Aquí recopilaré algunas de las experiencias de mi viaje de bodas:
Cabo San Lucas
Los Cabos es un lugar repinche, un desierto, un lugar al que nadie jamás iría, si no es porque tiene un mar color azul fuerte. Alguien dijo que eso debería ser más bonito que el verde/café del resto de los océanos sucios del mundo. El caso es que uno al verlo, sí siente que es más bonito. El problema es que el lugar es caro como ningún otro. Te cobran todo lo que pueden. Te atienden muy bien, pero te cobran el muy, y el bien. El arco ese famoso es interesante, una formación rocosa anormal. Claro, es bello ir a verlo al atardecer en un barco. Lo malo es que a uno no le avisan que ese barco iría lleno de gabachos, cuyo objetivo primordial es embrutecerse con tequila rascuacho y corouna güit laim. La tripulación del barco -todos mexicanos- habla en inglés, y trata de alentar al público con frases estúpidas. Tratan de hacer que repitamos pendejadas... obviamente yo me entristezco de haberme subido a "La Sirena" y no haber tomado uno de los pequeños botecillos que me ofrecían los verdaderos mexicanos. El tur en barco termina por ser un rodeo fatal. Nos llevan por dos horas para sólo pararnos unos 10 minutos frente a las rocas impresionantes. Al final, lo importante es que nos llevan a ver el mentado arco; que vimos algunos leones marinos (que más bien parecen focas) que hacían unos ruidos curiosos, -estuve a punto de entender lo que nos querían decir, pero justo cuando iba a descifrarlo, los miembros de la tripulación comenzaron a "imitar" los sonidos de los leones con gritos que más bien parecían gemidos de godzila- y que logré ignorar el mal ambiente, y pues ese acro, esa vista, ese atardecer en la punta de la península, pues resultó maravillosa. Además iba bien acompañado.
En Los Cabos, como en todas las playas mexicanas, se comen unos mariscos deliciosos, aunque allí son más caros...
Singapur
En realidad no esperaba mucho de este país, ciudad, o ... lo que sea. Yo sabía que era uno de los "tigres asiáticos", que había logrado salir de ser un país en vías de desarrollo -¿por qué demonios les dicen en vías de desarrollo? A la mierda con los eufemismos, que digan país jodido- y que había edificios modernos. El destino a Singapur, fue más bien por azar, por capricho aeronáutico. Resultaba que como en ese país hay un aeropuerto grande, y yo iba a utilizar la aerolínea de Singapur, era realmente barato quedarme unos días en Singapur. Pensé que sería un desperdicio pasar tantas veces por su aeropuerto para conectar los vuelos sin conocer qué demonios había ahí dentro. Finalmente, decidí parar un par de días a ver de qué se trataba. Es un país/ciudad superbo. En todos los lugares a los que me trasladé había una vegetación impactante. Impresionante por lo exhuberante, y por lo bien cuidada. Una ciudad de 4 millones de habitantes que no parecen ser de la misma estirpe que el resto de nosotros: no tiran basura. Además, a juzgar por los jardines, y la flora que es tan abudante, seguramente la mitad de los habitantes son jardineros, nada se explica de otra forma. Desde el aeropuerto, que tiene arreglos florales más bien parecidos que los que uno encuentra en las cenas de gala de los presidentes de occidente, hasta las calles, que todas están bordeadas de palmas y árboles separados unos de otros todos exactamente a la misma distancia. Y luego, las orquídeas. Este país es el paraíso de las orquídeas. Las hay en la calle, en los hoteles, en los restaurantes, en casi todos los edificios. Dejando de lado que pienso que las orquídeas son la flor más enigmática y bella, uno no puede dejar de verlas en Singapur, aún a pesar de no ser fanático de las flores. Y si creemos que las flores son poemas, entonces Singapur es una ciudad poétiquísima. Luego están los jardínes botánicos, que tienen el Parque Nacional de las Orquídeas, lo que ahí vi no tiene explicación ni forma de describirse, tantas orquídeas, tantos tipos tan distintos, colores, texturas, formas... que uno tendría que asistir para comprender. Era tal la abundancia que en cierto punto llegué a pensar que esa abundancia hacía que las orquídeas perdieran su valor de ser únicas. Rapidísimo me convencí de que no es así. El parque es maravilloso.
Eso sólo por hablar de su vegetación. También están los edificios, y los templos budistas, que sin ser imponentes, son pintorescos y agradables. Además está un gran centro comercial -el más grande que he visto- en el cual se pasea una cantidad incontable de visitantes. Parece que la actividad nacional del singaporeño es pasearse en el mol. Adicionalmente, están los pequeños barrios, el barrio chino, y la pequeña India. En el barrio chino uno encuentra lo que en todos los barrios chinos; casas con garigoleos y chácharas a la venta. No me detuve mucho en ello. En la pequeña India sí hice una parada. Pensé que era obligada, pues pasaría mucho tiempo para que yo pueda volver a Asia, y quizá nunca vaya a concer la India. Entonces paseé por el barrio para encontrar a mucha gente de la raza India. Fuimos al mercado para oler cosas insospechadas, caminar entre corredores de mariscos, ser atacados con una cabeza gigante de pescado, para luego descubrir que no era a mí a quien se la arrojaban, sino a un contenedor que estaba casualmente a mi lado, y estaba lleno de cabezas. Luego decidí comer la comida. Una experiencia inolvidable... los sabores de las especies, tan distintos, tan únicos, tan fuertes. Algunos platillos fueron reprobados al instante. Otros daban un sabor curioso, casi agradable. La maldita comida causó estragos en mi estómago, y lo peor, la estuve recordando durante todo el día en mis emanaciones naturales de gas por ambos extremos. Una buena experiencia. Jamás vuelvo a comer comida india. Luego el detalle de que los indios comen con la mano, que a mí me parecía divertido y diferente, pero a mi mujer le dio un poco de asco, pues "no agarraba pedacitos; se comía puñados de arroz, y se manchaba toda de salsa".
Al final del día, Singapur fue un país en demasía interesante, una cultura a la que el mundo debería de aprender su armonía y su paz. En la calle no se veían problemas, ni había policías, las diferentes etnias que conformaron al país viven sin molestarse ni pelearse. Singapur, es un país excepcional y digno de ser visitado a propósito. Agradezco el troglodismo de las aerolíneas que me hiciero pasar por ahí para llegar a otros destinos.
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