirocco dance bar para tomar unos tragos y refugiarnos de la lluvia que caía. Ahí pasamos unas horas un rato agradable, bailamos un poco y vimos como Gerardo se rehusó a tomar. Alegó que el alcohol afecta su juicio y se limitó a quedarse parado sonriendo toda la noche. Habríamos podido pensar que es un amargado, pero en realidad no dejó de sonreír, y por lo tanto no le podemos achacar mala actitud. Al día siguiente salimos a caminar por las calles de Londres, comimos en un restaurante japonés, nos paseamos a orillas del Támesis, tomamos fotos frente al parlamento, luego fuimos al palacio de Buckingham (que es bastante aburrido), seguimos hacia Harrods donde tomamos un te inglés, y luego de despedirnos de algunos, en la noche fuimos a Covent Garden, donde cenamos antes de regresar al hotel. Al día siguiente conoceríamos la London Tower, el Tower Bridge, la catedral de Saint Paul, y finalmente Nothing Hill. Durante nuestro arduo turisteo pudimos constatar la necedad de los ingleses de dar la contra al mundo. Tienen costumbres diferentes que no resultan catastróficas, como las millas o los grados Fahrenheit. Una operación matemática simple resuelve la duda. En grados Fahrenheit sólo hay que restar treinta y dos, dividir a la mitad y agregar el diez porciento para tener un aproximado bastante bueno en grados Centígrados. Las costumbres que sí causan consecuencias mortales y peligrosas son por ejemplo lo de manejar en el lado equivocado de la calle, uno cruza y voltea hacia el lado correcto por instinto, pero en Londres hay que voltear al otro lado. Después de varias veces en las que casi me atropellan decidí regresar a la vieja enseñanza de mi mamá: para cruzar la calle siempre hay que voltear a los dos lados. Incluso en la ciudad supongo que ya han tenido problemas con turistas inteligentes que voltean hacia el lado correcto y al ver que no viene nadie cruzan, luego son arrollados por un conductor imbécil que viene por el lado equivocado. Digo esto porque en los cruces peatonales, seguido venían indicaciones de hacia qué lado hay que voltear. Lo que sucede es que uno no siempre va buscando esos tips, y a veces, pensando que ya se ha adquirido la pericia para cruzar la calle, obvias ese tipo de mensajes. La otra costumbre peligrosa de los ingleses es su reticencia a adoptar el Euro. El Euro es ya de por sí una moneda filosa, cuyo valor duele. Ellos, parte de la Unión Europea, deciden utilizar su muy auténticamente diabólica libra esterlina. ¿Qué no entienden que no resulta práctico pagar tanto?
Normandía/Bretaña
Otro fin de semana, en el que la compañía de los amigos habituales era escasa, Ana y yo decidimos rentar un carro y salir al norte de París. Tomamos la carretera A-13 rumbo a Rouen el sábado por la mañana. Partimos con destino al Mont Saint Michel. La carretera por Normadía fue bastante agradable, y disfrutamos de paisajes variados a lo largo de nuestro recorrido. De cierta forma, uno tiene que viajar dentro de Francia para entender bien los cuadros de Van gogh. Los campos de trigo, las casitas de piedra, los bultos de paja, los cipreses ondeantes, y los árboles cuyas ramas son tan verticales que parecen haber sido moldeados por Dios con una aspiradora después de haberlos plantado con firmeza al suelo. Aunque en el camino nos tocó un poco de lluvia, disfrutamos mucho el panorama.
Cuando llegamos al Mont Saint Michel, vimos desde lejos el imponente monasterio y nos acordamos un poco de la época del nombre de la rosa. Mientras nos acercábamos, a los costados observamos campos con borregos que se juntaban para refugiarse del agua y el frío. La marea no era tan alta como para rodear los muros del monasterio, pero se acercaba a la parte posterior, y escasas corrientes rodeaban el monte. Estacionamos el carro y nos subimos con la idea de comer algún buen platillo viendo hacia la playa. Desgraciadamente, los franceses tienen una hora muy concreta para comer, y a las 3 ya no nos dieron más que una hamburguesa de puesto. Sin desanimarnos nos la comimos, y subimos al monasterio. Después de recorrerlo e impresionarnos, decidimos regresar y dirigirnos hacia St. Malô, una playa en Bretaña. Una hora más tarde ya estábamos buscando estacionamiento afuera de la pequeña ciudad amurallada. Sacamos nuestro equipaje (una mochila) y entramos a buscar albergue. De inmediato nos encontramos un hotel más o menos decente que cobraba poco y que olía a perro ¿o era el cotorro lo que apestaba? El caso es que nos pareció muy bueno y elegante y decidimos tomar el cuarto. Salimos a aprovechar las últimas horas de luz y nos paseamos por la muralla, viendo hacia el mar. Bajamos a la arena entre las piedras y nos subimos a las lomas de los islotes que se elevaban sobre el agua azul fuerte. Los paisajes de rocas, hierba y agua al atardecer pusieron el escenario para una noche romántica y acogedora.
Al terminar el crepúsculo fuimos a misa y nos paseamos por dentro de la ciudad amurallada en la que al llegar la noche, se fue quedando sin gente. Entramos a un restaurante de mariscos y después de un minucioso análisis decidí que quería una carne. ¡Qué idiota eres! Me decía mi esposa alegando que era imprudente pedir carne en un restaurante de mariscos, pero yo repuse que a mí se me antojaba una carne.
Ana pidió un platillo de crustáceos variados y le trajeron precisamente eso. Algunos animales de concha son más difíciles de comer de lo que parecen. Además de los tradicionales ostiones y mejillones, a Ana le dieron unos caracoles de esos cuya concha pudiera ser un instrumento musical de aire como la flauta pero en versión mini, y ultra pequeños. Los mini más o menos descifró con rapidez cómo se sacaba la “carnita” de adentro, pero los ultra pequeños debían ser trabajados con un alfiler que Ana no intuyó era parte de sus cubiertos. Después de pelearse un rato con su comida, y voltear a ver con cuanta pericia yo me comía mi carne, Ana se rindió y pidió ayuda al mesero para descifrar cómo comer los caracoles. Al final yo quedé muy satisfecho y ella no tanto, pero de igual forma disfrutamos de unas buenas botellas de vino francés.
A la mañana siguiente salimos de regreso, pero decidimos pasar por algunos pueblos de la costa normanda. Conocimos Deauville, donde hay un buen festival de cine, y luego nos paramos a comer unos mariscos en el puerto de Honfleur. Ahí decidí que era oportuno pedir unos mejillones como entrada y los disfruté sin batallar para sacarles la fruta.
Al llegar de regreso a París constaté que es mucho más complicado manejar en la ciudad que en la carretera.
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1 comment:
eiii lo acabo de leer hasta ahora. hace mucho que no escribes... que la tierra de indios no te inspira igual?? Puedes hablar por ejemplo de las hamburguesas o de la tan controversial "comida rápida"... bueno son sólo ideas. saludos desde el antiguo mundo
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