Paris me abrió de un portazo que sonó a signo de exclamación que se me quedará por siempre grabado justo en el centro de la memoria. Ya Hemingway dijo algo así como que quien tuvo el privilegio de vivir en Paris de joven, siempre será acompañado por Paris, pues Paris es una fiesta en movimiento. También Humphrey Bogart dijo que siempre tendremos Paris. Yo aseguré ya de por vida mantener la cicatriz del recuerdo de este año que apenas un mes lleva y que se apresta para tener ocasiones memorables. Estoy convencido que hay que buscar hacer cosas que podamos recordar, pues el sólo recuerdo es un santuario que nos cuenta historias ante los problemas mundanos.
Los primeros días en Paris me han mostrado un clima agradable, mucho menos caliente que mi natal Monterrey. He tenido diversas experiencias interesantes visitando los lugares culturales de la ciudad, he bebido buen café. No entiendo por qué demonios en Europa hay mejor café –y mejor chocolate, agregaría mi esposa- si son productos de América. La vida parisina en los cafés, los bistrós, y las calles transitadas resulta agradable a la vista, y perfecta para los recuerdos. Las caminatas largas por calles estrechas con gente de todas culturas, las bellísimas construcciones que figuran por toda la ciudad y el terrible hedor de algunos franceses que se rehúsan a la ducha periódica, son experiencias de todos los días. Hay tantas cosas tan hermosas que recordar de Paris para el futuro, que en el presente no me extraña que en el cine y en la literatura Paris sea el lugar romántico de la felicidad y de la nostalgia.
Como todos los lugares entrañables, Paris presenta un montón de singularidades. Ellas son, en su mayoría absurdas o surreales, pero hermosas. Desde hace un mes, he encontrado una cantidad considerable de locos que deambulan por la ciudad. Personas que hablan solas, que reprehenden a su perro –que nadie más parece ver-, que orinan en medio de la calle a plena luz del día, que gritan “conneries” por doquier, que se bañan en la fría noche en las fuentes públicas… Uno de los personajes más singulares con que me he topado es una ancianita que vive en un cuarto piso en el Boulevard St. Germain. Ella constantemente está mirando hacia abajo por su ventana y se molesta porque alguien –siempre hay alguien- se estaciona frente a su edificio. Al parecer ella encuentra en eso una práctica de mal gusto, y a pesar de que se trata oficialmente de una acera estacionable, ella se molesta y reprehende a quienes lo hacen. En una ocasión, para mostrar su descontento, vació hacia la calle una cubeta de orina. Como la doncella mexicana que aún no ha perdonado, y reprueba a su galán cuando éste le lleva serenata. En México, sin embargo, comúnmente la mujer hace su gesto con una cubeta llena de la –mucho- más sutil agua de la llave, a veces cuando el odio es suficiente, esta estaría fría. Lo preocupante de la ancianita de St. Germain es que no intelijo, cómo habrá recolectado la orina. Supongo que poco a poco, fue llenando con sus micciones e imagino que a ella misma le habrá molestado el olor de la cubeta en su cuarto mientras conseguía la cantidad conducente para vaciar a los intrusos.
Otra particularidad de Paris son los clochards. Todas las ciudades tienen gente pobre, y gente que desgraciadamente vive en la calles; por muchas razones que poco tienen que ver con la voluntad de superarse de los marginados. En Francia sin embargo, la cultura del clochard es un poco más complicada, y hace que no podamos traducir con precisión y afirmar que se trata de un vagabundo. El clochard es alguien que vive de la bondad de los transeúntes, y de la bondad de la seguridad social francesa. Muchos gastan el dinero que consiguen en comidas baratas y en alcohol. He tenido 112 ejemplos –los he contado- hasta hoy para responder a mi esposa cuando me pregunta ¿qué es un clochard? Algunos tienen barba con cebo, otros están rapados de la cabeza, muchos presentan cicatrices que la ciudad también les ha dejado en el rostro, algunos hasta llevan celular de MP3 con audífonos y “manos libres” y otros han formado una alianza secreta con las aves de la ciudad y comparten su pan con ellas. Siempre que los veo me acuerdo lo afortunado que soy de tener un departamento pequeño cerca de la Place Monge en el cual dormir todas las noches.
Paris me ha hecho descubrir que México no es el absoluto campeón indiscutible en burocracia. Ese es un rubro que, sin tener que visitar el resto del mundo, estoy seguro en que el oro corresponde a los franceses. He visitado una docena de lugares para realizar trámites administrativos que se repiten y se repiten. Además, caso distinto al mexicano, a los franceses les encanta su servicio postal. En el banco que se encuentra a menos de doscientos metros de distancia de mi apartamento, y a quizá dos segundos en llamada telefónica o correo electrónico, constantemente me envían comunicaciones por correo postal. Baste decir que llevo ya más de tres semanas sin poder abrir una cuenta, pues me enviaron una carta con acuse de recibo, que firmé ya dos veces para confirmar que efectivamente vivo donde mis documentos lo dicen. El jueves pasado, cuando estaba ya listo para cancelar mi trámite de apertura de cuenta, me comunicaron que justo acaban de recibir el acuse. -Genial- contesté –entonces ya pueden darme mi tarjeta y abrir mi cuenta. –No- respondió sin vergüenza alguna la empleada del banco, además con cara de que era obvio y lógico lo que me iba a decir, casi molesta por mi ingenua pregunta. -Hace falta que pase una semana para que se le dé el trámite administrativo interno de banco a tu expediente… Igualmente he constatado que en la Facultad de Derecho no hay una biblioteca, sino muchas. Todas ellas convenientemente escondidas en los rincones de más difícil acceso del edificio para impulsar la actitud de investigación en el estudiante. Además, cada biblioteca tiene su propia copiadora, para la cual hay que obtener una tarjeta diferente para el pago de las copias. Como los ejemplos anteriores podría nombrar muchos más que hacen a Francia merecedores del laurel más alto en el deporte del tramiterío. ¡Qué pena México, no siempre se puede salir en primero!
Además en Paris están los parisinos. Los parisinos que no conocen el concepto de servicio, que se molestan ante el extranjero que no domina a la perfección su lenguaje… Claro, tienen su fama internacional bien ganada, pero he de decir que no es la mayoría. Por lo general la gente es agradable y servicial. Por otra parte, también la gente es por lo general muy independiente, y muy poco interesada en las cosas ajenas. Son tolerantes. Seguido pasan cosas locas, de repente un loco que arremete verbalmente a otra persona sin razón aparente, y nadie hace por detenerle. Los invidentes tienen una vida activa, y se les ve caminando solos por las calles, tomando el metro o el camión. Nunca alguien se les acerca para ayudarles a cruzar la calle, ellos lo hacen con pericia por sí solos.
En el tema de la comida, hay algo digno de mencionar. Esos kebab, que vienen de Turquía son una delicia. Sobre todo porque es lo más cercano a los tacos al pastor que se consigue por acá. Los vinos son sencillamente espectaculares. Aunque no tengo el presupuesto para lo verdaderamente espectacular, lo espectacular reside en que por el equivalente a cuarenta pesos, uno puede conseguir un vino muy sabroso. Además hay las distintas regiones que uno puede ir paladeando, sin tener que pagar más por ello. Claro que quien pague ese extra, de seguro encontrará todavía mejor vino. Yo me conformo, y me quedo muy contento con los vinos de 40 pesos. Finalmente, los quesos. En Francia hay quesos de todo tipo, y resulta muy sabroso probar los diferentes sabores. Una vez, casi llegando a Francia, en una de las primeras idas al supermercado me topé con un tipo de queso con un nombre titánico. Jamás me había preguntado si esa palabra significaba algo, y lo asumía como un nombre surreal de una novela cuyos personajes así eran y que vivían en Paris. Si pensarlo ni un instante compré el queso Rocamadour, que siendo objetivos, no es el mejor que he probado, es de sabor fuerte y consistencia similar al Camembert. Ese queso, lo tenía que comprar, y ahora sé que significa esa palabra.
Como conclusión, en Paris hay experiencias buenas y malas que se viven por doquier, pero lo que caracteriza a la ciudad son sus singularidades que al ser puestas en la balanza, hasta la fecha presentan un superávit considerable y hacen de la ciudad una delicia. Por supuesto, todas las experiencias surreales, están consideradas en esta balanza del lado positivo.
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